LA FERIA DE SAN MARCOS SIN FIESTA BRAVA Y LA FIEBRE AFTOSA

LA FERIA DE SAN MARCOS SIN FIESTA BRAVA Y LA FIEBRE AFTOSA

LA FERIA DE SAN MARCOS SIN FIESTA BRAVA Y LA FIEBRE AFTOSA 

Ahora que se canceló la feria de San Marcos de este annus terribilis, permítame respirar por la herida, tal y como proclama en su canción Acá entre nos Vicente Fernández, el último de los grandes, y recordar con usted; para usted, el año de 1947, en el que no hubo toros en la feria, y que por poquito tampoco hay feria, debido a una epizootia, aunque en aquella ocasión no se llegó al extremo de este año, tal y como le mostraré, si tiene la paciencia de seguirme. 

Así que, como en la lotería que no hubo, corre y se va. Comienzo con los astados… A fe mía que los ingredientes principales de una feria tradicional mexicana; una verbena que se crea heredera de un pasado que considera glorioso –aunque no lo sea-, y que se sienta orgullosamente provinciana, son los jaripeos, que luego devinieron en charreadas, el alcohol, el juego con cruce de apuesta, las carreras parejeras de caballos, el arroz con pollo y mole y toda la cauda de mexicanas delicias gastronómicas, más alcohol, las peleas de gallos, los volantines y desde luego las corridas de toros. 

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Pues resulta que estas últimas fueron las que faltaron como consecuencia de la epizootia de fiebre aftosa que azotaba al ganado mexicano, y que había llegado en 1946 cómodamente instalada en las pezuñas de un rebaño de cebúes brasileiros. Por cierto, permítame aprovechar el viaje para aclarar la diferencia entre epidemia y epizootia. La diferencia de palabras está en a quién, o a quienes afecta. Epizootia, dice el diccionario de la RAE: es una “enfermedad que acomete a una o varias especies animales por una causa general y transitoria, y que equivale a la epidemia en el ser humano”. De aquí que aquella de 1947 afectó a los animales, en tanto ésta del coronavirus afecta a los humanos, y aparentemente sólo a nosotros.

En 2009 Xavier González Fischer recordó (“Hace seis décadas: la Feria de San Marcos sin Toros”) que cuando la enfermedad se hizo presente, el país fue zonificado para organizar el combate y se dividió en tres zonas, siendo el sur, la “zona infestada”, la más trastornada, y abarcaba hasta la capital del país.  Venía luego la denominada “zona de seguridad”, que cubría la región entre aquella y la ciudad de San Luis Potosí. Finalmente estaba la “zona libre”, correspondiente al norte del país, a donde la enfermedad no había llegado, gracias a un sinfín de medidas que se habían instrumentado. De aquí que Aguascalientes quedara ubicado en la “zona de seguridad”.  

Aunque también habría que decir que según otra fuente (El Sol del Centro, 1 de agosto de 1947) Aguascalientes estaría en el límite de la zona infectada, dado que, como se verá más delante, para esta última fecha se cambió la línea de cuarentena, y el estado pasó a la zona de seguridad.

El hecho es que la feria de ese año fue como una mujer insípida, sin… Una mujer carente de… Mejor elijo otras imágenes menos comprometedoras: esa verbena fue como un pastel sin cobertura de azúcar glas con un suave sabor de limón, y perlas dulces; como una playa sin arena, según columbro por las referencias que cito a continuación. 

En su libro “La ciudad, la fiesta y sus plazas” (P. 118), Jesús Gómez Medina escribió que en aquel año “la malhadada fiebre aftosa interpuso un alto a las actividades taurinas. La feria de San Marcos de ese año se realizó sin el indispensable aditamento del espectáculo taurino y resultó una feria desprovista de calor y animación”. Por su parte Ramón Morales Padilla escribió que “la Feria de Abril del año 1947, pareció entristecerse por la falta de un espectáculo tan necesario para su realce”.

