El suicidio de la raza y el feminismo popular: el aborto en el siglo XIX
El siglo XIX convirtió el aborto en problema político de primer orden. Las mujeres lo usaban masivamente. Los médicos lo criminalizaban para monopolizar el mercado. Los Estados lo penaban para frenar la despoblación. Y ninguno de los tres lo podía suprimir.
De práctica privada a problema de Estado
Hay una frase en el tomo del siglo XIX de la Historia de las Mujeres en Occidente (tomo IV de la serie aquí mencionada), que resume el cambio cualitativo que documenta este volumen respecto a los anteriores. La reacción institucional ante el aborto que se produce hacia finales del siglo XIX, escribe el texto, «asombra por su amplitud y por su vigor: eleva el aborto a la categoría de problema político de primer orden». En Roma era práctica normalizada. En la Edad Media era pecado gestionado en confesionarios. En el Renacimiento era dilema médico resuelto en tratados de obstetricia. En el siglo XIX se convierte en asunto de legislaturas, campañas de prensa, congresos médicos, doctrina eugenésica y discurso nacional. La diferencia no es de grado sino de naturaleza.

El tomo identifica tres actores que convergen en ese proceso, con intereses distintos y a veces contradictorios: los médicos, que quieren monopolizar la decisión sobre el aborto terapéutico y criminalizar a quienes compiten con ellos en el mercado; los Estados, que quieren frenar la caída de la natalidad y producir soldados y trabajadores; y la Iglesia, que se encuentra en una posición incómoda que el libro describe con precisión inusual: el clero católico llega tarde a la discusión porque sus feligresas no le hablan de estos asuntos en el confesionario, y cuando lo hace, la práctica ya está generalizada.
Y luego están las mujeres, que abortan. Que siempre abortaron. Que en el siglo XIX abortan más, con mejores técnicas, con redes de apoyo más organizadas, y con una conciencia creciente de que ese acto tiene una dimensión política que va más allá de la supervivencia individual.
El clero llega tarde y sabe por qué
Una de las observaciones más reveladoras del tomo sobre la Iglesia católica y el aborto no viene de un capítulo de historia religiosa sino del análisis de la anticoncepción en el siglo XIX. El libro documenta que la práctica del coitus interruptus se generalizó en Francia mucho antes de que el clero reaccionara, y explica por qué esa reacción tardó tanto:
«El clero católico reaccionó demasiado tarde, en un momento en que la práctica se había generalizado y era habitual. ¿Por qué tan tarde? Porque desde la Revolución, quienes van a confesarse son sobre todo mujeres, y éstas no abordan espontáneamente esta cuestión ni aceptan de buen grado que les sea planteada. En su mayor parte no se sienten responsables, porque están sometidas a sus maridos. Algunas se confiesan cómplices, alegan que no habían creído pecar, sino, por el contrario, actuar con prudencia. El sacerdote no insiste: la procreación es asunto de hombres.»
En Duby y Perrot, 1993, p. 274
La frase final es la que más importa: «la procreación es asunto de hombres». El sistema de control eclesiástico sobre la sexualidad femenina operaba con una contradicción que aquí queda expuesta sin maquillaje: eran las mujeres quienes se confesaban, quienes asumían la culpa moral, quienes gestionaban las consecuencias del embarazo; pero la decisión sobre la reproducción correspondía formalmente a los maridos, y el sacerdote no quería entrometerse en ese territorio. La Iglesia condenaba el aborto y la anticoncepción en el plano doctrinal, pero en la práctica pastoral dejaba un vacío que las mujeres llenaron con sus propios criterios.
Que esas mujeres no se sintieran culpables, que se confesaran «cómplices» pero convencidas de haber actuado con prudencia, no es un detalle secundario. Es evidencia de que la doctrina eclesiástica sobre la reproducción tenía, en la vida cotidiana del siglo XIX, una penetración mucho más limitada de lo que sus defensores actuales suelen reconocer.
El aborto como recurso de la mujer ante el fallo del hombre
El tomo es explícito sobre la dimensión de género de la anticoncepción y el aborto en el siglo XIX. Los métodos disponibles, abstención, coitus interruptus, ritmo, duchas posteriores al coito, condón, dependían casi todos de la cooperación masculina. El coitus interruptus, el más practicado, requería que el hombre asumiera la responsabilidad. Cuando no lo hacía, las consecuencias las absorbía la mujer. El aborto era en ese contexto la palanca que quedaba:
«El aborto era el recurso de la mujer ante el fracaso del anticonceptivo. Aunque era peligroso e ilegal, tenía la ventaja, sobre todo para una mujer de clase obrera, de ofrecerle el control de su persona, en especial si su compañero se negaba a usar medios anticonceptivos. Era barato y no requería planificación ni organización previas.»
