Prohibir no cura. Educar sí

Prohibir no cura. Educar sí

Cuando el Congreso por la mañana del 1 de abril de 2026, aprobó meter programas de prevención del consumo de alcohol en secundarias y preparatorias, algo en mí quiso aplaudir. Y algo, al mismo tiempo, se quedó quieto.

Porque lo que se aprobó importa. Pero lo que se desechó, la prohibición de publicidad a 300 metros de escuelas y parques, me genera una incomodidad que vale la pena decir en voz alta: no porque la medida sea mala de intención, sino porque desnuda algo que como sociedad seguimos esquivando. Creemos que si quitamos el letrero, desaparece la sed.

No funciona así.

Llevo años acompañando familias, primero desde el derecho y después desde la psicoterapia gestalt. Lo que veo en consulta no es lo que aparece en los expedientes legislativos. Veo adolescentes que beben porque en su casa, el viernes en la noche (o cualquier día y hora es bueno), el adulto que debería cuidarlos ya lleva tres cervezas y la cuarta la abre sin pensarlo. Veo padres que me preguntan cómo hablar con sus hijos sobre el alcohol cuando ellos mismos nunca tuvieron esa conversación con nadie. Veo que el primer trago de un menor raramente ocurre frente a un espectacular en la calle. Ocurre en la cocina, en la sala, en una reunión familiar donde nadie lo pensó como un problema, donde lo han normalizado.

Entonces, ¿qué resuelve restringir la publicidad a 300 metros de una escuela si el modelo de consumo está instalado en el hogar? Perdida de tiempo en recursos públicos en un congreso de ilusiones.

La respuesta incómoda es: muy poco.

Eso no significa que la regulación publicitaria no sirva para nada. Tiene sentido reducir la exposición cotidiana al alcohol en entornos juveniles. Pero confundir esa medida con una política de prevención es el error. La prohibición opera sobre el entorno. La educación opera sobre la persona. Y si algo me ha enseñado el trabajo terapéutico es que cambiar el entorno sin tocar los vínculos, las creencias y los patrones familiares es como pintar las paredes de una casa que tiene una fuga en la cimentación. Se ve mejor. Sigue hundiéndose.

Lo que sí se aprobó, la colaboración entre la Secretaría de Salud y el IEA para desarrollar programas preventivos en planteles educativos, es exactamente el tipo de intervención que tiene evidencia detrás. No soy ingenua: sé que entre aprobar una fracción en una ley y que un maestro de secundaria por ejemplo en Rincón de Romos tenga las herramientas para hablar de alcohol con sus alumnos hay una distancia enorme. Pero es la distancia correcta. Es la que vale la pena recorrer.

Los programas educativos que funcionan no le dicen a un adolescente que el alcohol es malo. Eso ya lo sabe, y no le importa. Lo que hacen es trabajar la toma de decisiones, la presión de grupo, la regulación emocional. Enseñan a identificar por qué se bebe, no solo que no se debe beber. Esa diferencia no es pedagógica. Es clínica.

Desde el derecho de familia tengo otro argumento. El Código Penal del Estado ya tipifica la corrupción de menores. El Código Civil ya contempla la pérdida de la patria potestad por estas causas. Agregar otra capa en la Ley de Niñez, como señalaron el SIPINNA y la Secretaría General de Gobierno, no añade protección real. Añade texto. Y el texto sin mecanismos de aplicación no protege a nadie. Que es lo que realmente ocurre con esta iniciativa.

Lo que protege a un menor es que tenga en su escuela, en su familia, en su comunidad, adultos que hayan aprendido a hablar sobre el alcohol con honestidad. Adultos que reconozcan que el problema no empieza en la cantina ni en el espectacular, sino en la normalización cotidiana del consumo. Adultos que no deleguen esa conversación al Estado porque les resulta incómoda tenerla en casa.

Esa es la parte que ninguna ley puede hacer por nosotros.

Que el Congreso haya optado por la ruta educativa sobre la prohibicionista es en mi opinión, la decisión técnicamente más sensata del dictamen. Ahora falta lo más difícil: que el Ejecutivo use los 90 días que tiene para hacer protocolos reales, no documentos de cajón, que conviertan esa fracción IV en algo que un adolescente de Aguascalientes pueda sentir en su salón de clases.

Mientras eso no pase, la reforma es lo que es. Un buen comienzo. Nada más, nada menos.

Joahana Bolaños

Abogada litigante y Maestra en Psicoterapia Gestalt. Ex Coordinadora Académica en la Universidad de la República Mexicana. Docente en la Universidad Valle de México Campus Tlalpan y en la Universidad Tecnológica de México Campus Sur.

Joahana Bolaños

Abogada litigante y Maestra en Psicoterapia Gestalt. Ex Coordinadora Académica en la Universidad de la República Mexicana. Docente en la Universidad Valle de México Campus Tlalpan y en la Universidad Tecnológica de México Campus Sur.

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