El meme como gen cultural: entre Dawkins, Harris y la campaña electoral
Rubach Lueters describe con precisión de consultora lo que el materialismo cultural de Marvin Harris predijo: los memes no viajan en el vacío, circulan sobre infraestructuras materiales que determinan quién los produce, quién los consume y, sobre todo, quién gana.
En el número 64 de la revista Más Poder Local, dedicado a la política en la red, Gisela Rubach Lueters publica una nota de consultoría titulada ¡Llamen al memeasta! El poder de los memes en la comunicación política (pp. 100-118, DOI: 10.56151/maspoderlocal.344). El texto relata su encuentro con un estratega digital especializado en memes y a partir de ahí, traza un mapa bastante completo del fenómeno: definiciones, mecanismos psicológicos de viralización, uso en campañas, ética, inteligencia artificial generativa y riesgos para la estrategia de campaña. Es un trabajo útil, bien documentado para su formato y escrito desde la práctica profesional.
Lo que Rubach Lueters no problematiza, porque no es su objetivo, es la genealogía conceptual del término que usa como eje. Los memes tienen un padre intelectual declarado a Richard Dawkins, quien en El gen egoísta (1976) propuso el meme como unidad mínima de transmisión cultural, análoga al gen en biología. La idea era seductora y lo sigue siendo, porque promete una explicación de la difusión cultural sin necesidad de remitir a condiciones materiales. Los memes se replican, mutan, compiten por atención. La metáfora evolutiva hace el resto.
Ahí es donde conviene traer a Marvin Harris. No porque Harris haya teorizado los memes, los mencionó dentro de sus análisis de antropología y nunca los terminó por definir, sino porque su materialismo cultural ofrece exactamente la pregunta que el modelo dawkinsiano elude.
Marvin Harris y no se trata aquí de un antropólogo menor: fue quizá el sistematizador más riguroso del materialismo cultural en la segunda mitad del siglo XX, sostenía que las ideas, los símbolos y las representaciones colectivas no se explican por sí solos. Se explican por las condiciones materiales de producción, reproducción biológica y organización de la vida social. Su obra Materialismo Cultural (1979) lo establece con precisión metodológica: la infraestructura tecnología, economía, demografía condiciona la superestructura simbólica, no a la inversa.
Aplicado a los memes políticos, el argumento de Marvin Harris sería el siguiente: no importa qué tan ingeniosa sea la unidad de contenido si no se pregunta quién tiene los recursos para producirla industrialmente, quién controla las plataformas que determinan su alcance algorítmico y qué intereses materiales se benefician de su circulación. Dawkins describió el vehículo; Harris habría insistido en preguntar quién paga la gasolina y hacia dónde va el camino.
Lo que el artículo encuentra sin nombrarlo
Rubach Lueters documenta algo que Harris reconocería de inmediato: que los memes políticos no circulan de manera espontánea ni democrática. Detrás del memeasta el operador que contrata, hay una campaña con presupuesto, hay una plataforma con algoritmo propio, hay una audiencia segmentada por datos de comportamiento. Cuando la autora señala que la derecha radical ha sido particularmente hábil en instrumentalizar el humor memético para atenuar la disonancia que generan sus contenidos más radicales, está describiendo una operación que no es cultural en abstracto: es una operación de producción simbólica con estructura material identificable.
Parafraseando a Harris sin eufemismos, él lo hubiera llamado: una estrategia de control ideológico que opera desde la infraestructura comunicacional. Meta, TikTok y X no son espacios neutros de replicación memética. Son empresas con modelos de negocio que favorecen ciertos tipos de contenido, el que genera reacción emocional, el que retiene al usuario y eso determina qué memes sobreviven independientemente de su valor de verdad o de su sofisticación argumentativa.
El problema con la metáfora dawkinsiana no es que sea falsa. Es que es incompleta. Describe bien la forma en que un meme se propaga una vez que ya está en circulación, pero dice poco sobre las condiciones que hacen posible esa circulación en primer lugar.
Dos teorías, un fenómeno, preguntas distintas
Dawkins y Harris no se contradicen. Se complementan desde distintos niveles de análisis. La teoría memética en su versión digital, desarrollada después por académicos como Limor Shifman, quien aparece en la bibliografía de Rubach Lueters, describe la morfología del fenómeno: cómo un formato visual se replica, qué rasgos favorecen su mutación exitosa, por qué algunos memes tienen vida propia y otros mueren a las pocas horas. Es un análisis de la forma.
