GRETA THUNBERG: MATAR AL MENSAJERO

GRETA THUNBERG: MATAR AL MENSAJERO

Greta Thunberg:  todos la cuestiona ¿alguien la escucha?

De manera poco sorpresiva, pero no por ello menos preocupante, de la memorable participación de la joven sueca ante la ONU – en donde regañó con merecido y justificado coraje a los “líderes mundiales” por la cara dura que suelen poner siempre que pretenden hacer “algo” en beneficio del medio ambiente- lo que más ruido ha hecho no fue su discurso en sí, ni la forma ni el fondo del mismo, sino las reacciones que suscitó a nivel internacional, que han rondado la paranoia conspirativa clásica (“George Soros es el culpable de todo”) el sarcasmo a la Trump, llegando, como ya nos tienen acostumbrados las redes sociales, a la agresión pura y dura.

 Lo más curioso es que pareciera que el personaje resulta particularmente ofensivo a los dos polos del espectro político actual, por un lado, desde los que les parece simpático negar la realidad, y con ella el cambio climático y el calentamiento global, la acusan de ser un títere de inconfesables intereses, de ser muy joven, de ser muy seria, de estar muy enojada, de hablar mal, en fin, de todo lo que se les pueda ocurrir. Eso no tendría mayor novedad, es la estrategia clásica de quien no quiere escuchar lo que tiene que decir el de enfrente, en lugar de aceptar que dice algo diferente, simplemente niego a quien lo dice. ¿Por qué hacerle caso a la joven sueca, si se atrevió a viajar en un velero hasta New York? ¿Quién hace eso? ¿Quién está financiándola realmente? Y mientras se aclaran las acusaciones, el mensaje se fue y el business sigue as usual.

Más interesante (y preocupante) es el rechazo del otro lado, a Greta no se le puede tomar en serio dicen, porque no es de verdad, porque le falta pureza. Es demasiado joven, es demasiado rubia, es demasiado rica, es demasiado sueca; le falta sufrimiento, le falta barrio y vulnerabilidad (por alguna razón le descuentan de su tarjeta de puntos de vulnerabilidad el síndrome de Asperger). Es una niña privilegiada, por lo tanto, no es de verdad, hay que negar lo que dice porque no es una indígena del Amazonas, esas si son ecologistas reales, ¿por qué hacerle caso a la joven sueca, si se atrevió a viajar en un velero hasta New York? ¿Quién hace eso? Ciertamente no una activista de verdad, que arriesga la vida a diario contra el capitalismo, por lo tanto, nada de lo que dice vale, el mensajero se anula y el mensaje, otra vez, se pierde.

Y lo que importa es el mensaje, que lo lleve una sueca o una guaraní, un sudafricano o una aymara, el mensaje es lo que cuenta. Si los privilegios innegables que tiene Greta por haber nacido en un país nórdico le permiten ser una vocera de lo que se tiene que decir ¿qué importa quien la puso ahí y en qué viajó? O, en el colmo de la reducción al mínimo del análisis, ¿lo que comió en el tren que la llevó? (es cierto, he leído no pocas críticas a su posición porque desayunó muy bien, no, en serio). Y sobre todo, lo que importa es lo que está detrás del mensaje, lo que a toda costa ni unos ni otros quieren decir en voz alta, porque es algo que ya no se dice, que ya no se puede decir porque pasó de moda, porque ya no es cool decirlo y porque obliga a pensar en cosas que ya no se quieren pensar en estos días. El mensaje es que nos estamos cargando a la vida en el planeta a un ritmo increíblemente peligroso, todos nosotros, con nuestros gobiernos (y las no tan nuestras corporaciones) a la cabeza; estamos haciendo un esfuerzo espectacular por extinguirnos a nosotros mismos, todo para poder lograr una estrellita en la frente de parte de JP Morgan y Fitch ratings.

Eso es lo que está detrás del mensaje, que vale si lo dice Greta y que valió cuando lo dijo Berta Cáceres, es el mensaje que exhibe la ridiculez que hemos convertido en modo de vida, sacrificarnos a nosotros mismos como especie, con tal de tener contentos a “los mercados”. Aceptar la extinción de especies enteras, para tener inversionistas felices; quemar el Amazonas, para lograr aumentar la productividad de los cultivos de soya. Esa es la tragedia detrás del mensaje, estamos caminando al matadero entre cuentas alegres y gráficas del crecimiento del PIB. 

Ese es el fondo, esto no es cuestión de usar popotes de hueso de aguacate, no es cuestión de dejar de pedir bolsas de plástico en el supermercado, no es cuestión de dejar de comer carne los lunes (o cualquier otro día) no es, en resumen, una cuestión individual, ni siquiera de millones de individuos, es un problema social, es un problema estructural, es un asunto del sistema. Lo que nos está matando es un sistema, una visión del mundo y de la humanidad que considera racional destruir una selva si eso es bueno para los negocios, un sistema en el cual las clases gobernantes viven bajo la ilusión de esos “cuentos de hadas sobre el crecimiento infinito” en los que Greta ya aprendió a no creer. Y nada cambiará realmente, hasta que no hagamos algo, colectivamente, para construir un sistema diferente, uno en donde la vida nunca quede relegada a la ganancia financiera, uno en donde a ningún niño o joven se le sigan robando sueños, sin importar el color de su piel, su lugar de nacimiento, o lo que comió ese día. 

Darío Zepeda Galván

Sociólogo UAA. Antropólogo UAM Iztapalapa

Darío Zepeda Galván

Sociólogo UAA. Antropólogo UAM Iztapalapa

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