Capítulo para un libro
Coincidieron los últimos años del siglo XX con mis inicios en la televisión como documentalista. Realicé, con el equipo de Radio y Televisión de Aguascalientes, una serie titulada “Historias no contadas”, planeada con nuestro director de entonces, mi amigo Lalo González. En esa serie hicimos varios trabajos que recibieron la aprobación de la audiencia.
Recuerdo cuando realizamos “La Ruta de Hidalgo” para conmemorar el bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia, así como, el centenario de la Revolución Mexicana. En ambos casos conté con el apoyo de los compañeros rolando Bernal, Juan Manuel Aranda, Alejandro Collazo, Mario Cruz Palomino y Rogelio Guerra. Con ellos recorrí cerros, poblados, haciendas y escenarios de batallas durante ambos acontecimientos.
Yo pensaba que en Aguascalientes lo único sobresaliente durante la Revolución Mexicana, había sido la Convención de 1914 y no; aquí se dio un hecho para mí desconocido hasta entonces: la derrota definitiva de la División del Norte. Celaya fue el inicio del fin, luego vino el Cerro de los Gallos, donde Rolando nos documentó con un libro escrito por Álvaro Obregón.
En ese cerro, según Obregón, Villa cometió el peor de sus errores: haberse atrincherado, cuando la fuerza de su ejército radicaba en la caballería. Al respecto, Obregón opinó: “¡Ah qué Pancho tan pendejo!”
De ahí nos dirigimos a San Bartolo, donde nuevamente Obregón vapuleó a Villa y los que quedaba de la División del Norte. En franca retirada, Villa y sus tropas quisieron hacerse fuertes en Calvillito, tampoco funcionó; el destino estaba escrito y la derrota final, cercana; ésta se dio en el Maguey, a unos pasos de Aguascalientes. De ahí, las tropas de Villa escaparon en algunos trenes que les quedaban, los que no cupieron se fueron a la ciudad donde se mimetizaron con la población, como vendedores de tunas o semillas de calabaza o en lo que encontraron. El caso es que la División del Norte nunca volvió a entrar en combate.
Los relatos de Rogelio y Rolando causaron conmoción, los miembros del equipo de grabación quedaron impactados, el auditorio y yo, también.
Con Mario Cruz Palomino penetramos a través de la televisión al mundo de los ferro-carriles. En Cañada Honda, a un lado de la vía, platicamos con personajes que vivieron la época dorada de los trenes, que daban vida a los pueblos. En todos los casos fueron eventos extraordinarios que recuerdo con cariño, como beneficios colaterales de La Cofradía.
También en mi paso por Radio Universidad (1997-2007), conté con el apoyo y participación de los cofrades. Ahí entrevisté a Alejandro Collazo, Armando Quiroz, Juan Manuel Aranda, Rogelio Guerra, Mario Cruz Palomino, Rómulo Bernal, Rolando Bernal, Jesús González Rivas, Luis Avelar, Javier García Zapata y Salvador Camacho; si alguno me faltó, una disculpa, la memoria comienza a jugar bromas, pero de todos modos tienen mi agradecimiento.
El día que entrevisté a Alejandro Collazo, fue la víspera de la presentación del libro de autoría, “El hotel Quemado”, motivo por el cual, Collazo escribió una canción titulada “Juglar Chichimeca” que fue estrenada en dicho evento.
Tuve dos maestros inolvidables, Hugo Gutiérrez Vega y Fernando Benítez. Con ambos me llegó a suceder que, al terminar su cátedra, me invadía una emoción indescriptible; sentí que algo novedoso que me serviría para siempre, había entrado en mí. No pocas veces esa emoción me arrancó lágrimas de dicha. Algo semejante siento a veces en las reuniones de La Cofradía. No hace mucho, sucedió en una reunión con los cofrades fundadores, Armando Quiroz, Mario Cruz Palomino y Rogelio Guerra, todos ellos de la vieja guardia de La Cofradía.
Juan Manuel Aranda Mata, mejor conocido como Juaniro, además de calador de aspirantes a cofrades, conoce los secretos de la ruta del mezcal; desde Pinos, Zac., hasta Ipiña, SLP, donde se da el “maguey mostrenco”, con el que elaboran mezcal de diferentes graduaciones, sabores y precios.
Partiendo de Pinos, la primera mezcalera es La Pendencia, a unos cuantos kilómetros, más adelante está Briones y varias mezcaleras que ya no producen como La Trinidad y Espíritu Santo. De ahí sigue Saldaña, donde se produce el mezcal “para hombres”, los demás, según me dijeron una vez, “son para señoritas”.
Juaniro me platicaba historias de otras mezcaleras, hoy detenidas por diversas circunstancias, pero ahí están, aunque ya sin el olor a maguey tostado.
Saldaña se caracterizó por lo fuerte de su mezcal y los mejores precios. Ahí vive doña Felicia, dueña de una tiendita de abarrotes, que a sus más de ochenta años de edad, atiende ella sola y se da tiempo para contar historias cuando la visitamos, que es siempre cuando salimos a comprar mezcal.
Con un lenguaje sencillo pero adornado bellamente, con dichos, refranes, sentencias y arcaísmos, arrancados del imaginario colectivo, doña Feli embelesa con su charla.
–¿Y dónde quedó la riqueza?– preguntaba luego de contarnos la historia de un hombre vecino suyo, famoso por su gran fortuna y cabezas de ganado, suficientes para que pareciera como si hubiera frutos negros en los cerros de la región. Resulta que el acaudalado vecino murió en la miseria, gracias a sus hijos que le robaron todo.
–Al final tuvieron que amortajarlo con ropa de mi difunto marido porque ni eso le dejaron, ¿y dónde quedó tanta riqueza? –cuestionó.
De Saldaña a Briones, Juaniro me platicaba de Espíritu Santo y La Trinidad, otras dos mezcaleras importantes en tiempos remotos, recién iniciada la conquista.
Briones también estaba silenciada, pero resucitó. Ahí venden mezcal de diferentes graduaciones. También ofrecen a los visitantes unas cremas dulces con mezcal; de pistache, nuez, piñón, canela, anís y lo que se les ocurra. A unos pasos de Briones está la emblemática mezcalera conocida en todas partes: La Pendencia, una de las más viejas y afamadas desde la época de la Colonia.
Antes de iniciar el recorrido es obligado llegar a pinos, donde hacen “pan de queso”, unos bolillos deliciosos.

