LA PLUMA FUENTE

LA PLUMA FUENTE

Relato nostálgico con anhelos de verdad

A mi padre

Llevaba algunos días un poco apesadumbrado; era quizá el calor tan sofocante del verano, o quizá que las cosas en la oficina no marchaban como de costumbre… no sé. Aquella tarde mi esplín había hecho crisis, y junto al sillón, en coreográfico desorden, estaban tirados el libro que no fue capaz de mantener mi atención dos renglones seguidos, el control remoto del televisor que en 100 canales no logró que ninguno de los programas me resultase atractivo, el teléfono descolgado, para no tener que volver a contestar tan groseramente como lo hice con la señorita que tan amablemente me invitaba a comprar no sé qué ridícula mercancía, y mi celular sin batería, que se acabó de sonar y sonar, y no me apeteció contestarle a nadie. Ah, el periódico hecho pedazos no lo rompí yo sino Blas, mi perro.

Aquello tenía qué terminar. Nunca me gustó tomar más medicamentos de los estrictamente necesarios, y no era cosa de agregar antidepresivos. Tenía qué hacer algo para salir de ese marasmo absurdo. Recordé que desde que había muerto mi padre, hacía casi un año, había acomodado todas sus cosas en el desván, con excepción de su ropa que regalé al asilo antes de cumplir el mes. Decidí entonces subir a ver si la vista de aquellas cosas podía traerme su recuerdo, es decir, más; porque no había ni una hora del día que no pensara en él. Si estaba en la oficina, no podía dejar de pensar que él me había enseñado el arte de la mecanografía, que si bien no domino con maestría, lo hago con bastante soltura. Yo soy de los que no pueden concentrarse si no hay alguna música de fondo, y claro, mi gusto musical lo fue puliendo él pieza a pieza, canción tras canción. Hasta lo que veo por televisión, poco, es verdad, sé apreciarlo porque él me ilustró en las artes de la actuación. ¡Ah! La poesía, ¡Él!

Subí pues al desván y de inmediato un olor a tierra, a polvo, y a humor encerrado, fue el acre reproche del ambiente por el abandono en que tuve por meses a aquel recinto.

Fui de inmediato por lo necesario para asear el lugar, y pasé no sé cuánto tiempo musitando algunas canciones que me unían a mi padre. Luego de limpiarlo, puse a funcionar el viejo tocadiscos y puse para terminar la limpieza, algunos de los viejos discos LP de mi padre. Qué lástima me dio darme cuenta de que el disco de Amparo Montes, acompañada de su inseparable Teté Cuevas, se había rayado sin remedio.

Todo lo que fue suyo fue siempre mío. Es decir, si yo necesitaba algo de lo suyo, fingía enojo por pedirlo, y me recordaba que todo lo suyo era mío; pero no era del todo verdad. Aunque nunca lo negó expresamente, siempre sentí que su escritorio era terreno vedado. Nunca lo cerró con llave, que la tenía, pero sabía que si algo metía en él, podía estar seguro que nadie, menos yo, metería mano.

Esa tarde sacudía el polvo acumulado, y me sentí un poco culpable de sentir siquiera el deseo de abrirlo, pero… cuando falta el Hombre, se rompe la barrera, y por primera vez abrí, con cierto resquemor, los cajones de aquel escritorio. Temor, sí, pero también me sentí niño otra vez, y experimenté la emoción de quien abre un regalo con expectación sin saber lo que esconde su envoltura. Esperaba encontrar un tesoro, y sí; lo encontré. Entre papeles sin importancia y fotografías familiares (que ya conocía de sobra) me encontré con su herramienta más preciada: una antigua pluma fuente de bombita.

Mi padre gustaba de escribir algunas veces, sobre todo luego de leer algún libro que le resultase interesante, y vaya que leía mi padre, escribía algún comentario personal sobre lo leído, y luego a veces yo escuchaba que lo mostraba a sus amigos en reuniones, con discusión incluida. Por desgracia, una vez pasada la tertulia, aquellos escritos eran quemados. Nunca rompió ninguno, siempre los reducía a ceniza. Bueno, no a ceniza sino a negras y caprichosas mariposas que volaban con el viento hasta desintegrarse; cualquiera que haya quemado papel, sabe de qué hablo. También escribió algunos poemas que igualmente luego de leerlos a los amigos, fueron pasto del fuego.

Recuerdo una mañana de domingo en que él escribía uno de esos poemas con su amada pluma fuente, le pregunté que si yo podía tener una. Me contestó que desde luego que sí, que a su tiempo tendría una. ¿A su tiempo? Verás, me dijo, no es fácil usar este tipo de plumas; se chorrea la tinta muy fácilmente y si no escribes en el ángulo adecuado (con la correcta inclinación, me aclaró) el trazo se hace muy grueso o demasiado delgado. Pero ya tendrás la tuya ya verás. ¡Y la tuve! Sólo que cuando tuve mi primera (y única) pluma fuente, ya no las había de bomba como la de mi padre, sino que usaban unos tubitos que hacían que se manchara uno más que los folios a llenar. Claro que sí había plumas fuentes finas, y las hay todavía, pero cuestan lo que ni mi padre en su tiempo, ni yo ahora podíamos pagar.

Con el tiempo relegué mi pluma fuente y olvidé la de mi padre.

Hasta hoy que he abierto su escritorio, y ha sido como abrir un regalo, como hallar un tesoro que se encuentra por casualidad, como tomar todos los antidepresivos del mundo e instalarse en la euforia total… como volver a tener a mi padre conmigo, a mi lado, diciéndome cómo usar una pluma fuente, de las buenas, de las de bombita, de las que requieren tener un frasco tintero, como el que aun sin secarse guardaba también el viejo escritorio.

Mi padre me guiaba en mis torpes intentos de usar su pluma fuente. Yo estaba seguro que con su pluma podría escribir como él.

Este escrito lo he hecho con su pluma fuente. ¿Lo he logrado?

Jesús Consuelo Tamayo

Estudió la carrera de música en el Conservatorio Las Rosas, en Morelia. Ejerce la docencia desde 1980 Dirigió el Coro de Cámara Aguascalientes desde 1982, hasta su disolución, el año 2003. Fue Coordinador de la Escuela Profesional Vespertina, del Centro de Estudios musicales Manuel M. Ponce de 1988 a 1990. Ha compuesto piezas musicales, y realizado innumerables arreglos corales e instrumentales. Ha escrito los siguientes libros: Reflejos, poesía (2000); Poesía Concertante, (2001); Guillotinas, poesía (2002); A lápiz, poesía (2004); Renuevos de sombra, poesía (inédito); Detective por error y otro cuentos (2005); Más cuentos (inédito); Bernardo a través del espejo, teatro (2006); Tarde de toros, poesía (2013).

Jesús Consuelo Tamayo

Estudió la carrera de música en el Conservatorio Las Rosas, en Morelia. Ejerce la docencia desde 1980 Dirigió el Coro de Cámara Aguascalientes desde 1982, hasta su disolución, el año 2003. Fue Coordinador de la Escuela Profesional Vespertina, del Centro de Estudios musicales Manuel M. Ponce de 1988 a 1990. Ha compuesto piezas musicales, y realizado innumerables arreglos corales e instrumentales. Ha escrito los siguientes libros: Reflejos, poesía (2000); Poesía Concertante, (2001); Guillotinas, poesía (2002); A lápiz, poesía (2004); Renuevos de sombra, poesía (inédito); Detective por error y otro cuentos (2005); Más cuentos (inédito); Bernardo a través del espejo, teatro (2006); Tarde de toros, poesía (2013).

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