Chichimecas

Chichimecas

Cuando llegaron los primeros libros de historia a mi vida, luego de recuperarme de la impresión producida por las culturas maya y mexica, me asaltó la interrogante: ¿y Aguascalientes? ¿quién habitaba esta región antes de que llegaran los españoles? Los libros de texto poco decían al respecto y a los maestros de entonces lo más que pude arrancarles fue que eran tribus salvajes.

Se puede decir que entonces comenzó la búsque-da; anduve preguntando y no tardé en familiarizarme con los nombres de cazcanes, zacatecos, huachichiles, pames, tecuexes, chiricahuas y otros muchos pueblos que conformaban la gran Nación Chichimeca, a cuyos habitantes se conocía también como «Los hombres del desierto».

Estos hombres vivían de la caza y la recolección de los frutos silvestres que les daba el Gran Tunal.

Entre más conocía, aumentaba la curiosidad que se vio interrumpida cuando llegó el momento de emigrar. Eran los tiempos en que no había universidad en Aguascalientes, solamente el Tecnológico, así que a quienes nos dio por las ciencias sociales, partimos. Tuve la fortuna de ser aceptado en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde encontré maestros en toda la extensión de la palabra, uno de ellos fue Fernando Benítez, de quien aprendí sobre los indios de México.

Fue una auténtica cátedra para aquella generación de periodistas y en lo personal marcó mi vida. Entonces más que nunca sentí el deseo y compromiso de rescatar lo posible sobre la Nación Chichimeca y sus indómitos guerreros que defendieron el territorio hasta las últimas consecuencias.

Fernando Benítez además de buen escritor fue un gran conversador, su plática era prodigiosa como sus letras y con ella nos llevó cada tarde de paseo por la sierra nayarita, la Tarahumara y los desiertos donde todavía hoy recogen los indígenas el pan de los dioses.

Una de esas tardes lo acompañé a su auto en el estacionamiento de la facultad para contarle de mi interés por los chichimecas, y le hablé de la curiosidad por esa cultura olvidada. –Soy de Aguascalientes –le dije para reforzar.

No fue una charla prolongada pero sí profunda. Me dio una lista de libros arrancados en ese momento de su memoria, y recuerdo que advirtió: –Si te vas a meter en esto hazlo con amor, despojado de prejuicios y ve a los lugares donde vivieron esos pueblos. Aprende a ver lo oculto en cada valle, en cada piedra del desierto, en los cerros, en sus vestigios. Si logras eso harás sin duda un buen trabajo.

De regreso a Aguascalientes comenzaron las andanzas por el territorio de los chichimecas. Las pinturas rupestres fueron el primer encuentro, en la barranca del Tepozán, municipio de Calvillo. Un lugar mágico como en las narraciones de Fernando Benítez.

Los signos de la barranca quedaron grabados en mi mente y en fotografías. Ahora cuando las veo, casi siempre encuentro detalles escondidos, nuevos significados y enigmas como el de la espiral que lleva al infinito, la cabeza de caracol o de venado, la maternidad; la insistencia en mostrar los cinco dedos de la mano, para confrontar con las manos de pinza, de quienes al final del lienzo de roca parecen abordar una nave intergaláctica.

Conocí portadores de la tradición oral, consulté archivos donde los escribanos dejaron constancia de los indios belicosos que resistieron con determinación durante medio siglo al invasor.

Las andanzas me llevaron a la Ruta de la Plata o Camino Real de Tierra Adentro que cruzó el inmenso territorio, y fue en las comunidades sembradas a su vera donde escuché leyendas fabulosas, encontré vestigios y más pinturas rupestres. Un día visité Portezuelo donde hay un fuerte presidio casi intacto desde entonces, que nos habla del miedo despertado por los chichimecas. Tomé fotos del viejo fuerte con sus cerraduras originales y vi escenas poco comunes aun en Aridoamérica, como la de un mayate devorando una tuna Cardona: verde el animal, roja la tuna y verde el nopal.

