Un alma en pena

Mátame, porque estoy sufriendo,
porque ya no queda razón para andar.
Las sombras de guerra devoran mi mente.
Los gritos de muerte no dejan de hablar.
Los hombres marchamos con fe en la espada
alzamos estandartes con falso esplendor,
nos dicen que somos el alma del pueblo,
nos dicen que el odio nos da más valor.
Pero aquí no hay gloria, no hay dioses ni patria,
tan sólo cadáveres bajo la luna,
tan sólo un hedor a carne quemada,
a pólvora vieja, a tumba y a bruma.
Las botas resuenen en lodo y ceniza,
el miedo se esconde detrás del fusil,
los días son largos, las noches eternas,
y el hambre y el frío nos saben hundir.
Los rostros que veo no tienen sonrisa,
sus ojos perdidos, vacío de luz,
fantasmas de carne que aún siguen vivos,
pero cuya muerte se asoma en su cruz.
Recuerdo la casa que un día fue mía,
la risa en la mesa, el pan y el café,
el sol en los campos, la brisa en la tarde,
la dulce caricia de un mundo sin ley.
Mas todo quedó reducido a cenizas,
las bombas llovieron, no hay casa, no hay fe,
los gritos de niños que ardían en llamas,
los padres buscando pedazos de piel.
Mi madre esperaba sentada en la puerta,
mirando la calle con su devoción,
juró que algún día me vería de vuelta,
no sabe que un cuervo llevó mi canción.
Mi hermano pequeño jugaba en el patio,
soñaba con ser algún día un doctor,
le dieron la guerra, le dieron un rifle,
le dieron el miedo en lugar de un balón.
¿De qué nos sirvieron los libros, los rezos,
las cartas de amor, la escuela, el candil?
Si sólo aprendimos a odiar y a matarnos,
si el mundo es un campo cubierto de gris.
Y aquí sigo, errante, perdido en las sombras,
sin nombre, sin rostro, sin alma, sin paz,
la muerte me sigue, la muerte me espera,
me ofrece su mano, me invita a cruzar.
No quiero la gloria de un himno en mi tumba,
no quiero medallas, discursos, honor,
no quiero que digan que fui un gran soldado,
pues sólo fui carne que el hierro arrancó.
Mátame porque estoy sufriendo,
porque esta batalla no tiene final,
si sólo la muerte concede descanso,
quizás en su sombra me vuelva a encontrar.
Que el viento me borre, que nadie me llore,
que el polvo me cubra y calle mi voz,
que acaben mis pasos, que acabe mi pena,
pues sólo la nada me ofrece el adiós.
Wendy Guadalupe Reyes Padilla.