Pero hubo quien dijo más; mucho más. En 2009, cuando la feria fue cancelada con motivo de la epidemia de influenza, y con ella el serial taurino, Xavier González Fischer rescató un escrito que no tiene desperdicio, de Luis de la Torre, un columnista de toros legendario, conocido por el respetable con el mote de El-hombre-que-no-cree-en-nada, que por cierto se refiere a Aguascalientes como La Sevilla mexicana, esto por la afición taurina de su gente y a los toreros que había dado la Tierra. 

Las líneas de referencia aparecieron en La lidia de México, el 9 de mayo de 1947, cuando la verbena de ese año estaba por ingresar en esa zona de luz crepuscular que precede a las sombras ominosas del olvido. Entonces escribió don Luis cosas como las siguientes: “tomándose infantil pretexto la decantada fiebre aftosa, las autoridades, haciéndose cómplices en el decaimiento del espectáculo, tuvieron a bien no autorizar las corridas de toros… En cambio no tuvieron empacho en dejar libertad absoluta a las peleas de gallas, partida de ruleta, con beneplácito de viciosos y tahúres, no obstante la prohibición legal existente para tales manejos.

En otra parte de su catilinaria, El-hombre-que-no-cree-en-nada dejó constancia de algo que me parece de lo más razonable, y que en su momento bien pudo salvar la fiesta. Recordó que en la región existían algunas importantes ganaderías que bien podrían haber provisto de ganado bravo a la San Marcos, sin necesidad de transporte de larga distancia, y por lo mismo, de correr el riesgo de llevar y traer la epizootia. No las menciona, pero de seguro se trata de Corlomé, Peñuelas, La Punta, Garabato, Presillas, etc., y agregó que, en contra de las disposiciones que habían afectado a la feria de Aguascalientes, en esos mismos días se había enviado ganado bravo a la Plaza México.

Permítame hacer aquí un paréntesis. Tanto lo que redactamos González Fischer y este servidor de la palabra que intento ser, a propósito de la aftosa, no es gratuito. González Fischer escribió y trajo a colación el texto de Luis de la Torre, a raíz de la epidemia de influenza de 2009, y yo lo hago tomando como pretexto la pandemia del coronavirus que, como la aftosa, dejó sin toros a quienes disfrutan de semejante espectáculo y, peor aún: estas últimas nos dejaron sin feria, aunque no sin alcohol: ¡que vivan el agave, la uva, la caña de azúcar y los alambiques!

Entonces, en esta línea de pensamiento diré que, en mi inútil opinión, El-hombre-que-no-cree-en-nada da a entender; insinúa, que la estrategia seguida en aquella ocasión, según la cual se dejó a los aficionados sin la lidia de astados, fue equivocada, dado que se pudo echar mano de ganado de establecimientos ubicados en las cercanías.

Teniendo en cuenta lo anterior, hago ahora un paréntesis para preguntarme –pregunta retórica- si la estrategia seguida en contra del Covid-19 fue, es, por sus resultados, la más eficiente, esto porque primero nos mandaron encerrar, y así lo hicimos –ahora sí que, como andan diciendo, como figuritas del nacimiento– pero con la esperanza de que, pasado el pico de contagios, volveríamos a la normalidad, cosa que ocurriría a fines de mayo, pero ¡Cuál?…

Llegó mayo y pasó, y la economía comenzó a crujir, más aún de lo que venía haciéndolo, y entonces se emitió la disposición de ingresar en una “nueva normalidad” -¡¿Pero había algo normal en la “vieja normalidad”?!; ¿en México, en Aguascalientes?-  reanudar actividades, justamente cuando más contagios y muertos se están produciendo.

