La estación
De niño pasaba las horas con la mirada puesta al oriente, hacia Tampico. Por la ventana veía los rieles hacer una joroba que terminaba en el océano.
Ahí donde se juntan la tierra, el cielo y el mar, se aparece el garrotero que cayó del cabús una noche de septiembre cuando escapaban del huracán, según cuentan los más viejos.
La estación ferroviaria era de dos plantas –re-cuerdo. Tenía techo de lámina a dos aguas y unas paredes gruesas de cantera y mezcla. abajo estaba la bodega, una sala de espera, la oficina del jede, su recámara, una cocina y una baño, ambos de madera. Arriba solamente dos recámaras; una de ellas a manera de observatorio con vista al oriente, al poniente y al norte.
Escuché la historia del garrotero desde entonces. Cuando la noche llegaba corría a la ventana a ver la luz con la que el hombre hacía señales al maquinista. Dicen que la noche cuando murió, el tren luchaba por escapar de un huracán que lo seguía con furia. En Ébano los alcanzó el diluvio, y aquí, el viento que arrancaba árboles y techos ya no les permitió salir. El flamboyán y el mezquite del patio se prendieron a la tierra con todas sus raíces.
–En la noche cuando los quinqués están apagados y no hay luna, se ve una luz subiendo del mar; es la lámpara del garrotero –decía el conductor del armón con voz fúnebre y ronca de tanto cigarro.
Me daba miedo, pero nada que no pudiera controlar. Cada año en el verano así era. Al principio volteaba con recelo. El último tren pasaba a las once de la noche y después solamente quedaban la oscuridad, el calor y el silencio, si acaso interrumpido por las ranas. A esa hora muchos aseguran haber visto primero la luz de su lámpara y luego al garrotero. Yo no.
Cuarenta años después decidí volver y lo primero que vi es una estación diferente, ¿o seré yo quien ha cambiado?
Ya no me parece tan grande como antes; la inmensa bodega ahora es pequeña, y la bandera para hacer señales a los maquinistas, ya no se me hace tan alta. El flamboyán y el mezquite ya no existen y en la oficina del jefe ya no está el viejo cajón donde exhibían los boletos para viajar por la Huasteca.
Tampoco está la tienda de Eduwiges donde se abrían cervezas, latas de caviar y angulas; ni la de Chalío donde escuché pláticas de inundaciones y otros desastres; así como de los buenos tiempos cuando hubo de todo en abundancia, y los trenes pasaban con góndolas repletas de caña recién cortada, dejando un olor dulce.
Fui al río hasta ver donde se junta con el Pánuco y lo acompañé en su loca carrera que lo bota al mar del Golfo, en ese lugar donde siempre que me paro, siento la inmensidad que oprime el corazón.
Busqué el embarcadero, caminé por la vía hasta donde yo recuerdo que estaba y lo encontré abandona-do. El que sigue igual es el panteón.
Anduve por la plaza del pueblo donde un día mi abuelo salió a dar la noticia que había escuchado en su radio de onda corta: ¡los japoneses atacaron Pearl Harbor! Y me pareció que otras veces la había visto con más gente, bulliciosa y con música. Llegué a casa de los abuelos maternos, donde por décadas un loro en el pasillo alegró las tardes con su alharaca, tampoco estaba más. Cuando se hizo noche regresé a la estación a esperar el tren de las once.
La oficina del jefe estaba iluminada pero sola y afuera en el andén un hombre solitario caminaba de ida y vuelta. Seguramente también espera el tren –pensé.
–Ojalá no tarde –le dije para iniciar una plática, pero no respondió.
El hombre aquél se fue hasta el extremo del andén; pasó frente a mí y siguió de largo. Así varias veces y el tren no llegaba.
El sopor hacía más larga la espera cuando por fin mi presunto compañero de viaje se dignó a hablar:
–¿Espera el de las once? –dijo.
–Si –respondí sorprendido.
–No va a llegar; lo dejaron salir de Tampico pero el huracán lo alcanzó y no pudo más. Con cadenas lo sujetaron a las vías, después la gente corrió a refugiarse donde pudo. Aquí mismo vea usted, no hay nadie, todos huyeron. Ya ve que luego hay percances. Árboles tirados en la vía, durmientes reventados por la humedad, techos de lámina que vuelan y parten en dos al que se cruce, casas derribadas… tanta destrucción sólo ellos.
–¿Huracán? No es tiempo de huracanes –le dije– y vea el cielo; hay estrellas, no se ve una sola nube, no hay viento. No creo, le han de haber informado mal.
–No me lo informaron, yo venía en ese tren.
Fue lo último que dijo; volvió a caminar por el andén y esta vez no regresó, ni cuando el convoy arrastrado por la máquina 3687 detuvo su estruendo frente a la estación. Eran las once y una luz por el rumbo de Tampico hacía señales de avanzar al maquinista.