Anduve por los viejos caminos y aprendí a encontrar vestigios. –Cuando camines por los sitios de guerra, patea las piedras que encuentres a tu paso y algo va a saltar–. Así me dijeron una vez, y así encontré la primera punta de flecha, pedazos de cantera del Fuerte de Bocas, navajas de obsidiana y otras señales de los bravos chichimecas.

Aprendí a caminar y observar al mismo tiempo, a tener paciencia para encontrar una pintura rupestre, a no perder la fe jamás en que algo maravilloso va a mostrar la tierra. Las pinturas aparecen cuando menos se espera, cuando hay indicios de fatiga y el cansancio quita la concentración.

Conocí Atencio, otro sitio mítico con pinturas rupestres y cañones que sueltan con el viento la voz de los ancestros. Y encontré en ese lugar, por segunda vez, la relación fantástica que existe entre las naves intergalácticas y los signos chichimecas, parecido a lo que sucedió en la Barranca del Tepozán.

Anduve por la tierra de los huesos muertos y me perdí en los restos del Gran Tunal; se nubló el cielo, llegaron el relámpago y el trueno… el trueno… ese día conocí al Dios del Trueno y lo seguí hasta que me sacó de la nopalera varias horas después.

Caminé por esa tierra atormentada por los dioses, seca y dura, pero que a veces recibe la visita de Xochiquetzal, la diosa del amor y de las flores. Eso sucede en los días cuando Tláloc se asoma por Aridoamérica. Observé cada cerro y la llanura seca, imaginé lo que batallarían los chichimecas para arrancarle algo de comer al desierto y vi el resplandor de la noche en aquellas soledades que ellos llamaban Itzápapalotl: «mariposa de obsidiana».

Todo eso y más en el gran desierto por donde pasó la peregrinación a la tierra viva y dejó sembrados en el camino pueblos chichimecas, gente perro, gente brava, gente de piel roja y corazón guerrero, raza ignorada por siglos que ahora resurge como si nos quisiera heredar su bravura para defender la patria, la nación.

Pero esto no es todo, es como si hubiera visto solamente lo que aflora y faltara realmente descubrir lo que hay dentro de cuevas, cerros y lugares estratégicos convertidos en centros ceremoniales. Falta encontrar más para no olvidar la raíz extendida desde aquí, hasta las montañas de nieve que se pierden a lo lejos.

Jaime Arteaga Novoa

Jaime Ignacio Arteaga NovoaNació en Tamuín, San Luis Potosí, el seis de abril de 1950, pero al siguiente año se mudó a Aguascalientes. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México y recuerda a sus maestros Fernando Benítez y Miguel Ángel Granados chapa. Dice ser periodista antes que escritor, pues trabajó durante 40 años en diarios, estaciones de radio y canales de televisión. Sus series “Historias no contadas” y “Orígenes” han traspasado l frontera mexicana. Ha publicado varios libros, entre ellos, Un lugar llamado Aguascalientes; Cada tema con su loco; Chichimecas, españoles y mulatos; Maratón; El hotel quemado; El chan del agua; Relatos de una época; Retrato fiel de un soñador; y el más reciente: Memorias del insomnio. Se declara enamorado eterno de Rocío Durcal y de La Cofradía.

Jaime Arteaga Novoa

Jaime Ignacio Arteaga NovoaNació en Tamuín, San Luis Potosí, el seis de abril de 1950, pero al siguiente año se mudó a Aguascalientes. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México y recuerda a sus maestros Fernando Benítez y Miguel Ángel Granados chapa. Dice ser periodista antes que escritor, pues trabajó durante 40 años en diarios, estaciones de radio y canales de televisión. Sus series “Historias no contadas” y “Orígenes” han traspasado l frontera mexicana. Ha publicado varios libros, entre ellos, Un lugar llamado Aguascalientes; Cada tema con su loco; Chichimecas, españoles y mulatos; Maratón; El hotel quemado; El chan del agua; Relatos de una época; Retrato fiel de un soñador; y el más reciente: Memorias del insomnio. Se declara enamorado eterno de Rocío Durcal y de La Cofradía.

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