La Comuna de París (7) Insurrección del 18 de marzo
Desde la revolución de 1830, en Francia, “los obreros tenían armas y eran una fuerza dentro del Estado”. De ahí que la burguesía se propuso desarmar al proletariado, ya que significaba una amenaza real. Así, en 1848, la gran burguesía provocó la insurrección obrera, lo cual no era sino una trampa para afianzar el poder de clase dominante: “Después de cinco días de lucha heroica, los obreros fracasaron. A esto siguió un baño de sangre entre prisioneros indefensos como jamás se había visto desde los días de las guerras civiles con las que se inició la caída de la República Romana. Era la primera vez que la burguesía mostraba a cuán desmedida crueldad de venganza es capaz de recurrir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentársele, como clase aparte con sus propios intereses y reivindicaciones. Y, sin embargo, 1848 no fue sino un juego de niños comparado con la furia de la burguesía en 1871” (Engels, La guerra civil en Francia, p. 258).
“El aventurero Luis Bonaparte”, describe Engels, aprovechó las disensiones entre los grupos monárquicos y los republicanos, y habiéndose apoderado de todos los puestos de mando del ejército, policía y aparato administrativo, “el 2 de diciembre de 1851”, [día del golpe de Estado de Luis Bonaparte], disolvió la Asamblea Nacional –baluarte de la burguesía— y proclamó el Segundo Imperio, con el cual “inauguró la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos y financieros, pero al mismo tiempo también inició un desarrollo industrial como jamás hubiera podido concebirse …” (Op. Cit. P. 259).
Al respecto, Marx enfatizó que “el Imperio … decía que salvaba a la clase obrera destruyendo el parlamentarismo y, con él, la descarada sumisión del gobierno a las clases poseedoras. Decía que salvaba a las clases poseedoras manteniendo en pie su supremacía económica sobre la clase obrera; y, finalmente, pretendía unir a todas las clases, al resucitar para todas, la quimera de la gloria nacional … En realidad, era la única forma de gobierno posible en un momento en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar la nación y la clase obrera no la había adquirido aún … Bajo la égida del Imperio, la sociedad burguesa, libre de todas sus preocupaciones políticas, alcanzó un desarrollo que ni ella misma esperaba. Su industria y su comercio alcanzaron proporciones gigantescas; la especulación financiera celebró orgías cosmopolitas; la miseria de las masas se destacaba sobre la ostentación desvergonzada de un lujo suntuoso, falso y envilecido. El poder del Estado era el mayor escándalo y el auténtico vivero de todas sus corrupciones…” (Op. Cit. p. 297).
El 4 de septiembre, 1870, estalla la Revolución de París. Como “consecuencia inevitable … el Imperio se derrumbó como castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la República”, expresa Engels. Toda vez que el ejército prusiano había sitiado París, “todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían alistado en la Guardia Nacional y estaban armados, de modo que los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el antagonismo entre el gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas, no tardó en estallar. El 31 de octubre, batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno” (Op. Cit. Pp. 259-260).
El movimiento proletario de París “que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros”, reapareció desde el 18 de marzo “con rasgos contundentes y claros [ya que] los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus decisiones se distinguían por un carácter marcadamente proletario” (p. 262).
Los integrantes de la Comuna creían que “un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, podría mantenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al pequeño grupo dirigente” (La Guerra Civil en Francia, p. 265). Engels, por su parte, afirmó que “las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes han pasado” (Boron, «Federico Engels y la teoría marxista de la política: las promesas de un legado». Revista de Ciencias Sociales, Buenos Aires, año vii, núm. 16, 1996, p. 47. http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/se/2010061411).
Posteriormente Lenin adoptaría la concepción de “la vanguardia proletaria”. Encabezó a “una minoría consciente” y emprendió la Revolución de Octubre, pese a la advertencia de Engels que “no hay victoria duradera posible a menos que ganen de antemano a la gran masa del pueblo” (Borón, P. 47). Pero, opinión personal, la “conquista de las grandes mayorías nacionales” resultó un fracaso histórico bajo la dura autocracia estalinista.
La Comuna invitó a las provincias de Francia a constituir con todas las comunas [ayuntamientos], “una federación libre … organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la nación misma. Precisamente el poder opresor del antiguo gobierno centralizado –el ejército, la policía política y la burocracia–, creado por Napoleón en 1798, que desde entonces había sido heredado por todos los nuevos gobiernos como instrumento grato y utilizado por ellos contra sus enemigos, era este poder el que debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París”. Ello no implicaba –advirtió Engels– sino “la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo gobierno revolucionario”. (Engels, Op. Cit. p. 265

