Inundación
Esa tarde y los días que la siguieron no los voy a olvidar aunque quiera, no podría. Tu abuelo bajó del tren de Tampico donde compraba ropa para la tienda, y llegó diciendo que un ciclón había arrasado Altamira y venía sobre la parte baja de la Huasteca.
Nos espantamos. Un ciclo venía sobre el pueblo, el río comenzaba a desbordarse y no dejaba de llover. Hay que ir a la estación del tren, comenzaron a decir los señores, allá el andén está más de un metro sobre la tierra y las paredes son de material. Eso hicimos: sólo tomamos lo necesario al partir con las nubes tempestuosas levantándose por todas partes, como si el mar subiera al cielo y amenazara caer sobre nosotros.
–¿Igual que ahora? ¿Qué más, abuelita?
–Tu abuelo quería salvar algunas cosas; no le había ido bien por ser español. El cacique lo dejó sin rancho y ni cómo enfrentarse. “Si es gringo me lo chingo y si es gachupín también, aunque no rime”, decía para intimidar y lo lograba. Con su pistola de cacha nacarada y sus guardaespaldas armados como si la revolución no hubiera terminado, se paseaba prepotente por el pueblo. Pobre de tu abuelo, desertó del ejército en el Sahara cuando lo dieron por muerto en una batalla y los enemigos lo recogieron y curaron; más tarde lo dejaron en libertad ¿por qué? Ve tú a saber ¿Y por qué vino a dar acá? Yo creo sintió que no podía regresar con los suyos porque lo iban a acusar de traición; lo más seguro es que no quería ir de nuevo al desierto, por eso vino y porque ya no vivían aquí otros españoles, pero no le fue mejor.
–Abue, platícame del ciclón ¿qué más pasó?
–Cuando llegamos a la estación del agua la rodeaba y las víboras coralillo subían al andén antes que nosotros. Lo primero que hicimos fue dar palos por todas partes y colocar mecates gruesos en las puertas, para que no pasaran estas víboras tan hermosas como letales.
Ahí nos apilamos a esperar el ciclón. Éramos más de cincuenta repartidos en la bodega, en la sala de espera, en la oficina y en la casa de tu padre que entonces era el jefe de la estación. Los trenes ya no pasaban, el último cargó con unos fuereños espantados por esa montaña de agua que se venía encima. Los hombres condenaron puertas y ventanas, metieron agua en botellas y algunos panes, sin saber cuánto duraría aquello.
Luego de instalarnos vimos que el agua nos rodeaba por todas partes. Desde el mirador la Estación semejaba una isla en medio del agua turbulenta. Las demás casas que eran de madera, fueron arrasadas, sólo veíamos flotar muebles y ropa, techos de palma y…
–Abuelita, ¿llovía así como llovió hoy? ¿La gente qué hizo?
–Hubo muchos muertos, ahogados casi todos, y un señor al que apodaban El Coyote murió descabezado al llegar los primeros vientos huracanados. Como si fuera un papel voló el techo de lámina hasta encontrar la cabeza del Coyote; entonces el agua se coló a nuestro refugio en la hora del anochecer. Quién iba a dormir con ese rugido negro que se metía por todas partes a espantarnos.
–Los hombres intentaban sacar el agua a cubetazos y así les amaneció, aunque eso de que amaneció es un decir, los nubarrones seguían dando maromas y gruñidos sobre nosotros, y no dejaba de llover.
–Abuelita ¿tú crees que ahora…?
Ya no recuerdo si era noche o día, pero tu abuelo mató a una coralillo que se había escondido en la bodega entre unos sacos. Cuando le disparó, la víbora acababa de morder a un niño hijo del motorista con el que iba al monte, según eso de cacería, pero nunca mataba nada porque le daban lástima los animales. Si era un venado chico decía: no, pobrecito. Si era una venada: ¿y luego quién les dará de comer a sus venaditos? Y si era un venado decía también que no: ¿y luego cómo van a nacer nuevos venaditos? Total, siempre regresaba con las manos vacías, menos una vez que mató un conejo y no se lo pudo comer porque lo hacía llorar el sentimiento de culpa. Y en otra cacería cogió a golpes a Canuto porque mató una venada que estaba por ser madre. Terminó por regalar el rifle y se quedó con su pistola para las víboras.
–El ciclón, abuelita, platícame del ciclón ¿el cielo estaba así como ahora?
–El ciclón se volvió eterno o así me pareció. Después dijeron que sólo fueron cinco días. Para mí fue como una noche nada más, larga y escandalosa, eso sí; sin más luz que la llamita tembeleque de los quinqués y algunas lámparas de mano. A los niños los tapábamos en el regazo para que no escucharan; eso era lo que más los espantaba: la voz iracunda del ciclón.
Tu abuelo se había hecho cargo desde el principio y puso a votación: esperar a que los muertos comenzaran a oler mal para salir a tirarlos, o dejar que bajara el agua, lo cual parecía imposible, para enterrar-los como Dios manda. Al rato andaban flotando entre la gente y ahí siguieron hasta que acabó aquella noche interminable.
El tiempo se volvió una nata gelatinosa resbalan-do entre las angustias y la impotencia contra el mar que se nos vino encima. La humedad comenzó a castigar los huesos, las cobijas estaban mojadas, todo ahí lo estaba, y tu abuelo hacía esfuerzos por establecer turnos para subir al escritorio de mezquite y estar cuando menos un rato fuera del agua. Sólo los niños dormían, los grandes nos sentíamos más cerca de la muerte.
Un día ya medio muertos, alguien anunció el fin de la lluvia. Tu abuelo se levantó y trastabillante fue a la ventana. Por una rendija pudo ver el cielo azul otra vez. Comenzó a tirar tablas ya decir incoherencias; la estación parecía una barca de náufragos, pero el cielo había dejado de bramar. Entonces fue el silencio desolador el que nos dio miedo.
Tu abuelo, ¡cómo quise yo a ese hombre! Y cómo lloré cuando a medio año del ciclón murió del asma que lo acosaba desde niño. Ahora vete a dormir, voy al río con la gente a ver cómo está el bordo que hicieron ese año; si no aguanta, mañana temprano iremos a la estación. Duerme ya.

