EL SEÑOR DE LAS ANGUSTIAS VUELVE A RECORRER RINCÓN DE ROMOS

EL SEÑOR DE LAS ANGUSTIAS VUELVE A RECORRER RINCÓN DE ROMOS

6 de enero de 2022. De nueva cuenta el Señor de las Angustias sale de su santuario a recorrer las calles de Rincón de Romos. Inicia la procesión, acompañada por la música de banda y de mariachi. La encabezan el párroco, licenciado Jaime Silva Castañeda, el gobernador Martín Orozco Sandoval y el titular de esta comprensión administrativa, Francisco Javier Rivera Luévano. El grupo va inmerso en un cordón de plástico que controlan jóvenes mujeres con playera de seguridad privada; un límite que pese a su fragilidad nadie intenta cruzar.

¡Viva el Señor de las Angustias!, se desgañita una mujer, y repite la consigna, que es coreada por sus vecinos de banqueta y de vida. Pues que viva… ¡Faltaba más! Nadie reza, es decir, nadie en la procesión va rezando, y más bien se escuchan las oleadas de aplausos al paso de la imagen y de cuando en cuando los consabidos vivas.

Cada cierto espacio están montados cuadros plásticos, pinceladas evocadoras de aquellos pasajes evangélicos dedicados a tratar los episodios angustiosos del Mesías, la oración del huerto, la condena a muerte, los azotes, la corona de espinas, la crucifixión. Por cierto que cuando la procesión pasa ante la escena de Cristo crucificado, el hombre que representa al mártir del Gólgota, en un lance temerario que compromete su equilibrio en la cruz, separa el brazo derecho de su lugar, para persignarse.

En la cercanía del templo hacen valla los grupos de danzantes, que hacen sonar sus tamboras. Cuando la procesión desemboca en la plaza, la imagen angustiosa es llevada en andas hasta la esquina de la calle de la parroquia y la plaza. Ahí se le une una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, cargada en andas por un grupo de mujeres. Entonces se produce el encuentro entre ambas, y con ellas de las flores que parecen brotar a su alrededor, como si su carácter sagrado inspirara a la tierra a manifestarse de esta forma delicada y perfumada.

Ya repican las campanas; ya llega la imagen sacra a esta plaza abarrotada y a la parroquia. Tampoco faltan las andanadas de cohetes espanta niños y perros. Si pudiera detenerme en este momento, en que en el aire se confunden las voces palpitantes de este México profundo, el mariachi, las tamboras de danzantes, una banda de guerra, los cohetes, los aplausos y los gritos, el gentío expectante, la otra banda que ahora, interpreta “En tu día”, como el mariachi en el inicio de la procesión; si pudiera, dejaría constancia de la emoción que el momento le provoca a este pueblo que se manifiesta libre de afectaciones y afeites, distante de las cámaras y micrófonos de la radio y la televisión, ¡señoras y señores!, que se vuelca en las calles, en esta plaza, para sí mismo, no para que alguien lo vea ni por presuntuoso, sino por la exaltación que le provoca su patrono, su historia, lo que aprendió de sus ancestros, en casa, en la doctrina, en la escuela, e incluso en la televisión, esta emoción reprimida por el miedo a la desgracia microscópica, por un encierro que es ahora más emocional que real, y que ahora se desborda, se suelta; se desahoga, como cuando el ánima descansa en el llanto, o como una serpentina de vivos colores que surca el aire. Si pudiera… Hay tanto que apreciar, tanto ante qué detenerse y observar y escuchar y ver, porque todo y todos están dispuestos a celebrar “señores con gusto, este día de placer tan dichoso”, que resulta lamentable que todo ocurra tan rápido.

Si pudiera, pero no puedo, porque el final del recorrido se convierte en un embudo y el hacinamiento, ya de por sí intenso, se incrementa. Entran en el atrio vacío los custodios llevando la imagen en todo lo alto y las personas que iban delante en la procesión. Entonces las puertas son cerradas, y como en la ruleta: “¡Nadie más”! El paso de la imagen por el atrio es franqueado por una banda de guerra que celebra con el toque militar de 3 de diana. En el centro espera la ofrenda final de la jornada, un castillo de pólvora que casi se pone al tú por tú con la torre del templo, listo para estremecerse de luces y truenos. El pequeño contingente atraviesa la parroquia, ahora vacía, y entra en la sacristía, la recorre y nuevamente ingresa en el pequeño santuario, para finalmente salir a la calle, a la explanada, ahora llena de gente; más gente, por todas partes. Como la vida y la muerte, el recorrido termina en donde inició. Es ahí donde se celebra la misa.

Al terminar la ceremonia entran a la sacristía los integrantes de la procesión, un montón de acólitos, niños, niñas, adolescentes, y el grupo de custodios. Se detienen todos frente a un espléndido mueble donde se guardan los ornamentos, frente a la pintura de un Cristo crucificado; otro más, que pende de la pared. El párroco se ubica en el centro y dice “prosit”. Todos le contestan “ad vitam aeternam”, y acto seguido se dispersan.

Yo, como soy apenas un peregrino tras la luz, mi alma inmersa en la oscuridad que me acompaña desde el día en que vi la luz primera, entiendo el gesto como una especie de “rompan filas”, pero mi mentor de latín (y de algunas otras cosas) me explica que la primera palabra se descompone en dos: pro y sit, que respectivamente significan en favor de y seamos, lo cual se interpreta como vivamos lo que celebramos. La respuesta, “ad vitam aeternam”, sería: hacia la vida eterna, literalmente o una interpretación sería: que la eucaristía nos transforme ahora y en nuestro camino a la vida eterna. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

Carlos Reyes Sahagún

Profesor investigador del departamento de Historia en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Cronista del municipio de Aguascalientes.

Carlos Reyes Sahagún

Profesor investigador del departamento de Historia en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Cronista del municipio de Aguascalientes.

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