Harris preguntaría por las condiciones de posibilidad. En términos concretos: ¿quién puede pagar un equipo de memeastas profesionales durante una campaña electoral? ¿Qué candidatos tienen acceso a los datos de segmentación que permiten enviar el meme correcto a la audiencia correcta en el momento correcto? ¿Qué ocurre con los movimientos sociales sin presupuesto cuando intentan competir en ese mismo espacio? La respuesta a esas preguntas no está en la biología evolutiva de la cultura. Está en la economía política de las plataformas digitales.
Rubach Lueters toca esta dimensión cuando advierte que los memes pueden desestabilizar estrategias de campaña tanto como potenciarlas, y cuando menciona los riesgos éticos del uso de inteligencia artificial generativa para producirlos a escala. Pero el marco teórico del texto sigue siendo predominantemente psicológico y comunicacional. La pregunta por el poder quién lo tiene, quién lo ejerce a través del meme, qué asimetrías reproduce queda en el margen.
El memeasta en Aguascalientes
No es difícil trasladar el debate al contexto local. En los procesos electorales que se avecinan en Aguascalientes en 2027 el meme político ya opera como instrumento de campaña. El partido que movilice mejor sus redes de producción simbólica, que tenga los diseñadores, los operadores de cuentas, el presupuesto para pagar amplificación pagada y los datos para segmentar audiencias, llevará ventaja estructural sobre el que dependa de la viralización espontánea.
Eso es en el fondo, lo que Rubach Lueters señala cuando advierte que los consultores políticos deben integrar los memes en la estrategia de comunicación y no dejarlos al azar. Tiene razón desde la perspectiva operativa. Pero la advertencia contiene una premisa que vale la pena hacer explícita: la igualdad de acceso a esa capacidad estratégica no existe. El meme puede parecer democrático, cualquiera puede crear uno desde el celular pero la capacidad de producir memes con impacto electoral sostenido es tan desigual como cualquier otro recurso de campaña.
El meme parece democrático. Cualquiera puede crearlo desde el celular. Pero la capacidad de producir memes con impacto electoral sostenido es tan desigual como cualquier otro recurso de campaña.
Una lectura que falta
El mérito del artículo de Rubach Lueters es que traduce bien la literatura académica al lenguaje de la consultoría y que documenta prácticas que a menudo permanecen opacas. La nota sobre el uso de inteligencia artificial generativa para producir memes en tiempo real durante la campaña presidencial estadounidense de 2024, que cita investigación de arXiv y análisis de Brookings, es particularmente relevante para quienes trabajan en comunicación política en México.
Lo que falta y no es un reproche sino una invitación a una lectura complementaria, es el análisis de infraestructura. Harris lo hubiera pedido con impaciencia: antes de estudiar el meme como unidad replicante, describir quién controla el ecosistema en el que se replica. Antes de celebrar la viralización como fenómeno espontáneo, preguntar qué decisiones algorítmicas la hacen posible. Antes de contratar al memeasta, preguntarse si el rival tiene tres.
La combinación de Rubach Lueters, la forma con Harris que depende de la condición material que produce una herramienta analítica más completa que cualquiera de los dos marcos por separado. Y eso, en tiempos donde el meme ya no es un chiste sino un instrumento de disputa política con consecuencias reales, no es un ejercicio académico menor.
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Referencias
Dawkins, R. (1976). The Selfish Gene. Oxford University Press.
Harris, M. (1979). El materialismo cultural. Alianza Editorial. [Cultural Materialism: The Struggle for a Science of Culture]
Rubach Lueters, G. (2026). ¡Llamen al memeasta! El poder de los memes en la comunicación política. Más Poder Local, (64), 100-118. https://doi.org/10.56151/maspoderlocal.344
Shifman, L. (2013). Memes in Digital Culture. MIT Press.
Milner, R. M. (2018). The World Made Meme: Public Conversations and Participatory Media. MIT Press.
Más Poder Local, N.° 64 (2026). La política en la red: memes, identidad y narrativa digital. ALICE. https://www.maspoderlocal.com/index.php/mpl/issue/view/politica-en-red-memes-identidad-narrativa-no64