Entonces, ¿no habría sido más adecuado que las medidas de prevención que se están tomando ahora, se hubieran asumido desde el principio, pero sin llegar al paro coronavirulesco? Claro, posiblemente hubiera áreas que exigían el paro inmediato, las escuelas, por ejemplo, donde resultaría imposible recibir a Susanita Distancia y generar una zona libre de riesgo de contagio, las celebraciones religiosas… En fin, parar  aquellas áreas no estratégicas desde una perspectiva económica, y permitir que el grueso de la planta productiva continuara funcionando, hasta el momento en que previsiblemente el ascenso de contagios se tornara imparable, y sólo entonces parar, de tal manera que el tiempo de encierro fuera menor, para, de esta forma, mitigar en algo la carga de angustia y tristeza; la incertidumbre sobre el futuro que muchos arrastran hoy en día, luego de 4 meses de encierro. 

En fin. Lo que me queda claro, en relación a la epizootia de 1947 y a las epidemias de 2009 y 2020; lo que tienen en común estos tres episodios, es que a final de cuentas somos un puñado de creaturas desamparadas, que aparecimos en estos lares sin instructivo de uso bajo el brazo, con una ignorancia que nos convierte en carne de cañón, víctimas de la credulidad de todo tipo de información, una más disparatada que la otra, y que a fuerza de ensayo y error vamos aprendiendo a adaptarnos al entorno en que vivimos, tomando y desechando, viviendo y muriendo. Somos seres que sufrimos las consecuencias de estar vivos, de no tratarnos como debiéramos, de acuerdo a nuestra naturaleza, de no tener una relación saludable y fecunda; sabia y bondadosa con el planeta, sino más bien de depredación; creaturas obligadas a conocer rápidamente a nuestro enemigo a fin de enfrentarlo con efectividad y prontitud, y mientras logramos estos objetivos vamos dando traspiés que nos cuestan un ojo de la cara en vidas, riqueza, etc.

En fin. Regreso al texto de Luis de la Torre, su clamor por la cancelación por las corridas de toros en la Feria de San Marcos de 1947, con motivo de la fiebre aftosa. Por cierto que quizá fuera un exceso hablar de serial para aquella época, considerando que apenas si se llevaban a cabo dos o tres festejos.

Quien firmaba con el seudónimo de El-hombre-que-no-cree-en-nada, recordó que en esos días de abril había un encierro en los corrales de la San Marcos, “no habiéndose permitido su lidia ni siquiera para seguir la tradición en la fecha central de tan renombradas fiestas primaverales.

Feria de San Marcos sin toros. ¡Vaya atrocidad! Este fue el clamor general de habitantes y visitantes al saberse la absurda medida de las autoridades, las que sin embargo no hubieran cometido el desacato si se atiende a sus peticiones, como no tuvieron inconveniente de pasar sobre una prohibición legal que, si bien es cierto ha sido siempre factor principal en el esplendor y alegría de la feria, no por ella deja de ser una inmoralidad legalmente penada, lo que no acontece con la fiesta taurina, en forma también legalmente autorizada en todo el país y propiedad actual en el Distrito y Territorios, de una Secretaría de Estado”.

Y sigue la andanada: “El acopio de visitantes a la ciudad de Aguascalientes, con motivo de su feria, representa una fuente segura para el comercio, y las corridas de toros un fuerte atractivo para la población flotante, base del auge comercial durante los festejos primaverales. Pero esto no importó a las autoridades, nada les significó para sostener su capricho, mientras permitían el desplumadero en beneficio único de los tahúres, seguros apostadores de personales ambiciones”. 

En otra parte, quizá hirviéndole la sangre de coraje, lanza una sentencia que es casi amenaza –bien puedo imaginarme al hombre, los dedos temblándole de ira sobre el teclado de la máquina de escribir-: “Si ahora las autoridades han quitado un factor de lucimiento a las tradicionales fiestas de Aguascalientes, quien sabe si más tarde sean ellas las perjudicadas al ver abandonada una fuente de ingresos bien segura. De todas maneras, a través de los años, es el primero que se priva a una feria tradicional de uno de sus mayores atractivos, porque Aguascalientes fue intensamente taurina, sigue conservando su afición y se ha visto lastimada en algo que ama con pasión.” 

