Calle Alegría
(Rupturas y traumas por la emigración)
En el interior de una casa rural, todo era mezcla de llanto, sollozos, de gritos y protestas.
Nueve hermanos confundidos derramaban sus miradas en el patio, en el huerto, en las brasas casi apagadas del fogón, en las mustias melenas de las malvas, en busca de respuestas a lo que estaba pasando.
Una madre compungida y llorosa liaba ropajes, guardaba cosas en una caja de cartón. En desordenado quebranto, iban allí: platos, cucharas y los recuerdos acumulados durante muchos años. En las habitaciones vacías y en las paredes desnudas, además de agujeros, quedaban los ecos de las risas, de los lloriqueos, de las rayaduras y de las plegarias nocturnas ante las imágenes sagradas.
Unas camas viejas, los escasos muebles, los trastos, cobijas, almohadas y otros trebejos ya estaban acomodados en una camioneta. El chofer, vecino del mismo pueblo, conmovido veía el ajetreo sin atreverse a preguntar cuál era el motivo de tan drástica decisión de dejar la casa paterna.
Con frases entrecortadas por los accesos de llanto y la psicosis colectiva, las hermanas llorosas trataban de explicarse la razón del súbito éxodo.
En la cocina, el padre se movía de un lado para otro como león enjaulado, pero, además, furioso. Tenía los labios resecos por el coraje y sobre todo por la impotencia de no poder evitar la inminente partida. El semblante desencajado y la falta de palabras para argumentar su desacuerdo, descomponían aún más las facciones del rostro requemado por el sol. Su convicción de autoridad máxima del padre sobre la familia, le impedía asimilar que fuera un hijo el que decidiera llevársela fuera de su potestad. Se derrumbaba ante sus ojos lo que había construido durante treinta y tantos años.
Perdería la compañía y apoyo de su esposa y de sus hijos en un instante. Ninguna súplica suya era escuchada. La madre, entre tanto, se respaldaba en la decisión del hijo mayor. El padre, en un desesperado intento por cambiar el rumbo de los acontecimientos, volteó a uno de los hijos menores y en tono suplicante le pidió:
-Hijo, dile a tu hermano que no se los lleve. En el mismo tono preguntó:
– ¿Me abandonarán todos mis hijos y mi mujer?
Vehemente insistió – ¡No se vayan, no me dejen!
El hijo menor, en lugar de responderle al padre, volteó a ver al hermano mayor y quiso preguntar, pero éste, antes de que lo cuestionaran, enérgico expresó:
– ¡Nos vamos para Aguascalientes!
-Aquí, en este rancho no hay posibilidades de progreso. Es necesario buscar oportunidades de estudiar para nuestras hermanas, la secundaria, la preparatoria y luego alguna carrera.
Cortante le dijo al hermano menor:
-Así que toma tus cosas porque nos vamos ahora mismo. Afuera está una camioneta esperándonos. Ya tengo rentada una casa en Aguascalientes en la calle Alegría, cercana al templo del Encino.
Al escuchar los argumentos de su hermano, el más chico se dirigió al padre y le dijo:
-Padre, mi hermano tiene razones poderosas para llevarnos a la ciudad.
Entonces, al escuchar el comentario de su hijo, el papá argumentó:
-Desde aquí pueden ir a la escuela sin dejar la casa, sin dejarme. Pueden quedarse en Aguascalientes y regresar los viernes.
No hubo respuesta a su sugerencia.
Una de las hermanas pequeñas se aferraba a los brazos del padre. Su apego a él era tal que no quería dejarlo. Estaba dispuesta a permanecer junto a su progenitor pasara lo que pasara. Ese fue un momento sumamente perturbador y amargo para todos los allí reunidos.
El vínculo que reunió a esa familia por tantos años estaba roto y esparcido por el suelo.
Los integrantes de aquella atribulada familia fueron saliendo de la casa. Estaban a punto de abordar los transportes para emigrar a la ciudad de Aguascalientes. Unos viajarían en la camioneta y otros lo harían en el tren, en minutos enfilarían a su nuevo domicilio.
En el ambiente había dolor, frustración, coraje, cuestionamientos y en muchos, lágrimas provocadas por la ruptura.
¿Qué imaginaban los hermanos pequeños?
¿A quién darían el buen día sin besar ya la mano paterna?
¿A quién urgirían con la petición de la acostumbrada moneda de los domingos?
Ya no correrían a encontrar a su padre cuando llegara del trabajo ni a recibirle la bolsa del lonche en busca de alguna golosina. Muchas cosas dejarían de ocurrir a partir de ese acontecimiento.
¿Dónde vivirían ahora?
¿Quiénes serían sus nuevos amigos y vecinos?
¿A qué escuela asistirían y cómo sería? ¿quiénes serían sus maestros?
Ninguno podía imaginar qué eventos se desencadenarían a partir de esos días.
Una familia desintegrada buscando un horizonte nuevo, se establecía en la calle de La Alegría, en el corazón del barrio de Triana, también conocido como del Encino, a unos cuantos metros del jardín y templo del mismo nombre.
La madre, rodeada de nueve hijos buscaba recuperarse del sismo emocional recién sufrido. El cambio de ambiente tan repentino, la responsabilidad de alimentarlos sin descuidar la educación, calzarlos, vestirlos, cuidarlos. ¿Cómo iba a hacerlo?
La primera noche pudo haber sido de pesadilla o de insomnio para la recién llegada familia. El hambre, el cansancio y el shok emocional contribuyeron a la vigilia nocturna. Con seguridad, todos pensaban en la soledad en que había quedado el padre. Ahora, su única esperanza era ver llegar el amanecer y con él, trajera respuestas alentadoras y nuevos augurios a la madre. El único apoyo por el momento era el hijo mayor quien ya se desempeñaba como maestro de instrucción primaria, sin embargo, muy pronto regresaría a la comunidad de trabajo y entonces quedaría la madre sola con su prole, abandonada a su suerte.
La casa de dos plantas con pocas habitaciones para familia tan numerosa apareció de pronto como un puño apretado que asfixiaba, muy diferente a la casa paterna con sobrado espacio y patios para jugar sin el riesgo de ser atropellado por algún vehículo. Un cambio demasiado brusco para la mayoría de los integrantes de la familia recién llegada a la ciudad; una ciudad que nadie de ellos conocía, una ciudad que, aunque pequeña, le exigiría un gran esfuerzo para sobrevivir, para no diluirse en medio de su acelerado desarrollo, múltiples distractores y extrañas tentaciones.

