La Casa del Lago
El lago respira en silencio. No exhala vapor ni pronuncia sonidos, pero su quietud delata una vida persistente. En el bosque de Chapultepec, el agua guarda un pulso antiguo que se resiste a extinguirse. El crepúsculo se posa con suavidad sobre la superficie, tiñendo el horizonte de tonos gastados, como si el día se negara a desaparecer del todo.
La escena es una tregua. La Casa del Lago se mantiene firme, discreta, integrada al paisaje como un pensamiento que observa sin intervenir. Detrás, la ciudad se eleva con su arquitectura vertical, cuerpos de concreto iluminados que anuncian actividad constante, prisa y ambición. No hay choque violento entre ambos mundos; hay una convivencia tensa, sostenida por un hilo invisible que podría romperse con facilidad.
Chapultepec no es solo un espacio verde: es un acto de resistencia. Desde tiempos remotos ha sido refugio, pausa, resguardo. Sus árboles han acompañado generaciones enteras, sus senderos han ofrecido sombra a cuerpos cansados, sus lagos han reflejado silencios que la ciudad no sabe escuchar. Sin embargo, lo cotidiano suele anestesiar la conciencia. Aquello que permanece siempre termina siendo olvidado.
El reflejo del agua no devuelve únicamente luces urbanas y copas vegetales. Devuelve preguntas. ¿Qué significa avanzar cuando se arrasa? ¿Qué se pierde cuando el crecimiento se impone sin memoria? El bosque, casi el doble del tamaño de Central Park en Nueva York, sostiene el aliento de una metrópoli que rara vez se detiene a agradecerlo. Funciona como pulmón, equilibrio térmico, corredor vital. Aun así, su fragilidad es real.

La urbanización ha aprendido a ocupar, pero no a cuidar. Donde antes hubo hábitats completos, hoy quedan fragmentos. Donde existía diversidad, sobreviven rastros. Chapultepec permanece, sí, pero su permanencia histórica no es garantía. Cada decisión humana deposita peso sobre este equilibrio silencioso, invisible para quienes solo miran hacia arriba.
El atardecer actúa como un susurro final. La luz se apaga lentamente, recordando que toda oportunidad tiene un límite. Preservar no implica inmovilizar el mundo, sino reconocer su valor antes de perderlo. El lago sigue respirando, el bosque continúa sosteniendo a la ciudad, pero ese aliento aún resistente depende de algo esencial: la capacidad humana de escuchar antes de imponer. La fotografía la tomé el 1 de noviembre de 2025 en CDMX.
Más allá de la mirada: El bosque de Chapultepec abarca más de 800 hectáreas y concentra una amplia diversidad biológica. Sus lagos artificiales cumplen funciones ecológicas clave, como la captación de agua pluvial y la regulación térmica, fundamentales para la destruida estabilidad ambiental de la Ciudad de México.
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