Un sistema centrado en la dignidad humana y no en el mercado

Un sistema centrado en la dignidad humana y no en el mercado

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LA VIDA BREVE

Eso es, dura, llanamente. No se trata tan solo de la inoperancia del sistema política o de su ineficiencia, sino de la atrocidad con que se manifesta en nuestra vida diaria. Los guarismos, el crecimiento no significa un  mejoramiento en el nivel de vida de la población, del mismo modo que el crecimiento en el patrimonio y los poderes que se concentran en las élites económicas políticas de turno no significan que los ciudadanos hayan mejorado un cacahuate en sus condiciones de vida.

[bctt tweet=»Un humanismo en donde el hombre esté enfocado en el hombre y en su desarrollo en la sociedad» username=»crisolhoy»]

Palabras más palabras menos se ha dicho, la misma noción de riqueza o bienestar por si misma es eminentemente subjetiva. Para unos es tocar el piano, o la guitarra, o un tambor milenario y al amanecer contemplar el encuentro, para otros es disponer de más tiempo libre o contar con comida más barata y así sucesivamente.

Vivimos cada día de manera más atroz, bajo un sistema a escala mundial, clasista y corruptor y esa es la fuente verdadera de esa corrupción que inunda la sociedad y se manifiesta obscenamente en el ámbito público. 

Todos, o casi todos, insisten en cargar toda la carga de la problemática social –económica, moral y cultural—a la democracia a la cual han atribuido virtudes de las cuales carece. Como si la democracia fuese la clave de que resuelve todo problema, y al no hacerlo, les parece que la democracia no sirve y se desilusionan. 

No habrá camino para un nuevo país, mientras en nuestro país continúen expresándose con magnitudes deplorables, la desigualdad en el reparto de la riqueza, sobre todo en esa constatación de una conexión clara entre la ineficiencia del sistema político y la creciente insatisfacción ciudadana que puede dar origen a verdaderas regresiones democráticas. No habrá país mientras la gran mayoría de la población no pueda satisfacer una sobrevivencia digna, pero también concentrar la atención solo en lo material hace perder de vista la razón espiritual del hombre, como escribió el decimonónico Leslie Stephen; “es más fácil construir iglesias que pensar en que es lo que se va a enseñar dentro de ellas”. Trabajo digno, tiempo libre de calidad para el individuo y para la familia, educación liberadora, salud integral. Un humanismo en donde el hombre esté enfocado en el hombre y en su desarrollo en la sociedad y desterrar de nuestra vida esa criminal lógica del mercado salvaje que todo lo finca en el desarollo de las ganancias. 

Ahí es donde está lo medular del problema fiancierista-armamentista que radica en el mercado y la acumulación nacional y multinacional de capital, no en la democracia y el hombre. Es ahí donde se debe revolucionar el sistema y evitar que siga creciendo esta realidad social salvajemente tensionada por el crimen multinacional del tráfico de estupefacientes, de armas, de migrantes, de contrabando y de lavado de dinero, ámbitos todos ellos imbricados y subordinados entre sí.

Hay que Insistir entonces, en una economía con sentido social: que haga hincapié en nuestro estado de desarrollo en particular y busque atenuar nuestra dependencia; que aplique los controles necesarios para la inversión extranjera, la cual debe ser excluida de los sectores suficientemente atendidos por el capital nacional; que proteja el trabajo, la industria nacional, nuestros sectores claves, la agricultura, etc. 

El deterioro mundial y el de México, que viene aceladamente en caída libre de hace por lo menos treinta años, después de la implantación del modelo económico ultracapitalista, ha colapsado en todo el mundo, es un imperativo ético plantear alternativas que retomen el bienestar social como única finalidad legítima de todo orden político. Es necesario reflexionar y actuar sobre los métodos empleados para la aplicación del sistema salvaje que en forma indiscriminada y sin reparar en la equidad social o el grado de desarrollo de cada país, desde su primer experimento, en el Chile de Pinochet, requirió la creación de crisis, reales o imaginarias, y que trató con terapias de choque la protesta social ante el aplastamiento de las condiciones de vida y las libertades políticas y sociales.

La pandemia

Reanimar la actividad económica y social del país solo será posible si a la vez se fortalecen los protocolos que nos permitan alcanzar esa nueva normalidad en la que sea posible convivir con la enfermedad con un mínimo de riesgo. Para eso se requiere de una conciencia ciudadana, solidaria y generosa, de la que carecemos, ahí una de las tareas mayores.

O vamos  por una responsabilidad más compartida, entre los esfuerzos del Gobierno, las instituciones de salud, las organizaciones sociales, y de cada individuo en escuelas, fábricas, comunidad, lugares públicos, comercios y el hogar mismo, o ese pozo de desilusiones seguirá creciendo.

Publicado en Hidrocálido. 21.10.2020

Armando Alonso de Alba

Poeta y periodista hidrocálido.

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