Lealtad sin palabras
Entre sombras suaves y hierba difuminada aparece un ser pequeño cuya mirada sostiene un cansancio antiguo. Sus ojos, casi húmedos, parecen guardar memorias que ninguna tormenta logró borrar. Hay una calma profunda en su gesto; una serenidad que revela comprensión. En ese silencio situado frente a la cámara, Kobe, manifiesta una verdad eterna: la lealtad más pura no proviene de discursos humanos, sino de criaturas que jamás han traicionado, ni siquiera, con el pensamiento.
Cada can conserva un archivo íntimo donde aromas, trayectos, voces y caricias se enlazan con sensaciones vivientes. Su mente no es un contenedor vacío; es un mapa que registra instantes con una precisión que deslumbra. La memoria breve le permite orientarse con claridad, pero la amplia —esa que guarda escenas completas— es la que revela su grandeza. Allí permanecen paseos antiguos, hogares lejanos, manos cálidas, pérdidas, regresos. Esa facultad de recordar momentos específicos construye una sensibilidad que una parte de nuestra especie ha decidido abandonar.
Contrasta profundamente este rostro sincero con ciertos individuos que ascienden a escenarios públicos y, apenas tocan el primer peldaño del poder, olvidan a quienes los impulsaron, porque son incapaces de honrar compromisos previos. Son personajes que diluyen promesas en cuanto saborean un fragmento de poder. Parecen habitar una región interior sin memoria asociativa, nada enlaza su pasado con la responsabilidad presente. Mientras tanto, un perro recuerda, siempre recuerda. La correa anuncia alegría; el olor familiar significa hogar; una ausencia prolongada duele y un reencuentro repara.
La inteligencia de este animal no reside en ceremonias ni apariencias que buscan reconocimiento. Surge de la coherencia entre afecto y acción. Su fidelidad no exige demostraciones ruidosas; basta su presencia tranquila para comprender que su forma de amar es absoluta. No busca ventajas, no pretende imponerse, no oculta intenciones, simplemente permanece. Y en esa permanencia edifica una sabiduría y grandeza que desarma cualquier pretensión humana, porque hablan con los ojos y se expresan con sus gestos.
Contemplar su expresión melancólica es reconocer un espejo: mientras él conserva cada gesto recibido, otros seres —de cargo, traje y publicidad engañosa— disuelven cualquier vínculo en cuanto obtienen el hueso deseado. La paradoja es contundente. Los animales, sin palabras, resultan más íntegros, más sabios, más agradecidos. La fotografía la tomé el 22 de octubre de 2022 en la ciudad de Aguascalientes.

Más allá de la mirada: Investigaciones etológicas demuestran que los perros retienen recuerdos complejos durante años, asociando emociones con estímulos específicos. Su capacidad para recordar explica por qué nunca abandonan: esperan porque reconocen, reconocen porque aman.
Coda: Constancia y disciplina me permiten arribar con esta columna a las primeras 50 colaboraciones en Diálogos en Pluralidad. Muchas gracias a los lectores.
mariogranadosgutierrez@outlook.com


Lloré muchísimo! Sin duda alguna es mi artículo favorito, la manera en que te expresas de este ser tan maravilloso, mi bebé Kobe, gracias por darme al mejor amigo, a mi compañero. Él no es cualquier perro, él es especial, es luz en nuestros corazones, alegrías en nuestras tristezas. Qué precioso artículo me lo llevo por siempre en mi corazón.