La Comuna de París (18) Caos y destrucción
Prosigue la detallada narración acerca de la devastación de París (Lissagaray, Historia de la Comuna de París, así como en «Semana Sangrienta» https://es.wikipedia.org › wiki › Comuna_de_París). La destrucción generalizada en París obedece a la dureza de los combates. El gobierno decidido a eliminar, con el poder de que es capaz, a los comuneros, y éstos acuciados por la eliminación en masa de sus correligionarios. Los combates a pie de calle y con el fuego de artillería de ambas partes, conllevó la ruina de inmuebles civiles y públicos. Algunos incendios fueron provocados por razones tácticas.
La cronología de este cataclismo, como ya he comentado, sigue precisamente la reconquista de París por las tropas del gobierno francés durante el mes de mayo.
Martes 23. Las primeras matanzas en bloque. “Los defensores de las barricadas duermen sobre las piedras de éstas … Montmartre parece muerto. El pánico se ha extendido durante la noche… A las once el Estado Mayor versallés dio comienzo a los holocaustos … Cada hornada de prisioneros se estacionaba ante el muro acribillado a balazos. Se les fusilaba en seguida … París desierto y mudo. Como la víspera, los almacenes están cerrados. Las calles, blancas de sol, se extienden desiertas y amenazadoras”. La soledad y el vacío de las calles son interrumpidas por “los galopes de la artillería que se desplaza, los combatientes en marcha” (pp. 288-292).
La terraza de las Tullerías recibe el fuego de sesenta piezas de artillería … “La plaza de la Concordia, cogida en medio de estos fuegos, se llena de restos de fuentes, de farolas, de estatuas … los versalleses avanzan casa a casa … los obuses versalleses comenzaron el incendio; el barrio [de Saint-Honoré] fue pasto de las llamas. Las tropas ocupan el ministerio de la Guerra, la Dirección de Telégrafos, el cuartel de Belechasse” … Una a una van cayendo las barricadas…
La Comuna ocupa apenas la mitad de París, “el resto pertenece a la matanza … El robo sigue a la matanza. Las tiendas de los comerciantes que han servido a la Comuna o han sido acusados de ello por sus competidores, son saqueadas. Los soldados destrozan los muelles, se llevan los objetos preciosos. Alhajas, vinos, licores, comestibles, ropa blanca, artículos de perfumería, todo desaparece en sus mochilas”.
El ejército avanza en todos los distritos de París. “Con la noche se alza un resplandor cegador. Arden las Tullerías, la Legión de Honor, el Consejo de Estado, el Tribunal de Cuentas. Formidables detonaciones parten del palacio de los reyes, donde se derrumban los muros, se desploman las vastas cúpulas … Todo es un muro de fuego que el Sena cruza. Torbellinos de humo ocultan todo el oeste de París, y las espirales inflamadas que se alzan de las hogueras vuelven a caer como lluvia de centellas sobre los barrios vecinos”.
Miércoles 24. Amanece. El sol opaca la luz de los incendios. El día, radiante, no ofrece esperanza alguna a la Comuna, cuya ofensiva es imposible. “Ya no lucha; lo que hace es debatirse … Hacia las diez se alzan las llamas de la torre. Una hora después el Hôtel de Ville es un brasero. La vieja casa, testigo de tantos perjurios, la casa en donde el pueblo instaló tantas veces los mismos poderes que le ametrallaron, cruje y se viene abajo con su verdadero dueño … el abandono del Hotel parte en dos las defensas y aumenta la dificultad de las comunicaciones …”.
En el puente Saint-Michel la Comuna “ha suspendido el fuego por la falta de municiones”, lo cual facilita que los soldados versalleses pueden atravesar en masa el bulevar y llegar hasta la plaza Maubert. “A las cuatro, la montaña de Sainte Geneviève [Santa Genoveva, Patrona de la ciudad de París y de su Gendarmería], casi abandonada, es invadida por todas partes … comienzan inmediatamente las matanzas. Los versalleses fusilan a los parisienses en masa”. Uno por uno, fueron fusilados 40 prisioneros, “a la vista de todos” (pp. 298-302).
“Aquel día, la matanza tomó ese vuelo furioso que dejó atrás, en pocas horas a la noche de San Bartolomé” [1572: el asesinato en masa de protestantes franceses (hugonotes) en manos de los católicos. La violencia se extendió por toda Francia, dejando decenas de miles de muertos] … Para justificar la carnicería “se inventó la leyenda de las petroleras, que, propalada por la prensa, costó la vida a centenares de desgraciadas. Corrió el rumor de que las furias lanzaban petróleo ardiendo a los sótanos. Toda mujer mal vestida o que lleva un cacharro para leche, una botella vacía, puede ser acusada de petrolera. Arrastrada, despedazada, la matan tiros de revólver contra la pared más próxima” (p. 305).
Sigue París en llamas. La puerta de Saint-Martin, la iglesia Saint-Eustache, las calles Royal, Rivoli, Las Tullerías, el Palais-Royal, el Hôtel de Ville, el Teatro Lírico, “la orilla izquierda desde la Legión de Honor hasta el Palacio de Justicia y la Prefectura de Policía, se destacan rojos, en la noche negrísima. Los caprichos del incendio construyen una flameante arquitectura de arcos, de cúpulas, de edificios quiméricos. Enormes hongos blancos, nubes de chispas que suben hasta muy alto, dan testimonio de las formidables explosiones”.
La gran burguesía y el gobierno de Thiers acusan a la Comuna del crimen de los incendios [aunque ambas partes propiciaron los siniestros] … “como si en la guerra no fuese el incendio un arma natural, como si los obuses versalleses no hubieran incendiado tantas casas como los de los federados, como si la especulación, la avidez, el crimen de algunas gentes honradas no tuvieran su parte en las ruinas. Y el mismo burgués que hablaba de ‘quemarlo todo’ durante el sitio, trataba ahora de malvado al pueblo que prefería enterrarse bajo los escombros antes que abandonar a su familia, su conciencia, su razón de existir” (p. 307).

