Atardecer en equilibrio
Suspendidos entre el firmamento y el mar, cuatro cuerpos descienden lentamente mientras el crepúsculo tiñe de oro y violeta la orilla. El poste se alza como un eje sagrado y las cuerdas trazan círculos invisibles sobre el horizonte. No es un espectáculo: es un diálogo antiguo que aún respira. En ese giro contenido, los voladores de Papantla recuerdan que la tierra escucha cuando el gesto nace del respeto.
El rito persiste como una herencia viva. Sobrevivió a la censura, al olvido y a la tentación del folclor vacío. Custodiado por comunidades nahuas y totonacas, se ha mantenido fiel a su sentido original: agradecer, pedir equilibrio, reconocer la fragilidad del mundo. Cada descenso no es caída, sino ofrenda; cada vuelta, una súplica silenciosa para que el orden natural no se rompa.
La escena, a la orilla del océano, intensifica el mensaje. El agua acompaña el ritual como presencia esencial, no como recurso explotable. En la cosmovisión ancestral, la lluvia era un don que exigía responsabilidad. Hoy, esa relación se ha erosionado. El discurso contemporáneo reduce lo vital a cifra, concesión, promesa electoral. Se negocia el caudal, se privatiza la esperanza, se posterga el cuidado. La memoria del respeto quedó arrinconada por intereses inmediatos.
Contemplar a los voladores en este atardecer obliga a detenerse. No para idealizar el pasado, sino para recuperar su enseñanza. La naturaleza no es un telón de fondo ni una mercancía; es un sistema delicado que sostiene la vida. Cuando se ignora, el desequilibrio cobra factura. Sequías, incendios y desplazamientos son señales claras de una ruptura profunda.
La danza aérea propone otra ética. Una donde el ser humano reconoce su lugar y entiende que su bienestar depende de la armonía con los ciclos naturales. El agua, centro de tantas disputas recientes, no debería ser botín ni propaganda. Es un derecho universal que exige políticas responsables y acciones coherentes. Honrarla implica proteger ríos, mares y comunidades, no explotarlos hasta el agotamiento. La fotografía la tomé el 16 de marzo de 2025 en Puerto Vallarta, Jalisco.

Más allá de la mirada: El ritual de los voladores fue inscrito en 2009 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Cada descenso representa los puntos cardinales y el vínculo entre cielo, tierra y agua, recordando la profunda relación espiritual entre comunidad y entorno natural.
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