Una teoría sobre el consumo del cuerpo

Una teoría sobre el consumo del cuerpo

[bctt tweet=»los adictos de alta condición social son “sometidos a tratamientos con otro tipo de substancias” que también pueden generar otro tipo de adicciones» username=»crisolhoy»]

 

Se condena el placer corpóreo

 

La (a) dicción hacía cualquier substancia conlleva un inevitable juicio hacia el sujeto que tributa su organismo a cambio; es decir, no se le perdona que su placer se trivialice de tal forma, que anticipe su muerte sin escuchar al discurso saludable y científico en turno.

Pero el discurso científico sigue sin explicar en su totalidad la causalidad de la (a) dicción de los diferentes dependientes a distintas substancias; más allá del efecto nocivo de cada una. Un apostador frecuente es considerado un adicto sin que exista una sustancia que sea la “causa de su alteración”, a pesar de la teoría sobre los genes, un (a) dicto al juego; parece no tener una causalidad específica en su organismo para seguir apostando.

A sabiendas que su cuerpo es destruido, el estulto sujeto abraza presuroso su auto destrucción a pesar de diversas advertencias a nombre de la medicina; como si fuera empujado al acto de consumirse; aquellos que lo rodean y lo contemplan desintegrarse, solo se “preocuparán” a nombre del amor. Si este sujeto alguna vez fue un proveedor sobre todo de dinero más que de amor, porque en estos días el amor sin inversión no es amor.

Entonces cuando aparece un deterioro en el individuo, harán lo posible por hacer que el sujeto se sienta culpable y confiese su egoísmo y su culpa; los adictos de baja condición social son criminalizados o encerrados sin una “invitación amorosa”; los adictos de alta condición social son “sometidos a tratamientos con otro tipo de substancias” que también pueden generar otro tipo de adicciones, pero que a nombre del saber científico; se estima tendrán un costo fisiológico menor.

Más que aceptar de buen modo su decisión, exigirán castigo a nombre de una especie de: “ética del buen vivir.” Se le condenará al sufrimiento y a la abstención al sujeto; se hará un señalamiento tajante sobre todas las áreas de su vida, se le hará saber lo inmensamente egoísta que es por consumirse sin pedir autorización de nadie; peor aún será la condena; si se consume a si mismo con una substancia ilegal, aunque las substancias legales consuman al adicto a veces de peores formas y maneras. Como los seis millones anuales de individuos que mata el tabaco aproximadamente al año en el mundo según la OMS, es un inmenso síntoma que las sociedades actuales: supieran de una substancia tan nociva, y no escandalizara a nadie que alguien la usara delante de otra persona.

Se le despojará al sujeto de su supuesta capacidad de decisión; en los peores casos perderá su libertad; al salirse de la normalidad del comportamiento social, en el momento que corrió a refugiarse en placeres fisiológicos que alejan al individuo de su salud, el sujeto es el peor culpable de buscar evadir sus problemas con ayuda de substancias, hasta de juegos; no existe excusa para la sociedad del rendimiento. El sujeto adicto tiende a ser improductivo, este es el peor adjetivo calificativo en este mundo post industrializado que pueda adquirir un sujeto. El inmenso fracaso y la impostura de la supuesta ética contra las adicciones versa así: puedes ser adicto a lo que sea; siempre y cuando seas adicto a una substancia legal o socialmente aceptada; o, consigas una prescripción a nombre del saber científico para justificar por qué te consumes de una u otra manera, una receta para la dependencia.

Difícilmente cualquier discurso encontrará alguna virtud en los adictos; difícilmente se establece la pregunta a cada sujeto sobre ¿Que beneficio le reportaba para su interpretación individual de su existencia el uso de cualquier substancia? Es decir, no importa lo que el sujeto crea necesitar; es adicto porque es débil para sufrir de una manera adecuada. Todos sufren, del anterior juicio universal nadie duda, lo que no se perdona es que se busque escapar del sufrimiento, que se reduzca la alegría y la emoción a una substancia, a un estado fisiológico de placer; ya que mencionados estados acarrean un desequilibrio para obedecer al orden imperante.

A nombre de lo anterior; se juzga entonces a los sujetos por su capacidad de productividad; lo más probable es que los adictos no otorguen lo que deben otorgar a cambio por existir: “rendimiento y productividad.” Se exige de las: “máquinas biológicas o seres humanos”, que mantengan la maquinaria orgánica alerta, nada puede estropear su funcionamiento, toda cura está en función de que el autómata se integre al mundo productivo.

¿Pero que es normal en sociedades profundamente enfermas de desigualdad y abandono? ¿Qué es normal en esta vida de enajenación y consumo? Consumirse a sí mismo cobra una lógica atroz en una época donde el mercado lo es todo, donde la vida entera solo se trata de trabajar y consumir ¿Sorprende que se disparen las adicciones en todas las sociedades del mundo?

¿Quién no quiere escapar de este mundo cada noche? ¿Con que superioridad moral juzgar y componer al roto que solo encuentra felicidad en una substancia?

Baudelaire en su Spleen de París; es dueño de otro tipo de saber, el saber poético nos regala una inmensa metáfora que es descubrimiento al que apuntaría; un saber más allá del saber de las células y los genes, el poeta maldito nos dice:

“Embriagaos

Hay que estar siempre ebrio. Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo, que os destroza los hombros doblegándoos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar.
Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como os plazca. Pero embriagaos.

Y si alguna vez os despertáis en la escalinata de un palacio, tumbados sobre la hierba verde de una cuneta o en la lóbrega soledad de vuestro cuarto, menguada o disipada ya la embriaguez, preguntadle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, canta o habla, preguntad qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj os contestarán: «¡Es hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡embriagaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como os plazca.”

Pasarse toda una vida laborando y soportando pérdida tras pérdida, soportar todos los sufrimientos y dolores del cuerpo; la misma vejez es una inmensa suma de decadencia y displacer; esta supuesta normalidad, pretender envejecer sin tener síntomas, sin depender de nada más que del miedo y de los ahorros finitos; el atroz terror a la dependencia, a la enfermedad es lo insoportable, la inmensa perdida del placer que lleva a buscar paraísos artificiales.

La condena por “egoísmo” ante esta actitud es absoluta. No se le perdona al sujeto centrarse en el placer corpóreo desde hace siglos; siempre existen prohibiciones sobre lo que deben ser sus motivos para despertar y continuar cargando su absurda piedra de la existencia, sobre lo que debe ser su placer, sobre lo que se le permite gozar.

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Alejandro Marengo

Mendigo de sueños, distópico, surrealista.   La enajeción desiderativa a la mercancía dinero, se paga siempre con libertad.

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