Las golondrinas

“La golondrina es una flecha mística en busca de un corazón”
Ramón Gómez De la Serna
Las golondrinas son aves aéreas.
No habitan árboles,
son alfareras.
Levantan muros para sus nidos
en la cimbra del tejado,
en las cornisas sombreadas,
en el vértice de líneas concurrentes.
Equilibristas en los cables de la calle,
notas musicales en pentagrama de acero.
Las golondrinas no paran a tomar agua,
beben a “vuelo de pájaro”
rozando el espejo de los estanques
y lagunas somnolientas.
En un zig—zag sin descanso,
sin altos en el aire,
atrapan su despensa de mosquitos.
Su plan de vuelo incansable
se repite todo el día.
Desde su base de lodo
programan su brújula a los puntos cardinales,
en búsqueda de larvas,
de las nubes de insectos,
de criaderos en los bosques de frutales.
Con matemática precisión
calculan el momento
para abrir el pico
y atrapar su presa.
Llenan la alforja, retornan al nido,
ceden la volátil despensa a sus crías
y vuelven a su aérea labor recolectora.
Las golondrinas no son aves de árboles.
Comparten los espacios humanos
construyendo su nido en el alfeizar,
en el saliente de las casas,
en la esquina de las ventanas.
Su educación puesta en duda
por el abuso de heces, de ácaros y cabellos,
se compensa con su regalo matutino.
Las mañanas
son sonoras sinfonías de vidrios rotos,
de asientos de primera fila
para escucharlas trinar.
Las cuerdas de su siringa
parecen res que bra jar se
para agradar,
para pagar el hospedaje
por toda la primavera,
por el verano y el otoño.
Las golondrinas no son aves de árboles.
Cuando los polluelos crecen
y han aprendido a volar,
las acróbatas del aire
dejan su nido, su hogar.
Las golondrinas no son aves de árboles.
Son aves que vuelan-flotan,
en zig-zag agitan el aire,
para cazar el sustento.
En los techos habrá nidos
con estructuras de sueños.
Mayo de 2026







