Crimen por cuarta mano

Acababa de encender un cigarro, cuando luego de aspirar el humo de la primera chupada, recordó con una mezcla de nostalgia y enfado las palabras de su esposa: “Por Dios, Juan, ¿es que nunca dejarás de fumar? Recuerda que el humo te hace daño”. Con cierto desgano, aplastó el cigarro aun entero sobre el cenicero de su escritorio. Se sentó en el sillón mesándose los escasos cabellos de su cabeza y consultando el reloj con mal disimulada ansiedad.
Se disponía a hacer una llamada telefónica, cuando entró su secretaria y le informó que en la antesala estaba un tipo “raro” que decía tener cita con él.
–Sí, Vicky, dile que pase.
Manuel Jiménez, era en verdad un tipo poco común. Barba de tres días, pelo desaliñado, y aunque su ropa se veía arrugada como si la trajera puesta desde hacía días, no olía mal, después de todo. Sin duda no había sido comprada para él, pues evidentemente el gastado saco era más grande de su talla, y era obvio que si hubiese querido abrochar el cuello de su camisa, se abría ahorcado solo. Avanzaba con estudiada seguridad, revisando con rápidas miradas todo el entorno de la oficina, pareciendo que buscara algo en particular. Sin embargo, su intención no era de búsqueda, sino tan sólo la costumbre de quien busca siempre por instinto la mejor ruta de escape.
Sin esperar a que le fuera ofrecido, tomó asiento en el mullido sofá negro y tomó inmediata posesión de él arrellanándose con fruición, al tiempo que extendía los brazos sobre el respaldo, con cierto asombro de que, a pesar de ser sus brazos bastante largos, no alcanzaran las orillas del sofá.
Juan empezó a sentirse incómodo ante ese hombre. Después de todo, aún estaba a tiempo de arrepentirse de la decisión que había tomado. Total, unos pesos y ese hombre quedaría satisfecho.
Tras unos instantes de tenso silencio, Manuel sonrió con una mueca que más que gusto, parecía decir: “A sus órdenes; usted dirá”
Juan titubeó un poco, pero tratando de recobrar la calma, hizo una profunda respiración, y tras un teatral y ruidoso suspiro, dijo por fin:
–Imagino que sabe la razón de su presencia aquí, ¿verdad?
–No, señor Martínez. Dígamelo.
Era evidente que lo sabía. Ese “dígamelo” denotaba que Manuel Jiménez manejaba muy bien la sicología de sus clientes. Si alguien evitaba hablar del asunto, o “matizarlo” con palabras bonitas, significaban para él buenos pesos más en su bolsillo.
–Pues… Verá… –Y tomando repentino valor dijo–: Quiero que mate a mi esposa. No interesan los detalles o las razones. Simplemente quiero que muera.
–¿Detalles? ¿Razones? ¡Por favor, señor Martínez! Con todo respeto, no sea estúpido. ¿Cree usted que si yo supiera las razones que llevan a mis clientes a solicitar mis servicios, pudiera yo “trabajar” con calma? No, señor. Yo hago lo mío, y cobro por ello. Allá ustedes y su conciencia.
–¿Mi conciencia? ¿Y qué sabe usted de mi conciencia?
–Señor, Martínez. No vine a dar ni a recibir lecciones de moral. ¿Necesita mis servicios? Aquí estoy. ¡Punto!
El clima se había tornado bastante denso para Juan, que no encontraba como justificarse a sí mismo su macabra decisión. Un nuevo respiro, y con amargura en sus palabras dijo:
–Bien, eso es todo. Quiero que mate a mi mujer. Usted sabrá los métodos adecuados. Sólo pido que sea rápido y lo menos escandaloso posible.
–¿Qué escándalo le preocupa? ¿El ruido o el escándalo social? –Juan no contestó. Se limitó a ver a Manuel con esa mirada vacía de quien, cargado de emociones, carece de palabras–. Entiendo. ¿Sabe de mis honorarios, verdad? Con una oficina como esta no le será nada difícil cubrirlos. Ese cuadro, simplemente, debe valer diez veces más.
La mirada de Juan siguió la dirección marcada por el índice de Manuel, hasta alcanzar un cuadro que colgaba de la pared, al fondo de la oficina. –Vaya– pensó para sí Juan; de manera que el tipo no era un sicario vulgar. Sabía reconocer de arte… al menos de pintura. En efecto, aquel cuadro, firmado por Degas tenía un valor en el mercado de arte, cercano al millón de dólares.
