Valor de la formación

Valor de la formación

Confieso que por un momento pensé que esta noticia era una broma o una exageración. Miles de jóvenes presentan un examen de admisión en línea para ingresar a la universidad pública más importante de nuestro país y el resultado es un número tan elevado de irregularidades que la propia UNAM decide cancelar la aplicación.

¿La recuerdan? No era un concurso para ganar dinero, un auto o un viaje. Era el examen que marcaría el inicio de la formación profesional de quienes algún día aspiran a convertirse en médicos, ingenieros, abogados, economistas, científicos o servidores públicos.

Y aun así, para muchos, la mejor estrategia pareció ser hacer trampa. Por supuesto que enseguida comenzaron los señalamientos. Que si la plataforma falló. Que si el proveedor. Que si los protocolos de seguridad. Que si las decisiones administrativas. 

Y, como suele suceder en México, la discusión alcanzó también a la gestión del gobierno federal y a la necesidad de transparentar la contratación y supervisión de empresas que participan en procesos de esta relevancia pública. Cuando una evaluación de esa magnitud fracasa, la ciudadanía tiene derecho a exigir explicaciones, responsabilidades y mejores decisiones.

Todo eso debe investigarse. Pero mientras discutíamos servidores, contratos y plataformas, pasó casi desapercibida la pregunta más importante: ¿Quién enseñó a tantos jóvenes que hacer trampa era una opción válida?

Porque el problema no es únicamente tecnológico. A eso sumemos el hecho de que alguien tuvo ante sí la oportunidad para engañar y eligió engañar. En ese punto ya no se trata de la tecnología, sino de la formación como personas.

Nos gusta decir que los jóvenes son el futuro de México, pero ¿qué futuro hemos estado creando? Como adultos, insistimos en que nuestros hijos deben ser exitosos, que estudien, que logren sus metas y sean reconocidos. Y quizá, sin darnos cuenta, dejamos de insistir con la misma fuerza cosas mucho más importantes, como la honestidad y la integridad.

Hoy se falló en un examen de admisión. Mañana podría ser un expediente alterado, una receta médica falsa o una decisión tomada pensando únicamente en el beneficio propio.

Seamos claros: las profesiones no solo requieren conocimientos sino conciencia y valores. 

Por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda. ¿Estamos frente a una generación que menos importancia da a valores como el respeto, la responsabilidad, la empatía y el esfuerzo, o somos los adultos quienes hemos dejado de transmitirlos con nuestro ejemplo?

La respuesta nos incluye a todos. A las familias, a las escuelas, a las autoridades, a los medios de comunicación, y también a quienes todos los días justificamos pequeñas deshonestidades diciendo que así funcionan las cosas en el país. 

Lamentablemente, la carencia de ética, de valores va más allá de un examen y, a veces alcanza, dimensiones mucho más dolorosas.

En las últimas semanas, hemos seguido con asombro y dolor dos historias muy distintas entre sí. Por un lado, el caso de un profesor de bachillerato que, tras enfrentar señalamientos de índole sexual que generaron una intensa exposición pública, perdió la vida en un aparente suicidio. Por otro, la muerte de una joven estudiante en un plantel militarizado de Tamaulipas, un caso que ha colocado bajo la lupa denuncias sobre presunto acoso y violencia entre estudiantes. 

No es mi propósito determinar responsables; esa es función de las autoridades, pero ambas tragedias nos obligan a mirar más allá de lo que vemos en las noticias.

Hoy debemos preguntarnos qué estamos haciendo para formar jóvenes capaces de respetar la dignidad de los demás, de denunciar con responsabilidad, de acompañar a quien sufre, de rechazar la violencia y de comprender que detrás de cada compañero, de cada maestro y de cada persona hay una vida que merece ser cuidada.

Con frecuencia creemos que la crisis de valores comienza cuando aparece una gran tragedia, pero la realidad es que empieza mucho antes. Cuando dejamos pasar una mentira, cuando confundimos éxito con integridad y cuando el fin comienza a justificar cualquier medio.

Paradójicamente, las mediciones del INEGI, a través de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, ENBIARE (1), muestran que las relaciones familiares y personales siguen siendo uno de los pilares más importantes del bienestar de los mexicanos. Eso significa que la familia continúa ocupando un lugar privilegiado en nuestra vida. La pregunta es inevitable: si la familia sigue siendo tan valiosa, ¿estamos aprovechando ese espacio para transmitir los valores que sostienen a una sociedad? 

Tengo razones para creer que sí podemos cambiar el rumbo. Por supuesto que los jóvenes no son el problema; son el reflejo de lo que les mostramos todos los días en la mesa familiar, en el salón de clases, en la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Si queremos profesionistas honestos, primero debemos actuar honestamente. Si queremos servidores públicos íntegros, primero debemos enseñar integridad en casa.

Si queremos una sociedad que valore la vida, debemos demostrar, con nuestro ejemplo, que ninguna meta ni reconocimiento justifican dejar de reconocer la dignidad de otra persona.

Todavía estamos a tiempo, para volver a enseñar que el esfuerzo vale más que ‘la mordida’, que la verdad vale más que la mentira y que el mayor triunfo de cualquier ser humano no consiste en llegar primero, sino en llegar haciendo lo correcto.

Solo así podremos construir una generación que entienda que la honestidad fortalece, que la empatía protege, que el respeto dignifica y que cuidar la vida propia y la de los demás es el principio sobre el que debe sostenerse cualquier proyecto de futuro. 

Porque una sociedad que vuelve a poner la vida en el centro siempre encontrará el camino para reconstruir sus valores.

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1. Fuente: INEGI, Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, ENBIARE 2025. https://www.inegi.org.mx/programas/biare/2025

Christian Gutiérrez Márquez

Christian Salvador Gutiérrez Márquez. Actualmente se desempeña como secretario de Desarrollo Social del Municipio de Aguascalientes. Es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) y cuenta con maestría en Gobierno y Administración Pública. En su trayectoria política y administrativa ha ocupado diversos cargos dentro del servicio público municipal y estatal, entre ellos regidor del Ayuntamiento de Aguascalientes (2019-2021), secretario de Administración del Municipio (2021-2023) y anteriormente titular del Instituto de la Juventud del Estado de Aguascalientes. Su perfil se ha caracterizado por una formación orientada a la gestión pública, administración gubernamental y operación institucional.

Christian Gutiérrez Márquez

Christian Salvador Gutiérrez Márquez. Actualmente se desempeña como secretario de Desarrollo Social del Municipio de Aguascalientes. Es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) y cuenta con maestría en Gobierno y Administración Pública. En su trayectoria política y administrativa ha ocupado diversos cargos dentro del servicio público municipal y estatal, entre ellos regidor del Ayuntamiento de Aguascalientes (2019-2021), secretario de Administración del Municipio (2021-2023) y anteriormente titular del Instituto de la Juventud del Estado de Aguascalientes. Su perfil se ha caracterizado por una formación orientada a la gestión pública, administración gubernamental y operación institucional.

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