En fin. Así las cosas. Esta corrida de toros del 5 de febrero de 1947, a la que me referí hace algunas semanas , fue la última que hubo en mucho tiempo en Aguascalientes. Incluso se había anunciado un mano a mano entre Luis Procuna y Chicuelín, ambos presentes en la del día 5, en que se presentó ante “el público bravero con sus chorros de dinero” de Aguascalientes el diestro -¿o era siniestro?- español Manuel Rodríguez, Manolete . Los astados serían de Lucas González Rubio (“algo así como La Punta fraccionado”, escribió El Sol del Centro), y el encierro estaba programado para el 16 de febrero.

Pero ya no se realizó… “Porque en rigor se están suspendiendo todas las corridas de toros en todos los estados para no propiciar la fiebre aftosa, esto lo decidió la Presidencia de la República y el Comité Nacional de la Campaña contra la Fiebre Aftosa, según nota publicada en el diario García Valseca el 15 de febrero.

Aprovechando este apasionante viaje por el tiempo perdido –así me lo parece-, le cuento que, usted lo sabe muy bien, en esos días de febrero se celebra la feria de la Hermana República de La Chona. Entonces, ese año, el domingo dos de febrero, mero día de la fiesta, se celebró en la plaza de toros El Progreso, una denominada “corrida bufa”, en la que participaron “Doña Cuataneta y Fu-Man-Chú, los más famosos reyes del buen humor”, que se las vieron con cuatro ejemplares de la ganadería del coronel Pablo Baranda, un personaje que tuvo cierta relevancia en Aguascalientes, que en el organismo de lucha contra la aftosa fungió como segundo vocal.

El hecho es que ya no hubo toros sino hasta el domingo 19 de octubre. En su libro La ciudad, la fiesta y sus plazas, (P. 129), Jesús Gómez Medina recuerda que torearon en la San Marcos Alfonso Ramírez, El Calesero, Félix Briones y Ricardo Balderas. Como en la corrida de febrero, los astados provinieron de la cercana ganadería de Peñuelas.

En fin. De seguro la cancelación de una nueva corrida con Procuna y Chicuelín, luego de su éxito el 5 de febrero, encendió las alarmas en muchos porque, ¿qué faltaba para la feria de San Marcos? Dos meses. Seguramente nadie creería que este asunto de la aftosa estaría resuelto para entonces.

Lo último que se dijo sobre este asunto surgió de la pluma del inolvidable periodista Mario Mora Barba, el mejor que ha producido esta tierra, y el más culto (hasta que me prueben lo contrario). En algún momento de su trayectoria Mora Barba ocupó el puesto de jefe de redacción de El Sol del Centro y de El Heraldo de Aguascalientes. Desde luego fue también reportero de calle, soñador. 

En ese tiempo tenía en el rotativo de la avenida Madero una columna de nombre “Prólogo a la feria”. El 2 de marzo, debajo del título “Cartel”, publicó lo siguiente: “LA FIEBRE AFTOSA –hasta la palabrita es fea- ha impedido que a la fecha se conozcan los carteles para las corridas de Feria. Otros años la enfermedad tan “laftosa” no nos era presentada. A esas alturas ya se comentaban los nombres de quienes defraudarían –leáse complacerían- a la afición. Sin embargo, ya se habla de Armillita y “Calesero” como quienes torearán uno de los festejos, pues si para entonces no se ha arreglado el conflicto México español, los diestros hispanos vendrán a las fiestas, pero como turistas”.

Lo demás es historia. Después de este comentario ya no se dijo nada sobre el tema; ni siquiera hubo un anuncio formal sobre la cancelación. Llegó la temporada de feria, transcurrió y se perdió en el abismo insondable del tiempo perdido. Paradójicamente pasó a la historia por lo que no fue, y de esta forma se le recuerda: la feria sin corridas de toros.

Carlos Reyes Sahagún

Profesor investigador del departamento de Historia en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Cronista del municipio de Aguascalientes.

Carlos Reyes Sahagún

Profesor investigador del departamento de Historia en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Cronista del municipio de Aguascalientes.

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