En Duby y Perrot, 1993, p. 310
No era una práctica exclusiva de las clases bajas, aunque el discurso médico y judicial de la época se empeñara en presentarla así. El libro cita el caso de lady Henrietta Stanley, quien, embarazada por décima vez, recurrió a una purga, un baño muy caliente y una larga marcha a pie, e informó de ello a lord Edward, su esposo. La aristocracia abortaba. La diferencia era que tenía más recursos para hacerlo sin riesgo y más protección social para no comparecer ante un tribunal si algo salía mal.
La red que describe el libro para las clases obreras es distinta pero igualmente funcional. Vecinas que se informan entre sí. Redes que circulan por las panaderías, las carnicerías, las verdulerías. La feminista francesa Madeleine Pelletier lo documentó con precisión:
«Las mujeres no hacen un misterio de estas prácticas [abortivas]. En el dominio de las casas de vecindad de la clase obrera, en la panadería, en la carnicería, en la verdulería, las amas de casa asesoraban a las vecinas cuyos maridos tan brutales como miopes les imponían embarazos no deseados.»
Madeleine Pelletier, citada en Duby y Perrot, 1993, p. 310
La descripción de Pelletier es excepcional porque nombra al responsable: el marido es el que impone los embarazos. No la promiscuidad femenina, no la ausencia de moral, no la ignorancia. El marido que se niega a cooperar con la anticoncepción y cuya mujer, entonces, busca en la vecindad la solución que él le niega. El aborto como respuesta a una relación de poder dentro del matrimonio. Por lo mismo la consecuencia jurídica de las leyes hechas por los hombres para no perder el control sobre el uso del cuerpo de las mujeres.
La industria del aborto: de las hierbas a la cánula
El siglo XIX también es el período en que el aborto se tecnifica y se comercializa. El tomo documenta esta transformación con datos que desmienten la idea de que el aborto era una práctica marginal perseguida con eficacia: en Londres, en 1898, los hermanos Chrimes tenían por lo menos diez mil clientes. Una autoridad francesa informaba de que, a finales del siglo, unas cincuenta personas anunciaban servicios de aborto en periódicos parisinos.
Los métodos evolucionaron en paralelo con el conocimiento anatómico. Las drogas tradicionales como la ruda, sabina, cornezuelo de centeno, seguían en uso, pero hacia 1910 se había generalizado la inyección de agua jabonosa mediante cánula, procedimiento que, tomando precauciones de asepsia básicas, reducía considerablemente el riesgo para la madre. El libro registra este salto técnico sin dramatismo: «hacia 1910, este último procedimiento se volvió una cosa banal: profesionales, médicos y comadronas ofrecen sus servicios casi sin ambages».
El mercado del aborto era también racialmente diferenciado. En Estados Unidos, grupos étnicos distintos transmitían sus propios conocimientos: curanderos y comadronas autóctonos prescribían raíces y hierbas; una mujer negra de Texas empleaba índigo o una mezcla de calomel y trementina; las obreras del norte de Inglaterra, que habían observado que las trabajadoras en fábricas de plomo tendían a tener abortos espontáneos, habían comenzado a consumir píldoras de plomo a finales del siglo. El conocimiento circulaba por canales propios, invisibles para los médicos titulados que pretendían monopolizar la obstetricia.
La criminalización como proyecto corporativo
La campaña de criminalización del aborto que se desplegó entre 1860 y 1880 en Estados Unidos, y de manera análoga en Gran Bretaña, Francia y Alemania, no fue impulsada principalmente por la Iglesia. Fue impulsada por los médicos. El libro es muy preciso sobre sus motivaciones reales ($$$):
La American Medical Association encabezó la campaña estado por estado para fortalecer la legislación antiaborto. Sus argumentos públicos invocaban la moral, la salud de las mujeres y la defensa del feto. Sus motivaciones internas incluían algo más terrenal: las comadronas y los curanderos ofrecían servicios de aborto y cobraban más por ellos que por los partos. Los médicos regulares querían ese mercado, o al menos querían que sus competidores no lo tuvieran. El libro lo formula sin rodeos:
«La competencia entre médicos ‘regulares’ e ‘irregulares’ era particularmente feroz en Estados Unidos, lo que explica en parte los concentrados esfuerzos de la American Medical Association para criminalizar el aborto. En la última década del siglo XIX, el que las sage-femmes ganaran más con los abortos que con los partos era un tópico.»
En Duby y Perrot, 1993, p. 313
La retórica que acompañó esa campaña es también documentada con detalle. La Medical Society de Buffalo exclamaba en 1859: «Ahora tenemos damas, sí, damas educadas y refinadas», que se someten a abortos. El escándalo no era el aborto en sí, que todos sabían que existía, sino que mujeres de clase alta lo practicaran. La «dama de clase alta» que abortaba se convirtió en la figura central de la iconografía antiaborto del período, desplazando al caso real más frecuente: el de la mujer pobre, soltera, sin opciones.
