Playa sin olas

Era yo un adolescente inquieto. Los veranos tomaba mi bicicleta y me iba a recorrer camino por veredas y sendas vecinales, entre más vegetación mejor. Siempre preferí vegetación a las olas de una playa.
Aquel año fue diferente. Mi padre nos anunció que un amigo suyo nos había invitado a una casita que tenía cerca del mar, no muy lejos del poblado más cercano, pero sí lo suficientemente retirado para no tener ruidos ni curiosos merodeando. Una pequeña y limpia playa estaría por completo a nuestra disposición.
Mi padre consiguió permiso para ausentarse por dos semanas de su trabajo, más las vacaciones que ya debía haber tomado hacía meses; así que el plan quedó perfecto: un mes completo en aquel lugar. ¡El paraíso!
Sin embargo, olvidó un detalle mínimo: no lo consultó con la familia. ¿Qué problema podía haber? ¿Quién se resistiría a unas vacaciones tan perfectas? Desde luego, mis hermanas no. Pero yo sí; yo no estaba de acuerdo, pero era mucho tiempo para que mis padres pensaran en dejarme solo en casa, así que…
Por fortuna la camioneta que consiguió prestada mi padre era lo bastante espaciosa para llevar mi velocípedo. Al menos, pensé, podré pedalear sobre la arena.
El día programado, salimos hacia aquel paradisíaco lugar, según mi familia; demoníaco, según yo. A los cantos de mis hermanas se oponía mi larga y enfadada cara. Mis hermanas comentaban lo rápido que se pasaría el mes; yo me dolía pensando en lo laaargo que serían aquellas cuatro semanas.
No sin ciertos contratiempos por indicaciones mal interpretadas, llegamos al sitio aquel. Desde luego, para brindar todos los beneficios de “exclusividad”, el camino de acceso era todo, menos agradable. El anfitrión ya nos esperaba.
Debo reconocer que la casita era más bonita y acogedora de lo que yo había imaginado. Sobre todo, debíamos dejar de llamarle “casita”; era una construcción, si bien algo rústica, enorme. Había espacio suficiente para acomodar tranquilamente a la familia del anfitrión y a la nuestra, y aún podría recibir algunos huéspedes más, que por fortuna no llegaron.
Lo primero que llamó mi atención y pudo disipar un poco mi enfado, fue que, si bien junto a la casa había varias palmeras y algunos árboles de mango, unos kilómetros adelante, estaba un manglar, que según me dijo el propietario de la casa, era un sitio hermoso y al que podía llegar fácilmente montado en mi bicicleta.
Desde luego que no muy lejos había algunas elevaciones montañosas, pero a decir del anfitrión, demasiado retiradas y peligrosas para que pudieran consentir mis padres en dejarme intentar siquiera llegar a ellas. Así que el manglar que tan grandilocuentemente fue descrito, era la opción.
Desde el primer amanecer, tomé rumbo hacía aquel prometido y mágico sitio que me había sido platicado, mientras los demás le hacían los honores a la, para mí, odiosa playa.
Todavía no llegaba a mi meta, y ya pensaba que en realidad yo sería feliz viviendo en aquel lugar: la vegetación tan distinta a la acostumbrada en el altiplano, la cantidad de aves que antes sólo había contemplado en el cine o la televisión, aves para mí exóticas, gaviotas y pelícanos; incluso desde mi vehículo vi arrastrarse algunas serpientes de vistosos y coloridos dorsos.
Alcancé mi destino algo cansado. No era mucho recorrido pero no estaba acostumbrado a un calor tan sofocante por lo húmedo. Aun así, llegué sintiéndome el rey de aquel lugar pensando que sería únicamente para mí. Estaba equivocado.
Nadie me advirtió que en el lugar había una persona. Un señor de edad que me urgió con manotazos, que dejara de caminar tan ruidosamente. Pronto vi la razón: a escasos metros descansaba un caimán que tan pronto sintió mi llegada, escapó metiéndose en el agua.
–¡Caramba, muchacho! ¿Qué demonios haces aquí?