–Tengo el dinero, sí. Pero no obstante, me parece que su… “trabajo” no puede valer los millones que pide.
–Es sencillo, señor Martínez. Yo no le cobro por jalar un gatillo o manejar un auto sobre alguien, no. Mi precio es porque yo tengo algo que a ustedes les falta. ¿Conoce el caso de un señor que llevó su coche a un mecánico porque fallaba, y vio como el mecánico sólo apretó una tuerca que estaba floja? Al presentar la cuenta, el señor aquel vio horrorizado que le cobraban cien pesos. ¡Cien pesos? ¡Pero si únicamente apretó una maldita tuerca! Protestaba. Y entonces el mecánico tomó la cuenta y puso: “Por apretar una tuerca: un peso. Por saber qué tuerca apretar: noventa y nueve” Ja ja ja ja ja ja –Río él mismo de su chiste–. Ingenioso, ¿no? Es igual aquí. Yo le cobro lo que le cobro, no por usar una pistola, sino porque usted no se atreve a usarla por sí mismo.
–De acuerdo, en eso tiene razón. Pero sigo pensando que es demasiado.
–Bueno, tiene usted una opción. Acepta mis condiciones, o me paga mi visita y la mata usted.
–¿Su visita?
–Sí. Como dicen ustedes: “Toda consulta causa honorarios” Ja ja ja
Nuevamente río con buena gana de lo que acaba de decir, mientras Juan se mordía los labios para no llorar.
–Bueno; está bien. Pagaré lo que pide. Supongo que querrá el pago por adelantado, ¿no?
–Pues le diré… lo común en el cine es ver que en un sobre gordo se entrega la mitad y la otra mitad al final de trabajo, –dijo fingiendo la voz como hampón cinematográfico. Conmigo es igual, pero sin sobre gordo… prefiero un portafolios.
–Y… ¿cuándo lo haría?
–No sé. ¿Tiene alguna fecha en mente?
–No, una fecha específica no. Pero me gustaría que fuese lo más pronto posible. A ser posible esta misma noche.
–¡Huy! ¿Tan grave es la cosa? Debe odiarla mucho, ¿eh?
–¿Odiarla…?
Y sus labios no dijeron más. Su mente lo llevó en ese instante a unos años atrás cuando conoció a su mujer en un momento por demás fuera de toda norma. Había sido en una emergencia estomacal, en un lujoso restaurante de la capital del país, cuando se vio forzado a entrar al baño de damas por encontrarse trabada la puerta del de caballeros. Y ahí estaba ella. No gritó como lo hubiera hecho cualquier otra mujer en ese caso, no. Sonrío y le dijo: “En tu baño o en el mío”. No había pasado un mes cuando estaban casados. Nunca hubo hijos, así que por 28 años sólo se tuvieron el uno a la otra. Jamás en sus recuerdos estaba ningún momento en que hayan tenido que dormir separados por estar disgustados. Él por entonces era dueño ya de una considerable fortuna, y ella, merced a una herencia, tampoco era ninguna indigente… ¿Odiarla?
–¡Señor!
Una angustiada secretaria le volvió a la realidad.
–¡Llamada urgente, para usted!
–Gracias. –Tomó el teléfono y contestó–. ¿Diga?…
Su semblante palideció, pero su rostro fue adquiriendo un rictus de paz y beatitud. Se podría decir que había una sonrisa de agradecimiento en su cara. Preguntó algunos detalles, que Manuel Jiménez no pudo interpretar. Preguntas como: ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿A qué hora? ¿En dónde? Y otras de ese estilo. Colgó al auricular, y encarando al sicario dijo:
–Pues, señor Jiménez, creo que después de todo sólo pagaré la visita… los honorarios de la consulta –le dijo con evidente burla alusiva a la broma que Manuel le había hecho antes–. Ya no hace falta su intervención. Mi esposa acaba de morir. Hace una semana el médico le diagnosticó una muerte larga y dolorosa por cáncer. Yo quise evitarle ese trámite, y por eso le llamé. Pero esta mañana su corazón se adelantó a nuestros propósitos. Es casi cómico, ¿No?
–No, señor Martínez… no lo creo.
–Usted dirá a cuánto ascienden los honorarios de su visita.
–Nada… Considérelo un regalo para su esposa. Buenas tardes.







