El Autómata que olvidó su nombre (II parte)

El Autómata que olvidó su nombre (II parte)

[bctt tweet=»El Autómata comenzó a recorrer el laberinto y con el paso de las horas que durante un sueño pueden ser siglos, la desesperación que recuerda el sujeto es no poder encontrar la salida» username=»crisolhoy»]

 

El sujeto había bebido como su ídolo el pater familias de la poesía: Baudelaire, bebió hasta la madrugada. Se quedo dormido en su silla  cuando advino un sueño profundo; creyó alcanzar sus delirados y ansiados paraísos artificiales, o al menos eso recordó vagamente al despertar. Fue  en medio de esta noción del paraíso artificial, en medio de su sueño etílico cuyas imágenes quedaron impregnadas en sus recuerdos del siguiente día, que pudo recordar  lo siguiente del extático sueño al despertar, recolectó los siguientes significantes:

Encontró un laberinto antiguo, decorado como un suntuoso jardín con columnas de orden Corintio; inconmensurable, frío, bello pero angustiante, brumoso, nocturno, cierto parecido tenía con los Campos Elíseos parisinos; cierto parecido con todo lo que el sujeto había leído e imaginado sobre la antigua Grecia, se escuchaba de fondo: la sonata 8 de Beethoven en Do Menor, Op. 13. Pathétique. 

Comenzó a recorrer el laberinto y con el paso de las horas que durante  un sueño pueden ser siglos, la desesperación que recuerda el sujeto es no poder encontrar la salida, el laberinto era bello como la vida pero aquí no tenía significado la belleza, quizás en la vida tampoco lo tenga, la naturaleza es bella porque sí. 

El laberinto después de recorrerlo tanto tiempo  parecía tener una zona: grotesca, abismal, nauseabunda, repleta de basura. El sujeto supuso era su inconsciente, estaba lleno de palabras hediondas que no alcanzaron un sentido o significado, sus odios y rencores sin explicación, sus suspiros y desasosiegos. Cuando el laberinto  tornó en el infierno terrenal que observaba el sujeto todos los días de su vida, fue el momento preciso que recuerda su sueño se empezó a convertir en pesadilla; de lo bello a la grotesca realidad mundana con sus desechos y su ambiente en extinción, con su ideología consumista cotidiana. Todo era tan trágico como su vida ordinaria: silenciosa, repleta de soledad y consumo, de pantallas, de angustias, de  culpas, deberes, responsabilidades, ideales, valores, miedos, insatisfacción. El sueño era un derivado de su pensamiento.

Salió de la terrible zona grotesca  y contempló de nuevo el jardín brumoso repleto de silencio. El  silencio es un laberinto hermoso para el sujeto. Los muros del laberinto eran las palabras, y la imposible salida era una puerta que revelaba el sentido de la existencia y la materia. Era una réplica de la puerta del infierno de Rodin , pero en este caso estaba repleta de rostros de: filósofos, de filólogos, de literatos; que eran las predilecciones, las lecturas ordinarias del sujeto. La puerta era gigante, estaba: Platón apuntando al cielo como lo había pintado Rafael Sanzio, Aristóteles señalando a la tierra, la puerta gigante tenía a todas las grandes figuras que el sujeto había leído, a veces la puerta retornaba  a su forma original que es la que Rodin le dio. El sueño era una total representación de los deseos e ideas del sujeto, el sentido estaba más allá de sus sagrados autores.

El sujeto no logró abrir la inmensa puerta, ni siquiera lo intentó, recorrió durante todo el sueño  con una desesperación en aumento; los pasajes repletos de bruma sin encontrar la salida del laberinto. 

Entendió que el silencio era similar a la muerte al despertar. Sus palabras, sus símbolos  nunca alcanzaban para representar la totalidad de sus sensaciones, de sus miedos, nunca conseguía significar sus silencios;  la realidad le resultaba inaccesible para su lenguaje, no había una luz adecuada para recorrer su propio laberinto. Por esto, el  silencio le resulta la metáfora de un laberinto sin salida al sentido. 

El silencio le angustiaba  estrepitosamente, hablaba todo el tiempo con los demás o consigo mismo por este motivo, pero volvía  siempre al inicio del laberinto cada amanecer; el silencio es la tumba de la conciencia; la piedra, el epitafio ya no es silencio, es símbolo, es letra.

El silencio era el laberinto y sus palabras los muros ¿Y qué deseo de vivir recorría el laberinto? La consciencia del sujeto, su averiada y deteriorada razón era lo que buscaba desesperadamente salir del laberinto. 

Textos relacionados

El Autómata que olvidó su nombre (I parte) 

Alejandro Marengo

Mendigo de sueños, distópico, surrealista.   La enajeción desiderativa a la mercancía dinero, se paga siempre con libertad.

Alejandro Marengo

Mendigo de sueños, distópico, surrealista.   La enajeción desiderativa a la mercancía dinero, se paga siempre con libertad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!