La ley, como el amor, es Ciega
La ley es ciega, dicen,
pero yo creo que también es cruel,
porque puso frente a mí
una sentencia imposible de romper.
Entregué mis noches,
mis dudas, mis ganas de seguir,
como quien firma un contrato
sin leer las letras pequeñas del sufrir.
Apenas recibía miradas,
como se mira un caso cualquiera
archivado entre papeles viejos
que nadie quiere abrir siquiera.
Para mí eras constitución,
la regla máxima de mi universo,
el artículo primero de cada pensamiento,
la única verdad de mi confianza.
Pero terminé siendo algo simple,
una nota al margen,
un nombre perdido
en un expediente cobarde.
Qué ironía tan triste:
defendía tu recuerdo
como abogado sin descanso,
mientras recibía distancia
con la calma fría de un juez cansado.
Lo di todo.
Cada parte de mí fue evidencia,
cada abrazo una declaración,
cada “quédate” un intento inútil
de apelar tu decisión.
Y aun así, perdí el juicio.
Porque hay amores
que nacen condenados,
como delitos que jamás cometí
pero terminé pagando.
Ahora entiendo el refrán:
“ LA LEY ES CIEGA”.
Por eso nunca vistes
todo lo que fui capaz de dar.
Nunca viste
cómo puse mi mundo entero
a tus pies,
mientras recibía migajas de atención.
Y aunque no logré quedarme en tu vida,
aunque mi amor no bastó para absolvernos,
me queda la paz amarga de haberlo dado todo
sin declararme inocente de quererte tanto.