El Comité para el Aborto Delictivo de la AMA condensó el argumento en una formulación que el libro cita y que merece reproducirse en extenso porque anticipa un vocabulario que sigue circulando:
«Se vuelve desaprensiva respecto del destino que le impone la Providencia y descuida los deberes que le impone el contrato matrimonial. Se lanza a los placeres, pero huye de los sinsabores y las responsabilidades de la maternidad; y, desprovista de toda delicadeza y refinamiento, se entrega, en cuerpo y alma, a las manos de hombres inescrupulosos y malvados.»
Comité para el Aborto Delictivo, AMA, citado en Duby y Perrot, 1993, p. 312
El argumento tiene una estructura que reaparece con variaciones en casi todos los períodos de esta serie: la mujer que aborta traiciona su naturaleza, traiciona a su marido, traiciona a la sociedad. Lo que cambia en el siglo XIX es que a esa traición se le añade una dimensión racial y nacional que no existía en los siglos anteriores, la eugenesia como posible práctica de control poblacional.

El suicidio de la raza: eugenesia y pánico demográfico
El dato demográfico que subyace a toda la discusión del siglo XIX es el descenso de la natalidad. En Francia, las muertes superan los nacimientos en 1854. En Estados Unidos, la tasa de fecundidad de los nativos blancos cayó un 50 por ciento entre 1800 y 1900. En Alemania, la tasa de natalidad desciende un 60 por ciento en dos generaciones. Esta tendencia generó un pánico que los médicos, los demógrafos y los políticos canalizaron hacia las mujeres, y específicamente hacia el aborto.
El razonamiento eugenésico que el libro documenta tiene una lógica que hoy resulta transparente en su racismo pero que en el siglo XIX se presentaba como ciencia: las mujeres «de buena estirpe«, blancas, protestantes, de clase media abortaban; las inmigrantes y las obreras seguían teniendo hijos numerosos. El equilibrio demográfico entre grupos raciales y sociales estaba, según esta lectura, amenazado por la autonomía reproductiva de las mujeres que podían permitirse ejercerla.
El libro recoge la formulación francesa de ese argumento: los demógrafos franceses achacaban el problema de población a la «decadencia general de la sociedad» ya la «dejación, por parte de las mujeres egoístas y de espíritu independiente, de su deber cívico de proveer hijos para la defensa de la república«. Que quienes formulaban ese argumento fueran hombres que no parían, que no criaban y que no morían en los partos es una ironía que el libro señala pero que los actores del período no estaban en posición de ver.
El médico, concluye el libro en una frase de enorme densidad interpretativa, estaba «reemplazando al sacerdote» en el gobierno de la sexualidad y la reproducción femeninas. La secularización del siglo XIX no liberó a las mujeres del control sobre su cuerpo. Transfirió ese control de la Iglesia a la profesión médica, con argumentos distintos, la raza, la nación, la higiene, pero con la misma dirección de viaje: el cuerpo de la mujer como recurso colectivo que no le pertenece a ella.
El feminismo popular que nadie llama feminismo
Frente a todo ese aparato legal, médico, clerical, demográfico, el tomo registra la respuesta que las mujeres del siglo XIX dieron en la práctica. No en manifiestos ni en congresos. En la panadería, en la vecindad, en las redes de apoyo que circulaban por los barrios obreros de París, Londres y Nueva York.
El libro lo llama sin reservas, feminismo. Específicamente, «una forma de feminismo popular». El contexto es la observación de que el incremento de abortos hacia el final del siglo XIX, en un momento en que Estados Unidos tenía problemas de natalidad, venía a traducir exactamente eso. No era un programa político articulado. No tenía portavoces ni doctrina. Era la suma de decisiones individuales de mujeres que ante embarazos que no podían sostener, buscaban en su entorno inmediato la información y la ayuda que el sistema oficial les negaba, la falta de verdaderas políticas públicas de seguridad social, inclusión y a ausencia de esperanza para poder sobrevivir llevaba y sigue llevando a millones de mujeres a tomar la decisión de interrumpir un embarazo. El problema así se centra en la urgencia de crear verdaderas opciones de permeabilidad social y economicas, para evitar el aborto, el intanticidio, el gerontocidio y el suicidio.
