GUARDIA NOCTURNA DE UN MÉDICO RESIDENTE

GUARDIA NOCTURNA  DE UN MÉDICO RESIDENTE

[bctt tweet=»Todas las camas estaban provistas de un botón de alarma que hacía sonar un timbre en la sala de enfermeras, así que supuso que si alguna emergencia se presentaba, ellas le informarían. » username=»crisolhoy»]

 

Al: Dr. Víctor Encina.

 

Aquella Había sido una jornada especialmente dura; Víctor, el médico residente había hecho una revisión de todos los pacientes a su cargo, y todo estaba normal. Revisó más exhaustivamente a una paciente adolescente aún, que era la más grave del pabellón. Había ingresado con problemas cancerosos y que iban progresando para mal, pese al cuidado, los medicamentos y de estar rodeada de todos los aparatos clínicos necesarios. La última semana fue especialmente complicada, tanto que ya estaba conectada a un aparato que respiraba por ella; ya no hablaba y pasaba 20 horas al día durmiendo. El pronóstico no era alentador, es más, en su expediente se anotaba claramente que era una enferma terminal, pero si bien es cierto que esperaban que el fin no estuviera tan cerca, también es verdad que no estaban dispuestos, ni los médicos ni la familia, a que se recurriese a la distanasia.

Luego de revisar sus signos vitales, ver que todos los testigos electrónicos funcionasen correctamente, Víctor pensó que sería un buen momento para dormir un poco, porque llevaba ya 24 horas de trabajo continuo y le aguardaban 12 horas más.

Mientras revisaba algunas indicaciones dejadas por el residente anterior, y acondicionaba una cama en uno de los cubículos que, cosa rara en ese hospital, estaba vacío, no pudo evitar traer a la memoria que en alguna plática, la paciente le decía que no le gustaba estar en ese lugar; que por las noches venía siempre a visitarla un hombre mayor se sentaba en la silla frente a su cama, y le sonreía sin hablar; bueno, sólo una vez le había hablado para decirle que ya pronto podrían irse juntos. Sonrió para sí, pensando en lo absurdo de aquello: ese era un pabellón de cuidados especiales y las visitas se permitían, a veces, pero en horarios muy estrictos, y claro, la noche no era precisamente la hora de visita.

El joven doctor se acomodó en la cama y enseguida se quedó dormido. Todas las camas estaban provistas de un botón de alarma que hacía sonar un timbre en la sala de enfermeras, así que supuso que si alguna emergencia se presentaba, ellas le informarían.

En un hospital tan grande como aquel, no era raro encontrarse con personal al que no se había conocido antes, y menos cuando nuestro joven galeno estaba más apurado en aprender en la práctica lo que la teoría le había sugerido, que en socializar.

Nunca supo cuánto tiempo había pasado, no más de media hora, cuando sintió que alguien golpeaba suavemente a los pies de la cama. Pese al enorme agotamiento, Víctor despertó de inmediato y vio que un hombre pulcramente vestido con un traje gris y un impecable sombrero estaba sonriéndole, y le dijo:

–Sé que está cansado, doctor, pero le sugiero que revise el estado de los pacientes. Algo no está bien.

Víctor supuso que algún médico de más jerarquía, quizá un directivo, le estaba probando, así que no dudó en saltar de la cama; disculparse por haber dormido y tomar su estetoscopio para ir a la sala de enfermeras para ver si había algún llamado de alguna de las camas. Encontró que las dos enfermeras de guardia estaban tan profundamente dormidas como él lo estaba hacía 4 minutos.