–Vine a conocer el lugar. No sabía que había caimanes…
–Cocodrilos. –Se apresuró a corregirme el anciano–. No son lo mismo.
–Nunca vi a ninguno de cerca… ni de lejos. Sólo los había visto en fotos y no conozco la diferencia.
Pasado el enojo de haberle espantado al ejemplar, me miró por un momento de una manera que me pareció que me juzgaba. Por fin, con una leve sonrisa me invitó a tomar asiento y comenzó a explicarme las sutiles diferencias entre uno y otro. Me dijo que había otro tipo de lagarto que también suele confundir a los neófitos: el yacaré, y que con suerte, podría conocer alguno, aunque no era seguro.
–¿Usted los caza?
–¡No, por Dios! Sólo los observo. Son muy interesantes. Ese que espantaste, por ejemplo, suele venir casi a diario a tomar el sol en este sitio. Es fácil saber cuándo está hambriento y cuándo acaba de comer. Yo le llamo “Cortado”.
–¿Cortado? ¿Por qué?
–No te fijaste, pero le falta un dedo en la pata izquierda. Quizá lo perdió en alguna pelea. A veces viene otro, no muy seguido, al que yo llamo “El gordo”. No es que esté pasado de peso, no; es porque es más ancho que el común de los de su especie, por lo que da la apariencia de estar gordo.
–Yo los vería a todos iguales. ¿Cómo los distingue?
–Cada uno tiene su personalidad y sus características.
–Interesante, en verdad. ¿Usted sabe mucho de cocodrilos?
–Mis años algo me han enseñado. Pero no me hables de “usted”, no me gusta. Me llamo Zenaido.
–Mucho gusto. Yo soy Miguel.
–Bien, Miguel. No te había visto por aquí. ¿De dónde vienes?
Le conté todos los pormenores del viaje, mi origen, mi gusto por la naturaleza, y mi pasión por los bosques. Deliberadamente no fui muy explícito en cuanto a mi aversión por el mar. Me pareció que en aquellas circunstancias, estaba fuera de lugar.
Él me contó muy poco de su vida. Sólo pude saber que era viudo, sin hijos y que vivía casi como cavernícola en un refugio que se había construido selva adentro.
Prometimos vernos al día siguiente. Él dijo que me enseñaría más sobre lagartos, monos, aves costeras y demás fauna endémica de la región. Yo me comprometí a ser un buen alumno.
De regreso a la casa, les conté a mi familia y anfitriones todos los detalles del encuentro. Genaro, el amigo de mi papá, algo serio me dijo:
–Vaya. Pues tuviste suerte. Ese señor es siempre huraño y grosero. Los pocos que se han topado con él, han sido maltratados. Nadie sabe de dónde vino ni quién es. Lo han visto por el pueblo cada tanto comprando algunas cosillas, pero nunca comida. Parece que vive de lo que pesca o caza. No digo que no vuelvas, pero no estaría de más tener cuidado.
Nunca hizo falta tener cuidado. Cada día que pasé a su lado, fue de enorme aprendizaje. Hoy sé perfectamente la diferencia entre cada uno de esos lagartos; sé distinguir cada una de las aves que surcan la costa; me mostró algunos chorlitos, que hasta entonces yo pensaba que esa palabra era nomás un insulto; monos sólo oímos algunos, pero nunca tuve la suerte de ver a ninguno. Me enseñó a pescar y a conocer cuáles peces son mejores que otros.
El día previo al regreso, fui a despedirme y a agradecerle todos esos días de enseñanza, de instrucción, de amena plática y un precioso regalo: un diente (de tiburón, me dijo) colgando de un cordel hilado por él mismo con fibras de liana.
–Si alguien debe dar las gracias –me dijo–, soy yo, Miguel. Yo estaba enfermo, ¿sabes? Pero ahora me has devuelto la salud. Gracias, muchacho.
–¿Enfermo? ¿De qué, Zenaido?
–De la enfermedad más dolorosa: de soledad. Y ahora que te regresas a tu casa, creo que voy a recaer.







