La Comuna de París (3) Represión y masacre
Lissagaray (Historia de la Comuna de París de 1871) describe brevemente el fracaso de la “expedición” de Francia en México, aprovechando que Estados Unidos se debatía en la guerra civil (1864-1868), para imponer a un emperador, bajo las intrigas y ambiciones del clero y la casta conservadora de México que se oponían a las reformas liberales. “La expedición” costó a Francia 14 millones de francos mensuales, además del despliegue de 40 mil hombres (p. 22). Ello facilita las ambiciones de la Alemania unificada por Prusia y fortalecida por sus victorias militares (Austria) y políticas (Italia).
Lissagaray esboza una “ojeada retrospectiva” a los antecedentes que culminaron en la gran crisis de 1870. “Seis años después de 1852, el Imperio industrial estaba flamante todavía … El clero, tan crecido por la instauración del sufragio universal, acogía con los brazos abiertos a aquel emperador ‘salido de la legalidad para reintegrarse al derecho’ … La alta y mediana burguesía” plenamente subordinadas al emperador, pero a cambio de beneficios económicos por el desarrollo de la industria y el comercio. El Parlamento sometido a los intereses del Emperador. “Una vasta red de policía, hábil y alerta, vigilaba los menores movimientos. Estaban suprimidos los periódicos de oposición …” (p. 17).
“Los obreros de París se rehacían, no del golpe de Estado del 51, que apenas los había salpicado, sino de la matanza de junio del 48, que ametralló sus barrios y fusiló y deportó a millares de trabajadores” (p. 18).
Lissagaray sintetiza la sanguinaria represión [1871] llevada a cabo por el gobierno de Versalles por encargo de la alta burguesía de Francia:
“Veinte mil hombres, mujeres, niños, muertos durante la batalla o después de la resistencia, en París y en provincias; 3 mil, por lo menos, muertos en los depósitos, en los pontones, en los fuertes, en las cárceles, en Nueva Caledonia, en el destierro, o de enfermedades contraídas en el cautiverio; 13 mil 700 condenados a penas que para muchos duraron 9 años; 70 mil mujeres, niños y viejos, privados de su sostén natural o arrojados fuera de Francia; ciento 7 mil víctimas, aproximadamente, tal es el balance de la venganza de la alta burguesía por la revolución de dos meses del 18 de marzo” (p. 415).
Y detalla sus conclusiones:
“El 18 de marzo [1870] fue la respuesta instintiva de un pueblo abofeteado… París nombró su Asamblea comunal con una de las votaciones más numerosas y más libres que jamás se hayan emitido … Versalles [gobierno nacional encabezado por Adolphe Thiers] atacó a París sin haber sido provocado, sin intimación … Versalles rechazó siempre los intentos de conciliación procedentes de París o de las provincias … Versalles fusiló por lo menos a 17 mil personas, en mayor parte ajenas a la lucha, entre ellas mujeres y niños, y detuvo a 40 mil personas por los menos, para vengar la muerte de 64 rehenes … hubo millares condenados a muerte, a presidio, a la deportación, al destierro, sin juicio serio, condenados en virtud de órdenes cuya iniquidad fue reconocida [hasta] por los gobiernos más conservadores de Europa … la gran mayoría de la Asamblea de Burdeos quería restablecer una monarquía, y no retrocedió sino después de la Comuna … Razón tenían en querer conservar sus cañones y fusiles estos parisienses que se acordaban de junio y de diciembre; tenían razón al decir que los aparecidos de los antiguos regímenes tramaban una restauración… tenían razón al combatir a muerte el advenimiento de los curas … tenían razón en temer la República conservadora … razón para lanzar al cielo su último cartucho … No había grandes hombres en esta revolución, cuya potencia está en haber sido hecha por la medianía y no por unos cuantos cerebros privilegiados … Dio a los trabajadores conciencia de su fuerza; trazó una línea perfectamente definida entre ellos y la clase devoradora; aclaró las relaciones de clase, con tal esplendor, que la historia de la Revolución Francesa se iluminó con él y gracias a él se ha de reconstruir…” (pp. 415-417).
Eso es “lo que significaba el 18 de marzo. Por eso, este movimiento es una revolución; por eso todos los trabajadores del mundo la reconocen y aclaman; por eso todas las aristocracias no piensan en ella más que con furor” (p. 417)
“1896. Veinticinco años han pasado sobre la Comuna –reflexiona Lissagaray– … En el 48 le dijeron al pueblo: ‘el sufragio universal hace criminal toda insurrección; la papeleta del voto ha sustituido al fusil’. Y cuando el pueblo vota contra los privilegios [de las élites económico-políticas], se encabritan; todo gobierno es faccioso si toma en cuenta los deseos populares. ¿Qué le queda al pueblo, sino el argumento perentorio, la fuerza?… El proletariado francés ha hecho tres veces la República para los demás; ya está maduro para la suya. Las luces que le faltaban antes, sólo de él mismo brotan ahora … El gobierno del pueblo significa tanto como poner en marcha una reserva de trabajo acumulado, hoy improductivo … ¿Qué hace falta? Atreverse. Como antaño ‘esta palabra encierra toda la política del momento’. Atreverse y ‘labrar hondo’. La audacia es el esplendor de la fe. Por haberse atrevido, domina el pueblo de 1789 las cumbres de la historia. Por no haber temblado, la historia reservará un puesto al pueblo de 1870 y 1871, que tuvo fe hasta morir por ella” (pp. 417-418).

