Cambio y continuidad: La revolución mexicana y Tocqueville. Secuela

Cambio y continuidad: La revolución mexicana y Tocqueville. Secuela

Frente a la idea de que toda revolución implica una ruptura con el pasado, ya sea porque cambia el rumbo histórico o porque propicia el terror y la anarquía, Alexis de Tocqueville nos mostró que la continuidad es también parte de un proceso de cambio en El Antiguo régimen y la revolución.[1] Para críticos de Tocqueville, ello parecía sintomático de un pensamiento conservador y aristocrático ya que dudaba de la capacidad transformadora de las revoluciones, sin embargo, el mismo Tocqueville respondió a estas críticas al no considerarse un hombre de partido ya que por experiencia propia había vivido tanto en un ambiente aristocrático como en los primeros intentos democráticos: “En una palabra, comentó Tocqueville, estaba en tan perfecto equilibrio entre el pasado y el porvenir que no me sentía natural e instintivamente atraído ni hacia uno ni hacia el otro (…)” Ello no implicó que Tocqueville se pensara como un historiador “neutral”, sino más bien estaba convencido que la aristocracia tocaba su fin y que en todo caso el poder se configuraba a partir de diversas formas de democratización que había que conocer y en su caso contribuir para que éstas tuvieran menos vicios.

Para Tocqueville la “revolución democrática” era un proceso no sólo de Francia sino del mundo occidental, en donde el orden político se adaptaba a las transformaciones de la organización social, de ahí su interés en analizar el caso de los Estados Unidos ya que en ellos no había existido un pasado feudal. Además, tratar de conocer este proceso era necesario para convertir a la “revolución democrática” en algo útil, es decir que no cayera en los vicios que la acompañan y para que se puedan resaltar sus beneficios, por lo que su pensamiento era más bien liberal democrático.

Ahora bien, una sociedad moderna y democrática no necesariamente construye de manera automática un gobierno democrático. El principio democrático de organización social es la “igualdad de condiciones”, no en el sentido de que todos los hombres y mujeres sean iguales de origen sino más bien que todos aspiran a serlo; ello implica por lo tanto la lucha para que “ya no existan castas, clases hipostasiadas, privilegios especiales ni derechos exclusivos, ricos permanentes, propiedades fijas en poder de ciertas familias (…)”,[2] es decir una lucha por la desaparición de jerarquías y privilegios tradicionales que impiden la movilidad social y establecen barreras infranqueables entre los grupos sociales. En términos políticos, un poder democrático implica el respeto a la ley y los derechos (igualdad ante la ley), el amor a la libertad de expresión y asociación, el movimiento regulado y progresivo a favor de la democracia, etc. Los Estados modernos a diferencia de los gobiernos aristocráticos tienden a una mayor centralización del poder, por lo que el riesgo de esta centralización nos advierte Tocqueville es que se convierta en un fin y no en un medio, de tal manera que los privilegios de la burocracia terminan con la capacidad de los ciudadanos para gestionar sus intereses, convirtiéndolos en dependientes del Estado a partir de nuevas formas de dominación. Por ello las “revoluciones democráticas” que buscan acabar con los privilegios del Antiguo régimen, no necesariamente permiten alcanzar una mayor libertad debido al “despotismo burocrático y administrativo”.

Otros riesgos del proceso democratizador, de acuerdo a Tocqueville, es el individualismo que dispersa a los ciudadanos frente a un Estado burocrático cada vez más poderoso, de tal manera que predispone a las personas a aislarse de la masa de sus semejantes y refugiarse en la familia y en los amigos, al grado de generar apatía frente a las cuestiones políticas. Más aún, ya lo advertía Tocqueville, cuando el dinero se ha convertido en el signo principal para clasificar a las personas, por lo que la ambición y las ansias por enriquecerse se van a convertir en las pasiones más comunes.

Otro peligro que acecha a las sociedades modernas es la “tiranía de la mayoría” en donde la masificación impide la convivencia y en donde toda disidencia es vista como “ingenuidad” o “traición”, por lo que la libertad de expresión queda en letra muerta y las minorías son excluidas del sistema, de ahí la importancia del poder judicial para garantizar los derechos y la libertad de las minorías.

