Este Laberinto de la Soledad

Este Laberinto de la Soledad

«Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía. A veces, como las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre otras, en una sola ciudad o en una sola alma se mezclan y superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes» Octavio Paz. “El laberinto de la soledad”.

Con cada día mayores dificultades y entre tumbos vamos por los comienzos de este año que de nuevo solo parece darnosnuevas maneras de quedar atorados en e el espinoso berenjenal de otras maneras de caer y de hacernos a esas esperanzas que van como tablas flotantes, inseguras todas, en la embravecida tempestad de la pandemia de las pandemias. Por lo menos así parece ahora que se habla de mutaciones y aumentos en la ferocidad de los embates del bicho.

Un nuevo siglo que se abrió con muchas esperanzas y notable euforia en los planos económico y social, pero que se ha saldado con un notable fracaso, peor aún cuando en países como el nuestro a más de ruína y duelo familiar, as pocas lecciones que va dejando la peste, es que no entendemos que no entendemos.

En muchos de los países más pobres, tenemos una oportunidad de cambiar la trayectoria de esta crisis utilizando enfoques equitativos desde el punto de vista social , pero en México no se ve por donde porque lo que queda expuesto es que somos una sociedad quebrada, polarizada hasta la médula, digna solo de profundos análisis sociológicos cuyos efectos el coronavirus está haciendo dolorosamente patentes: «El laberinto de la soledad»

Y es que históricamente, el coronavirus está demostrando ser un “hecho social total”, ese concepto acuñado por el sociólogo y antropólogo francés Marcel Mauss para referirse a aquellos fenómenos que ponen en juego la totalidad de las dimensiones de lo social. Los hechos están ahí, ha puesto en tensión a toda la humanidad, ha exigido el máximo de atención de los diversos gobiernos y también ha puesto de manifiesto profundas contradicciones en las respuestas políticas y las capacidades de los sistemas de salud para hacerles frente. Y es que si algo nos enseña la historia social de las epidemias, y también todos los estudios culturales sobre epidemiología, inmunología y enfermedades infecciosas, es que aquí se juega un problema fundamental de la sociología: cómo sobrevivir y vivir de nuevo juntos. Somos un laboratorio abierto, lo somos desde hace mucho tiempo; una sociedad sin memoría histórica que repite una y otra vez sus tropiezos, incapaz de vivir en solidaridad y entender que el asuntos es un tema de todos y que solo todos, juntos, podremos salir adelante.

Uno de los efectos más inmediatos en cualquier brote epidémico es la exacerbación –material y simbólica– de la diferenciación social, la multiplicación de las líneas divisorias entre “nosotros” y “los otros” (entre sanos y enfermos, entre quienes están bien y quienes tienen “patologías previas” o pertenecen a “grupos de riesgo”, entre quienes tienen recursos y apoyos y quienes no los tienen, entre “los de aquí” y “los de fuera”, etc.). La crisis requiere un cambio de comportamiento a gran escala pero en esta calles no se observa ni un ascenso en la conciencia social ni un mayor respeto hacia los semejantes.

Paz lo expresa de manera inmejorable en esa obra capital que es “El laberinto de la soledad: Creía, dice el poeta mexicano merecedor del Nobel – como Samuel Ramos-, “que el sentimiento de inferioridad influye en nuestra predilección por el análisis y que la escasez de nuestras creaciones se explica no tanto por un crecimiento de las facultades críticas a expensas de las creadoras, como por una instintiva desconfianza acerca de nuestras capacidades».

Y el tema que es sociológico y de salud, adquiere preocupaciones más serias. Lo que preocupa ahora, atorados como estamos en nuestras incapacidades y frustraciones, son esas noticias sobre las mutaciones en el virus, cuando apenas la vacuna se nos ofrecía como panacea cuasi milagrosa, y es que las mutaciones suenan aterradoras. Son un tema común en nuestro miedo colectivo a la radiación nuclear o a los cánceres insidiosos. En una pandemia cuando aún se desconoce mucho, incluso la sugerencia de que el virus está cambiando para peor y se está volviendo más infeccioso o más letal, intensifica nuestra ansiedad.

A menos que adoptemos un enfoque equitativo desde el punto de vista social frente a la crisis —uno que se ocupe de la justicia social, el desarrollo comunitario, la equidad, los derechos humanos y las sensibilidades culturales—, no podremos mitigar los efectos atroces que seguirá cobrando el virus en nuestras comunidades vulnerables.

La capacidad el virus de dañar está por ahora en entredicho y frente a ello lo único cierto es que en estas situaciones la realidad es que la pandemia ha demostrado las profundas brechas y debilidades políticas en lo social y en especial en las políticas de salud en el mundo, en particular en México y los países atrasados, en contraste con modelos más organizados

El argumento de que el virus tardaría años, no meses, en evolucionar lo suficiente como para volver impotentes a las vacunas actuales, es un riesgo que está frente a nosotros, frente a nosotros que vamos por ese largo laberinto donde una luz allá lejos las más de las veces no es más que un producto falaz de nuestra mente. Quizá solo comencemos en verdad a cambiar cuando toquemos fondo, y decir eso hace más dramático el asunto. Ojalá esté equivocado.

       Publicado en “Hidrocálido”. 27.01.2021

Armando Alonso de Alba

Poeta y periodista hidrocálido.

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