La puerta que susurra

La puerta que susurra

La casa no estaba embrujada. Eso era lo que me repetía cada noche cuando la penumbra devoraba los pasillos y las sombras se alargaban como garras afiladas, listas para atraparme. Sin embargo, había algo que se deslizaba entre los muros, una presencia sin rostro pero con una voluntad indiscutible. Se colaba en mi mente como una espina enterrada en la carne, imposible de ignorar.

Todo comenzó con la puerta del desván. Siempre entreabierta, como una boca ansiosa de palabras, exhalaba un aliento frío y putrefacto. En la quietud de la madrugada, cuando el mundo entero se sumía en un sueño pesado, la oía susurrar. No eran voces humanas, sino murmullos sibilantes, vibraciones en el aire que mi subconsciente descifraba como mensajes dirigidos exclusivamente a mí.

Al principio, lo ignoré. Me obligué a pensar que era el viento, la madera envejecida crujiendo con el paso del tiempo. Pero cada noche, las palabras se volvían más claras, más familiares. Y entonces, cometí mi segundo error: escuché.

Las palabras eran mías, o al menos, parecían serlo. Pensamientos arrancados de mi interior, hilados en una voz gutural que los recitaba con una cadencia casi infernal. Me hablaban de mis errores, de mi culpa, de las cosas que me esforzaba en olvidar. Con cada noche, la puerta se convertía en un espejo de mi propio horror, revelando aspectos de mí que jamás había querido enfrentar.

–Eres tu peor enemigo– susurró una noche y la certeza de esas palabras de meló la sangre.

Los días comenzaros a tornarse borrosos. Me encontraba errante en mi propia casa, perdido entre habitaciones que perecían cambiar de lugar. A veces, la cocina no estaba donde la recordaba y el pasillo se alargaba sin fin cuando intentaba salir. Empecé a encontrar grietas en las pareces, pero cuando parpadeaba, desaparecían. Las luces oscilaban con una frecuencia que parecía seguir un patrón siniestro, un latido apagado que pulsaba dentro de los muros.

Las noches fueron peor. Escuchaba pasos en el techo cuando sabía que nadie más estaba allí. Risas amortiguadas detrás de puertas cerradas. Sombras que se movían en los rincones, demasiado rápidas para atraparlas en la mirada. Un hedor dulzón y rancio comenzó a impregnar el aire. Algo podrido, algo muerto.

–No es la casa. Eres tú– susurró la puerta una noche. Y esta vez, la voz sonaba exactamente como la mía.

Los espejos comenzaron a traicionarme. Mi reflejo ya no respondía con precisión a mis movimientos. A veces, sonreía cuando yo no lo hacía. En otras ocasiones, se quedaba mirando incluso después de que me alejaba. Una madrugada, lo vi parpadear dos veces mientras yo no movía los ojos. Dejé de mirarme en el espejo desde entonces.

Decidí enfrentar la puerta. Subí al desván con pasos temblorosos, sintiendo el aire espeso, pegajoso, como si caminara dentro de un pantano de sombras. La puerta estaba allí, apenas abierta, aguardando. El pasillo hacia ella parecía más largo de lo normal, el suelo bajo mis pies crujía como huesos rotos. Cuando la empujé, un aliento fétido me golpeó el rostro.

El aire olía a óxido y a carne podrida. El suelo era blando y húmedo, cediendo bajo mi peso con una consistencia viscosa. En la penumbra, sombras grotescas se contorsionaban en posiciones imposibles, como si una fuerza desconocida las hubiera moldeado en un espasmo eterno de sufrimiento. Sus rostros eran un reflejo distorsionado del mío: bocas desencajadas en un grito sin sonido, ojos desorbitados llenos de desesperación.

Un lamento rasgó el aire, una súplica en un tono gutural y agónico. Era mi propia voz, pero deformada, rota por el miedo. Intenté dar un paso atrás, pero el suelo se hundió bajo mis pies. Algo frío y viscoso reptó por mi pierna, aferrándose con dedos afilados. El horror me paralizó cuando vi lo que me sujetaba: mi propia sombra, alargada y retorcida, arrastrándome hacia la oscuridad.

Grité. Luché; pero la sombra era más fuerte. Me arrastró hasta que todo lo que conocía se desvaneció en la oscuridad perpetua.

No recuerdo cuánto tiempo pasó.

Cuando desperté, estaba en mi habitación, pero algo era diferente. El aire pesaba en mis pulmones como si inhalara niebla espesa. Los retratos de la pared me observaban con ojos hundidos y labios torcidos en muecas de burla. Bajé las escaleras con el corazón golpeando mi pecho como un tambor de guerra. El reloj marcaba una hora inexistente y en la cocina, el refrigerador goteaba un líquido oscuro. Lo abrí y encontré carne cruda, miembros cercenados que se retorcían como si aún tuvieran vida. Retrocedí tropezando, mientras el eco de una risa se arrastraba desde las paredes.

Corrí al baño y vomité. Cuando levanté la mirada, mi reflejo ya no estaba. En su lugar, un amasijo de carne palpitante, con mis propios ojos incrustados en distintos lugares, me observaba con una mueca de deleite.

La casa nunca estuvo embrujada. Yo nunca estuve solo.

Ahora comprendo que el mal nunca estuvo allá afuera. Siempre estuvo dentro de mí, creciendo, alimentándose. La puerta del desván sigue abierta. Cada noche, alguien nuevo escucha su voz.

Quizás tú seas el siguiente.

José María Corohuey Soto

Alumno de bachillerato, joven inquieto que comienza a descubrir la pasión por las letras. Miembro de la Cofradía

José María Corohuey Soto

Alumno de bachillerato, joven inquieto que comienza a descubrir la pasión por las letras. Miembro de la Cofradía

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles. El sistema de Cookies principal del sitio el proporcionado por Google Analytics.  POLÍTICAS DE PRIVACIDAD