El Antiguo Régimen y la Revolución fue publicado en 1856 tres años antes de morir, por lo que fue un ensayo ya de madurez intelectual. Su idea de la revolución tenía más que ver con una aceleración de una tendencia histórica que, como hemos visto sobre la “sociedad democrática”, ya se vislumbraba en Europa y Estados Unidos. De acuerdo a su idea, la revolución francesa tuvo éxito en destruir los restos del orden feudal, pero fracasó al no poder organizar un nuevo orden político capaz de garantizar la libertad y mitigar la centralización despótica, de ahí la explicación del Imperio napoleónico y poco después la restauración de la monarquía. Una de las explicaciones que ofrece Tocqueville de porqué se anticipa la revolución en Francia a otras naciones es la centralización política que terminó por subordinar a la aristocracia que había perdido su poder económico, pero no sus privilegios y su cerrazón ante los demás grupos sociales. Junto a esta cerrazón habría que incorporar el papel de la Iglesia y su cooperación con el Antiguo régimen; también comenta como responsables del fracaso de la revolución a los intelectuales ilustrados que propusieron un sistema político y social radical conforme a la teoría, al reducir la realidad social plural a principios abstractos, a un plan único, y no a proponer mejorarla en sus diferentes aristas. Ello propició una contradicción entre los fines nobles y filantrópicos y el terror propiciado por los sucesos revolucionarios. De esta manera el deseo de libertad y el amor a la igualdad en una primera fase se vieron frustrados por un nuevo despotismo ya prefigurado desde el Antiguo régimen. De hecho, uno de sus proyectos antes de morir fue tratar de explicar porqué los franceses renunciaron a sus primeros objetivos para convertirse en siervos del nuevo amo representado en Napoleón.

Bajo estas reflexiones centrales de Tocqueville, algunos autores han interpretado la revolución mexicana a partir de las continuidades. Antonio Manero, por ejemplo, en pleno inicio de la revolución, escribió también sus reflexiones sobre “El Antiguo régimen y la revolución” (1911), donde cuestionó que la revolución se hizo para elevar al pueblo al ejercicio de sus derechos en las prácticas democráticas, ya que consideraba como Porfirio Díaz mismo que el individuo medio en el país no era apto para la democracia, y que en ese sentido la democracia no se alcanzaba de un día para otro. Criticaba con ello el libro de Madero sobre La Sucesión presidencial, ya que lo refería como obra de un intelectual con ideales, pero sin conocimiento del pueblo. Esta idea de Manero que anticipaba el fracaso revolucionario, planteaba algunas ideas que partían de Tocqueville pero que terminaban condenado todo esfuerzo de cambio.

Más recientemente, François Xavier Guerra, un brillante historiador de origen franco español, estudió las bases del régimen porfirista, algunas de las cuales terminaría por extenderse al Estado posrevolucionario, como la centralización autoritaria, si bien con algunos cambios como sería la incorporación de las organizaciones de masas al nuevo régimen. Ciertamente el estudio que realizó de las biografías colectivas (prosopografía) de la élite porfirista le permitieron ofrecer un amplio panorama de la construcción de un régimen dictatorial, estudio que de alguna manera sería continuado por Roderi Ai Cam sobre el papel de las élites en la conformación del México contemporáneo.

Sin embargo, la idea central de Tocqueville no era anular todas las consideraciones positivas de la revolución, por ejemplo ampliar la movilidad social al destruir la élite terrateniente, sino más bien advertirnos de algunos de los vicios que pueden presentarse en el régimen posrevolucionario como la “tiranía de la mayoría”, es decir la organización política que reproduce el autoritarismo al negar la participación de las minorías, de ahí la importancia de la pluralidad partidista y de la división de poderes. Porque a final de cuentas la democracia tiene que ver con la defensa de los derechos de los disidentes y de las minorías. Tema que resulta fundamental para consolidar el largo proceso democrático mexicano.

  1. Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución. Prefacio, tabla cronológica y bibliografía de Enrique Serrano, México, FCE, 1ª, reimp., 1996
  2. Tocqueville, El Antiguo Régimen…p.14.

Víctor M. González Esparza

Historiador, académico

Víctor M. González Esparza

Historiador, académico

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