Decidió hacer la revisión él solo, pues pensó en que así podría brincarse algunos protocolos y regresar a dormir unos minutos más. Empezó por los pacientes que se tenían por menos graves, y no encontró motivo de alarma en ninguno de ellos. Estaba revisando los datos almacenados en los aparatos conectados a Rocío, la adolescente que se sabía más enferma… ¡muy enferma!, cuando vio que un electrodo se había desconectado, y al ponerlo en su sitio, de inmediato un zumbido le alertó de un paro cardíaco. Rápidamente llamó a las enfermeras que acudieron casi al instante y gracias a la rapidez con que se actuó y a la coincidencia de que el joven médico estuviera ahí para darse cuenta del problema, la chica había ganado unos días más de vida. No pudo dejar de pensar que si no lo hubiera despertado aquel doctor, Rocío hubiese muerto sin duda, y nadie se hubiera dado cuenta hasta más tarde, cuando ya no hubiera nada por hacer.

Pero únicamente fueron unos pocos días. Antes de seis días, cuando Víctor regresaba para una nueva guardia, le informaron que Rocío ya había perdido la batalla. Visiblemente emocionado, a pesar de querer ocultarlo, fue a tomar los expedientes e iniciar la rutina que suponía empezar la jornada revisando el estado clínico de cada uno de los pacientes internados.

Una semana más tarde, le avisaron a Víctor que tenía visitas en la oficina del Director. Acudió al sitio donde era requerido lleno de curiosidad: ¿Quiénes irían a visitarlo? De su familia, ni hablar. Amigos, menos todavía; las largas jornadas no le dejaba tiempo para socializar desde que había empezado a hacer su Servicio. ¿Habría hecho algo mal y estaban a reclamarle? Tuvo que terminar sus cavilaciones al llegar a la oficina del Director.

Llamó a la puerta y fue invitado a pasar. De inmediato reconoció a los visitantes: eran los padres de Rocío su antigua paciente.

Fue el padre de Rocío quien habló:

–Doctor, queríamos agradecerle los cuidados para con mi hija. Ella llegó a estimarlo mucho. –El padre sacó del bolsillo interior de su traje una fotografía– A mi hija le hubiera gustado que usted tuviera una foto de ella, y elegimos esta porque es en la que mejor se percibe su belleza. Es una composición, mandamos a un Estudio para que estuvieran juntos ella y su abuelo, al que no conoció.

Le alargaron la foto, y mientras él la miraba pasmado, el padre agregó:

–La mandamos hacer para ella, pero ahora… nos gustaría que la tuviera usted, si decide conservarla.

Víctor no dijo nada, sólo asintió levemente con la cabeza, mientras recordaba que había sido el abuelo, el hombre de esa foto, quien le había despertado aquella noche.

Jesús Consuelo Tamayo

Estudió la carrera de música en el Conservatorio Las Rosas, en Morelia. Ejerce la docencia desde 1980 Dirigió el Coro de Cámara Aguascalientes desde 1982, hasta su disolución, el año 2003. Fue Coordinador de la Escuela Profesional Vespertina, del Centro de Estudios musicales Manuel M. Ponce de 1988 a 1990. Ha compuesto piezas musicales, y realizado innumerables arreglos corales e instrumentales. Ha escrito los siguientes libros: Reflejos, poesía (2000); Poesía Concertante, (2001); Guillotinas, poesía (2002); A lápiz, poesía (2004); Renuevos de sombra, poesía (inédito); Detective por error y otro cuentos (2005); Más cuentos (inédito); Bernardo a través del espejo, teatro (2006); Tarde de toros, poesía (2013).

Jesús Consuelo Tamayo

Estudió la carrera de música en el Conservatorio Las Rosas, en Morelia. Ejerce la docencia desde 1980 Dirigió el Coro de Cámara Aguascalientes desde 1982, hasta su disolución, el año 2003. Fue Coordinador de la Escuela Profesional Vespertina, del Centro de Estudios musicales Manuel M. Ponce de 1988 a 1990. Ha compuesto piezas musicales, y realizado innumerables arreglos corales e instrumentales. Ha escrito los siguientes libros: Reflejos, poesía (2000); Poesía Concertante, (2001); Guillotinas, poesía (2002); A lápiz, poesía (2004); Renuevos de sombra, poesía (inédito); Detective por error y otro cuentos (2005); Más cuentos (inédito); Bernardo a través del espejo, teatro (2006); Tarde de toros, poesía (2013).

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