La Comuna de París (17) Arde París
Fue idea de la aristocracia y la gran burguincendiar París. Lissagaray lo describe día a día (Historia de la Comuna de París): las varias expresiones históricas de la derecha, incluidos “orleanistas y ensotanados” se confabulan. “Las regias avenidas están erizadas de cañones. Agazapados en el patio de honor, los dogos de bronce guardan el palacio, la Asamblea, el antro … El Estado Mayor rural piafa [con impaciencia] en los Depósitos … También hormigueaban allí los desplumados funcionarios del Imperio, diplomáticos, prefectos, chambelanes, domésticos, fugitivos del 4 de septiembre … Reunidos por la tormenta en esta arca de Noé, los antiguos proscritos y los antiguos proscriptores se espían, llenos de odio, a ver quién se engulle la victoria” (p. 266).
El gran ataque. El 16, la Asamblea se ha negado a reconocer a la República como gobierno de Francia [adheridos al Imperio]. El 17, Versalles descubre las baterías de brecha … Las baterías de retaguardia castigan sin tregua … París tiene cinco distritos bajo el fuego de los obuses … El 18 por la noche, “los versalleses sorprenden a los federados [Comuna] acercándose a ellos … Se consigue, con todo, atajar su movimiento” … Día 19. A pesar de la proximidad de los versalleses, “la defensa [de la Comuna] no se anima … envían unos cuantos obuses, pocos … Algunas barricadas … dos reductos en la plaza de la Concordia … un foso en la calle Royale, otro en el Trocadero; esto es todo lo que el Hôtel de Ville ha hecho en siete semanas por la defensa interior …”
Impera inmenso cansancio. Todas las energías se desvanecen en medio de rivalidades y disputas. “¿De qué se ocupa la Comuna el día 19? De los teatros”. Acaso por indolencia o agotamiento descuidan la defensa: “apenas quedan dos mil hombres, de Asnières a Neuilly; cuatro mil, acaso, de La Muette a Petit-Vanves. Los batallones asignados de los puestos de Passy no están en su lugar o se hallan en sus casas … muchos de los oficiales han desaparecido. Del bastión 36 al 70, precisamente en el punto de ataque, no hay ni veinte artilleros. Los centinelas brillan por su ausencia … ¿Traición? Los conspiradores se jactaron, algunos días después, de haber desguarnecido estas fortificaciones. El espantoso bombardeo bastaba para explicar semejante abandono … El sábado 20 de mayo, a la una de la tarde, se descubren las baterías de brecha. Trescientas piezas de marina y de sitio, confundiendo sus detonaciones, anunciaron el comienzo del drama definitivo” (pp. 271-272).
En el Hôtel de Ville [sede de la Comuna], no se organiza plan de defensa, pero se ocupan en pláticas y murmullos … “A las ocho se levanta la última sesión del Consejo de la Comuna … Así salió de la historia el Consejo de la Comuna de 1871, en el instante de mayor peligro”. Los versalleses entran y se dispersan en París, y París lo ignora. “Ola tras ola, su torrente crece silencioso, velado por la noche que cae … A las tres de la mañana, inundan París … La mayor parte del distrito XV está ocupada … las inmensas catacumbas que corren por debajo del distrito XVI, llenas con tres mil barriles de pólvora, millones de cartuchos, millares de obuses. A las cinco cae el primer obús versallés sobre la Legión de Honor. Como en la maña del 2 de diciembre, París dormía” (pp. 275-277).
Lunes 22. Desde las primeras horas, los versalleses han iniciado el avance. Inexplicablemente “la fortaleza principal permanece muda. Diecisiete horas lleva asistiendo en silencio a la entrada de las tropas de Versalles … algunos obuses de Montmartre hubiesen cambiado esta confusión en derrota, y el menor fracaso a la entrada de las tropas hubiera sido para los versalleses un segundo 18 de marzo; pero los cañones de los cerros permanecen mudos”.
Imperan desorganización, ausencia de liderazgo y caos: “ochenta y cinco cañones, una veintena de ametralladoras yacen allí, sucios, en revuelta confusión. En estas ocho semanas, nadie ha pensado en ponerlos en línea. Abundan los proyectiles del 7, pero no hay cartuchos … sólo dos piezas del 24 están provistas de afustes; no hay parapetos, ni blindajes, ni plataformas. A las nueve de la mañana aún no han disparado las tres piezas … Al retumbar el cañón, París se levanta … Vuelven a cerrarse los almacenes, los bulevares siguen desiertos, la vieja insurrecta [París] cobra su fisonomía de combate” … A mediodía del lunes, “el general Cissey [Ernest Coucort, 1810-1882. Primer Ministro 1874-1875] ha invadido la explanada de los Inválidos … A las dos empiezan a surgir barricadas” a lo largo de avenidas, distritos, calles y plazas, “pero muchas de estas defensas no pasan de un estado rudimentario” (pp. 282-283).
El París de la Comuna se prepara para la última lucha … Ante la Asamblea Thiers promete una carnicería, “expiación que se llevará a cabo en nombre de las leyes, por las leyes y con las leyes” … Por la mañana hubo “ejecuciones sumarias, lo que el vulgo llama matanza de prisioneros … Probablemente fue el cuartel Babylone [construido en 1780. Actualmente ocupado por la Gendarmería Nacional] donde inició la semana sangrienta … La noche amortigua la fusilería; el cañoneo continúa … Está ardiendo el ministerio de Hacienda … Comienzan entonces, las noches trágicas que habrán de retumbar siete veces. El París de la revuelta está en pie … El París del 71 alza contra Versalles la Revolución social entera” (pp. 284-285).

