Las estrellas de cine nunca mueren, biografía fílmica de Gloria Grahame

Las estrellas de cine nunca mueren, biografía fílmica de Gloria Grahame

Annette Benning hace una admirable caracterización de Gloria Grahame (1923-1981) en “Las estrellas de cine nunca mueren” (Film stars don’t die in Liverpool, 2017), adaptación del libro escrito por Peter Turner (encarnado por Jamie Bell), el último joven enamorado de la bella actriz estadounidense quien tuvo sus épocas de lustre en las décadas del 1940 y 1950, y trabajó en teatro y televisión hasta meses previos a su fallecimiento.

El director escocés Paul McGuigan abrillanta la película desde créditos iniciales y finales como si fueran fragmentos de “rushes” o las “colas” de un rollo de cine en blanco y negro para adentrarnos en el triste destino final de una luminaria de películas clásicas hollywoodianas, quien malogró en parte su carrera, frotó el estrellato, e intervino en una decena o más obras de alto nivel con directores del Olimpo como Fritz Lang (Los sobornados, 1953 y Deseos humanos, 1954), Frank Capra (¡Qué bello es vivir!, 1946), Vincente Minnelli (Pasiones sin freno, 1952, Cautivos del mal, 1955), Josef von Sternberg (Macao, 1952), y en especial con Nicholas Ray (Secreto de mujer, 1949, La muerte en un beso, 1950) -con quien se casaría y tendrían una de esas relaciones tormentosas que darían materia para otra gran cinta-, a veces en papeles secundarios en que su figura domina y eclipsa a sus contra partes, y en secuencias de antología, una de las cuales vemos aquí, cantando en “La última coartada” (Naked Alibi, 1954), o escuchamos diálogos de “Encrucijada de odios”, (Crossfire, 1947) dentro de un cine.

Annette Benning

El guion de Matt Greenhalgh lo toma McGuigan en 1981 de encabezamiento, para retornar atenuado al 1979, cuatro-cinco ocasiones, entre ellas con dos exquisitas elipsis, una abriendo una puerta para ir de Liverpool a California, otra para aterrizar en Nueva York, y una secuencia desde dos puntos de vista, para que el espectador descifre por qué la furia inmoderada de ella contra su amante veinteañero (que se sobreentiende, pero colma el dolor y angustia que le resquebraja). La tintura aflictiva de la escena donde él se entera de la enfermedad, unida con donde actúa en el teatro en el papel de un doctor. El encuadre a los senos, sin que haga falta palabra.

Con esas escenas y adjuntado a diálogos se reparten datos biográficos suficientes de la actriz, sea al comienzo donde toma el encendedor que Humphrey Bogart le regaló por “In a lonely place/La muerte en un beso”; y que todavía la reconocen, en la calle, en un “pub”, en la cola para entrar al cine; con ese gesto de la boca y los dedos que blandía en la pantalla y era una seña propia identificable. Sin faltar las periódicas alusiones a los días dorados (“fumas como la Bacall”, “Bogart decía lo mismo”)

Gloria Grahame

En cuanto a eso ciclos insignes y al declive de actrices de los tiempos del Hollywood de antaño, valen las palabras de la dueña de la pensión con su axioma del cine en blanco y negro y el a color, al por qué se hospeda ahí; y la conversación con su madre (instantánea actuación de Vanessa Redgrave) y su hermana (Frances Barber), con frase agraciada sobre que pudo ser tan famosa como “esa rubia… que después estaría ligada a Kennedy”.

“Las estrellas de cine nunca mueren” clava la tragedia de una mujer que una y otra vez tuvo a la mano la felicidad, los hados le voltearon la espalda y ella les ayudó; que gozó de un romance que le devolvía energía, pero la vanidad, el deseo de no perder su cabello, le hizo desatender admoniciones médicas. Una actriz labrada en el teatro, clásico, en Shakespeare, con el sueño/fantasía de representar a Julieta aún cuando la edad lo imposibiltaba, capaz de recitar de memoria los parlamentos de ese drama, en una escena ideal y desolada.

Paul McGuigan dispone el tipo de actriz, cultivada, dedicada, que era Gloria Grahame en la escena de apertura, donde observamos sus preparativos, con planos fraccionados, para investir su rostro y cuerpo frente al espejo, lista para subir al estrado de “El zoológico de cristal”, pertinaces vocalizaciones, entrenando la dicción. Y la adscripción a heroínas de Tennessee Williams, a Blanche Dubois, o Miss Sadie Thompson (Rain) de Somerset Maugham.

Productores, director y guionista aciertan al 100 en la selección de Annette Benning, con dejos a lo Grahame sin necesidad de retoques o maquillajes, aguantando “close ups” donde se captan arrugas y desgastes; y en poner fotografías y escenas reales con Gloria Grahame, la lozanía y el envejecimiento.

Jamie Bell resulta pertinente, se foguea en su rol de joven que conoce una mujer madura con irradiaciones de las dotes y hermosura con que fue provista. Su Peter Turner es el pivote para que Grahame se rehabilite, ansíe ponerse al día en el baile de moda (Saturday night fever) o vaya con gusto al restaurante donde una lámpara tiene su nombre y rostro, y trate de borrarlo.

La familia de Peter, más los papás (Julie Walters y Kenneth Cranham), es bondadosa por naturaleza, agradecidos de que la estrella de la cual han visto todas sus películas haya puesto los ojos en él; le reciben contentos, le cuidan hasta donde es razonable.

Al ver “Las estrellas nunca mueren” uno se pregunta por qué a Annette Benning no la nominaron en los principales premios estadounidenses. Podría haber recibido el Oscar y homenajear a Gloria Grahame, de la forma en que se hace en esta película, al rescatarla y poner el extracto de cuando obtuvo la estatuilla por su actuación secundaria en “The Bad and the beautiful”, en el más breve agradecimiento de que se tenga memoria, tan excepcional como era ella.

http://www.cineforever.com/2009/10/05/%e2%80%9csic-transit%e2%80%9d-gloria-grahame/

CINEPOLIS 

Leopoldo Villarello Cervantes

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