Esa forma de resistencia tenía también su código moral propio, que el libro documenta con un detalle que no suele aparecer en las historias institucionales del aborto. Muchas mujeres que abortaban en el siglo XIX «no se creían culpables, persuadidas de que el feto sólo vive cuando se mueve, es decir, a partir del cuarto mes». Esta convicción, que las leyes inglesas y norteamericanas de la primera mitad del siglo parecían admitir al prohibir el aborto sólo después del quickening, no era ignorancia doctrinal. Era una lectura práctica del mismo debate que los teólogos medievales habían sostenido durante siglos sobre la animación del feto. Las mujeres del siglo XIX estaban en este punto, más cerca de Santo Tomás de Aquino que de Pío IX.

La legislación que no suprime nada
El tomo es muy preciso sobre la eficacia real de la legislación antiaborto del siglo XIX. Gran Bretaña introdujo nueva normativa en 1803, la revisó en 1837 y la endureció en 1861. Francia y Bélgica tenían leyes desde 1810. Estados Unidos criminalizó el aborto estado por estado entre 1860 y 1880. Pero el libro también registra lo que esas leyes no lograron:
«Una legislación ineficaz contribuyó a dar forma a este mercado ilegal, pero hizo muy poco para suprimir el aborto. En general, las persecuciones por aborto sólo se producían en el caso de que las mujeres murieran o enfermaran gravemente.»
En Duby y Perrot, 1993, p. 311
La razón era estructural. La cantidad de abortos era demasiado grande para que cualquier sistema judicial pudiera procesarla. Las redes de solidaridad femenina protegían la información. Los jurados populares se negaban a condenar a las mujeres con las penas máximas previstas en los códigos, porque las consideraban excesivas. En Francia, los jurados absolvían con tanta frecuencia que el legislador frances en 1901 sacó el infanticidio del ámbito criminal y lo colocó ante magistrados profesionales, precisamente para evitar esas absoluciones. El sistema penal funcionaba como amenaza y como instrumento selectivo de disciplina, no como mecanismo real de supresión.
Lo que el siglo XIX dice al debate de Aguascalientes en 2026
Tres entregas anteriores de esta serie han recorrido la historia del aborto desde el Imperio romano hasta el siglo XVIII. El tomo del siglo XIX cierra ese recorrido con el momento en que la discusión adquiere la forma que reconocemos hoy: campañas organizadas, legislación específica, argumentos médicos, demográficos y morales entrelazados, y mujeres que siguen abortando a pesar de todo.
Para el debate en Aguascalientes, el tomo del siglo XIX aporta tres elementos que no suelen aparecer cuando la diócesis o sus aliados invocan la tradición. El primero es que la criminalización masiva del aborto fue históricamente una iniciativa médica y estatal más que eclesiástica, y que sus motivaciones reales incluían el control del mercado de la obstetricia y el pánico eugenésico ante la caída de la natalidad de las clases medias blancas. El segundo es que esa criminalización no suprimió el aborto: lo volvió más peligroso, más caro y más injusto socialmente, porque las mujeres con recursos siguieron accediendo a él mientras las más pobres absorbían los riesgos mayores. El tercero es que la Iglesia, en su propio registro, reconoció sin querer, que sus feligresas no se sentían culpables, que consideraban que actuaban con prudencia, y que el confesor no insistía porque la procreación era «asunto de hombres«.
Esos tres elementos no son argumentos a favor del aborto. Son datos históricos. Y los datos históricos tienen la virtud, molesta pero necesaria, de complicar las narrativas que se presentan como evidentes. Antes de invocar una tradición de dos mil años de condena universal, conviene saber qué dice esa tradición cuando se la lee completa, con sus siglos de animación retardada, sus médicos que defendieron a las madres frente a los casuistas jesuitas, sus campesinas que no se confesaban de la anticoncepción, y sus vecinas de barrio obrero que se daban las direcciones de confianza en la “panadería”.
Referencias
Duby, G. y Perrot, M. (Dirs.). (1993). Historia de las Mujeres en Occidente. Tomo 4: El siglo XIX. Madrid: Taurus. [Capítulos de Anne-Marie Sohn, Michelle Perrot y Angus McLaren].
Gordon, L. (1976). Woman’s body, woman’s right: A social history of birth control in America. Nueva York: Grossman Publishers.
McLaren, A. (1990). A history of contraception: From antiquity to the present day. Oxford: Blackwell.
Mohr, J. C. (1978). Abortion in America: The origins and evolution of national policy, 1800-1900. Nueva York: Oxford University Press.
Noonan, J. T. (Ed.). (1970). The morality of abortion: Legal and historical perspectives. Cambridge: Harvard University Press.
Shorter, E. (1982). A history of women’s bodies. Nueva York: Basic Books.
Soloway, R. A. (1982). Birth control and the population question in England, 1877-1930. Chapel Hill: University of North Carolina Press.
Juan Pablo II. (1995, marzo 25). Evangelium Vitae. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html

