Un enfoque acerca de las ideas políticas VI: Una interpretación laica del poder político

Un enfoque acerca de las ideas políticas VI: Una interpretación laica del poder político

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Durante la Edad Media prevalece el predominio ideologizado del cristianismo, no pocas veces acomodaticio, si bien poco a poco empieza a ser cuestionado o moderado tanto por la controversia obispo-príncipe, como por la validez misma o la reinterpretación del dogma. El Feudalismo alcanzó su cúspide con Carlomagno, quien instituyó los condados y los feudos, muchos de los cuales estaban bajo el señorío de los obispos. Inicia la etapa de conflictos por el poder entre señores feudales-obispos-emperador que duró, por lo menos, a lo largo de cinco siglos del segundo milenio.

ideas políticas acordes a la nueva realidad, habiendo partido del rescate del Derecho Romano.

Desde el siglo XI las ciudades europeas desarrollaron (Mediterráneo, Italia y la Liga Hanseática) comercio e industria (proceso que luego Marx identificaría como la “acumulación originaria de capital”). Para ello creó sus propia filosofía e ideas políticas acordes a la nueva realidad, habiendo partido del rescate del Derecho Romano. Fue el surgimiento de un poder secular sobre base económica, separado del poder eclesiástico.

Paralelamente se extiende la pugna “por las investiduras”, alentada por el alto clero (poseedor de riqueza y poder secular): la reiterada batalla por la supremacía entre emperador y obispo de Roma. Ante la falsedad de las “decretales” (documentos en los que supuestamente Constantino cedió el imperio de Roma –occidente— al obispo de Roma, conservando aquél el imperio de oriente –Constantinopla), el desenlace, al menos provisional, (concordato de Worms, 1122) fue reconocer la independencia teórica del príncipe frente a la Iglesia: la separación de lo religioso y lo civil (el Papa no designaba reyes, y éstos no designaban obispos, pese a conservar “el derecho de transmitir las regalías y el voto en la elección de obispos”. Sabine), lo cual fue un proceso contradictorio y complejo que no se consolidó sino luego de la separación total Estado-Iglesia, varios siglos después.

Poco a poco van madurando ideas políticas que fortalecieron la distinción entre poder eclesiástico y poder secular. (Juan de Salisbury, Dante, Thomas Becket). Posteriormente, Alberto Magno y Tomás de Aquino, ante la impugnación del dogma, no les queda más que rescatar a Aristóteles y admitir el equilibrio entre razón y revelación. Paulatinamente, se desarrolla una idea laica del poder político.

En el siglo XII Marsilio de Padua (Arzobispo de París) en El Defensor de la Paz, formula aportaciones significativas en torno al papel del Príncipe (el Estado):

  • 1) separa la política de la economía;
  • 2) propone como responsabilidad del Príncipe atender los intereses materiales de los súbditos;
  • 3) establece como base de las relaciones políticas las relaciones sociales derivadas de la gestión de la economía (el comercio), y
  • 4) la ética de los negocios como eje de la ética política.

Como puede verse, en realidad se anticipa a Maquiavelo en la separación de la moral religiosa y la política, poco menos de dos siglos.

Con ambos, Marsilio y Maquiavelo, se establecen las condiciones para una nueva ideología del poder: la que surge a partir de la cultura renacentista. Bodino y Hobbes culminan el sustento de esta nueva ideología del poder: la soberanía secular reside en el monarca, separación Estado-Iglesia, el Derecho Positivo y la teoría del pacto fundador de la sociedad y del Estado como una acción netamente material y humana, sin lugar para acciones ni proyectos divinos ni argumentaciones religiosas.

A ello se añade el enfoque de Locke: si los individuos fundan sociedad y Estado, entonces a los individuos corresponde el derecho de elegir gobierno (aunque esta facultad, de hecho, es reservada a los notables), es decir a los representantes de la “sociedad civil” que, en el Parlamento surgido del sufragio, mediante la promulgación de leyes, limitan y controlan el poder del monarca, hasta entonces considerado como el soberano o depositario sin responsabilidad ante los súbditos.

Queda establecido así, en principio, el origen de la legitimidad electiva. Aunque para Locke la sociedad es la “sociedad civil”, la de los propietarios, individuos con derechos. Idea posteriormente desarrollada por Hegel. “El querer libre es… el derecho del ser subjetivo- la moralidad”. Lo cual se manifiesta en la “ética en la familia, en la sociedad civil y en el Estado”, como algo real y necesario…”. (Enciclopedia de las ciencias filosóficas).

Idea ésta, en oposición a Hobbes quien, como es sabido, planteaba que los individuos, al crear el Estado (la sociedad civil devenida en sociedad política y civilizatoria que surge desde el estado de naturaleza, el no-Estado), cedían su voluntad a un solo individuo, el soberano, que concentraba así el poder absoluto, poder que, en última instancia no derivaba ni de la divinidad ni de él mismo sino de la voluntad de los individuos que así instituyen la sociedad, el Estado y la legitimidad del poder político.

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Para Bodino y Hobbes el titular de la soberanía es el monarca; Grocio la define como la expresión jurídico-ideológica de la nueva realidad política. Posteriormente, con la interpretación que Montesquieu y Sieyés de las ideas de Locke, la revolución francesa identifica la soberanía con la nación (el pueblo), no tanto de la sociedad civil que adquirió el sentido restringido de sociedad de propietarios, la sociedad burguesa (poder económico del capital) en oposición a la aristocracia que fundaba su poder y preeminencia social en la propiedad de la tierra y la herencia.

No obstante, es preciso puntualizar que Sieyés, con la idea de la nación (abstracción), no hace sino dar un giro ideológico para suplantar al pueblo, a las clases subordinadas (realidad concreta). “Si el titular de la soberanía es la nación y no los ciudadanos que la componen, el poder electoral se atribuye a éstos solamente como órganos encargados de designar a los representantes de la nación. Al ejercerlo están cumpliendo una función pública, no ejercitando un derecho” (Duverger).

Tal vez la propuesta más trascendente del Renacimiento, íntimamente ligada al concepto de laicidad (al paso de los tiempos retomada por la Ilustración y materializada con el desarrollo de la ciencia y la revolución industrial), es la relativa a la realización de un destino humano debido a la voluntad y las ideas del hombre, por sí y para sí, aquí en la tierra, sin injerencias providenciales y sin esperar paraísos extraterrenales, lo cual ya no es competencia ni del Estado ni de la sociedad: es un asunto meramente personal, para cuya consecución el Estado debe garantizar las libertades esenciales de cada individuo: de creencias (pensamiento y conciencia) y de expresión, de trabajo, comercio y propiedad.

La fe, así, es acto y convicción personal. De ahí la necesidad de la libertad de conciencia y la libertad de cultos, y el Estado laico como garante de ambas. Por tanto, es inadmisible el Estado confesional. No obstante, tanto la ideología católica como la emergente ideología protestante (Lutero, Calvino) si bien separan la esfera secular de la religiosa, persisten en privilegiar la ética de la religión en los asuntos del Estado.

Jorge Varona Rodríguez

Ex Presidente del Colegio de Ciencias Políticas y Administración Pública de Aguascalientes

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