Semana santa, ya no tan santa

Semana santa, ya no tan santa

En tiempos no tan remotos, brincar, correr, gritar, escuchar música o cantar, a menos que fueran alabanzas y dentro de las iglesias, era lo permitido en estas fechas memorables para la religión católica, pues eran “días de guardar”.

La Semana Santa junto con la Natividad, eran las fechas más importantes del año que habría que respetar al pie de la letra, de lo contrario, la sensación de estar incurriendo en un pecado infinito, no te dejaba en paz, por más asistencias al confesionario que se realizaran.

Para niños y niñas estos días eran un verdadero sacrificio, máxime que las obligaciones religiosas se extendían a ellos y había que permanecer por largos lapsos instalados al interior de las iglesias, en franco rezo y conservando una quietud sumamente aburridora que el mejor recurso era dormir, pues el rezo uniforme de los adultos formaban un murmullo adormecedor, sumado a los olores característicos de inciensos y parafinas, estos eran como somníferos que hasta a los grandes los hacia sucumbir y caer en brazos de Morfeo.

Estas costumbres las acataba todo mundo. Los ayunos era una forma de purificar cuerpo y alma, la abstinencia sexual era obligatoria, impensable siquiera un contacto físico, pues si alguien se atrevía a desobedecer se convertía en la ofensa mayor y el pecado había que vomitarlo en su momento. Y así, acatando también pasajes de la biblia, los menús cambiaban de ingredientes, solo pescado y verduras, prohibidas carnes rojas y licores en exceso. De ahí el dicho popular vigente hasta nuestros días: » cuando el pobre tiene para carne, es vigilia»

Como toda evolución humana, las costumbres también se modifican y le dan paso a otras necesidades que las personas vamos demandando, sobre todo de tipo pagano. La iglesia católica lentamente ha ido perdiendo adeptos a sus costumbres ancestrales, pérdida que se ha acentuado con la aparición o consolidación de otras religiones, para las cuales estas costumbres carecen de importancia. Hoy día, observamos casi en todo el mundo, iglesias vacías y playas o centro turísticos llenos, sin importar la rampante crisis económica, ambiental y de seguridad.

Para quienes transitamos por el mundo burocrático, académico o de servicios, estas fechas adquieren un significado ajeno a toda costumbre religiosa, son días para descansar del ajetreado trabajo cotidiano, donde la consigna es producir lo más posible bajo la amenaza del despido, y los únicos beneficiados son los dueños del capital; de ahí que estos días, en que la obligatoriedad del asueto la impone la iglesia, los patrones no tienen opción y mínimamente si hacen trabajar a sus empleados el sueldo de ese día se debe pagar doble.

Atrás quedaron los tiempos en que de jueves a domingo era obligatorio el descanso, hoy solo es el viernes, sin embargo, vemos a comercios y tiendas de servicio abriendo al público los 365 días del año, lo que lleva a la reflexión, la existencia de un contubernio perverso entre la iglesia y los dueños del dinero, para que la explotación siga su curso y la brecha entre pobres asalariados y ricos, continúe.

Si bien es cierto que una de las luchas sociales, sobre todo de los últimos tiempos, es que la iglesia no se involucre en cuestiones de tipo político, más otras que le corresponden solo a la ciudadanía haciendo valer el estado laico, la conveniencia sigue permeando las relaciones iglesia-estado-capital, pues en la derrama económica que sugieren estos días en que la mayoría de las personas “rompen el cochinito” o quedan endeudadas para el resto del año, y se permiten unos días de descanso, este triángulo es el mayoritariamente es el ganador en ello.

Anteriormente, las personas de escasos recursos acudíamos a los ríos o parajes a paliar un poco el calor y de paso a divertirse un poco de forma gratuita, estos espacios no tenían dueño y quien así lo deseara podía hacer uso de ellos, pues pertenecían a la comunidad. La penetración del capital, la pobreza rampante, el desempleo y la pérdida de poder adquisitivo, han puesto su huella digital y ahora habría que pagar por su uso, no solo del lugar que se ocupe, sino del mobiliario a utilizar; la propiedad privada es la que reina en estos días, lo comunal está a un tris de desaparecer. Lamentable.

Así las cosas, hoy día en todo el mundo aquellos «días de guardar» ya no son tal. Y no es que sean altamente preocupantes los cambios actuales, al contrario, son parte natural de toda evolución, lo que continua siendo perverso, son las manipulaciones que se siguen construyendo en torno a ellos. Vaya esta reflexión a propósito de la semana santa y pascua.

Rossy Villarruel Figueroa

Rossy Villarruel Figueroa

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